“Si yo fuera objeto sería objetivo; pero como soy sujeto, soy subjetivo”. José Bergamín

No sé si la constatación fatalista hace tanto daño como lo hace la incertidumbre, pero aprendo que turba quizá más nuestro espíritu no saber, no comprender, ver errar nuestra intuición que cualquiera de las otras expectativas que confrontamos.

Y es que el asunto venezolano con sus perniciosas secuencias parece una novela de terror siendo que, en cada evento, se pone a prueba nuestra cordura y nuestra paciencia. Es terrible esperar lo que, sin embargo, sabemos no vendrá.

Algunos miran con displicencia a los que siguen atentos la dinámica de negociaciones impuestas por los distintos polos de poder que acompañan nuestro devenir, tales como la UE, el Grupo de Lima o los grandes e insensibles agentes del modelado mundial, los potentes como Irán, Rusia, China y Estados Unidos, tal vez este último más involucrado que los demás pero más incierta su conducta. Han hablado mucho los norteamericanos, pero desde su zona de confort. O hemos esperado de ellos más de lo que están dispuestos a dar. O no ha llegado el tiempo de actuar a pesar de que nosotros morimos viviendo cada día.

Lo cierto es que seguimos sin aire, quejumbrosos, rumiando nuestra amargura los comunes mortales de estas tierras y los detentadores del poder, cual oligarquía de uniformes verdes y armas y civiles asociados, compulsivos criminales, demagogos ideologizados, han hecho del gobierno un desastre siempre in fieri. Lo trágico del chavismo consiste en no poder, saber ni querer hacerlo distinto. La revolución de todos los fracasos se mantiene en el poder y en ese hecho les permite creerse victoriosos. ¡Patético pues!

Volviendo al escenario endógeno, fuertes de su “triunfo” y tratando a los demás como los opositores derrotados y sin importarles para nada el estado de miseria y precariedad de su población y ahítos del dinero sustraído en dos décadas de saqueo que conservan, cual enlatados en la alacena, se comportan como el vencedor, repito, y tratan a los demás como vencidos y de allí emerge, me temo, una tipología que deletérea alcanza las negociaciones en curso y paso a explicarme, pero antes precisaré un aspecto a no dejar de apreciar y considerar.

La historia conoce y registra numerosas experiencias que, para poner fin al conflicto armado o como consecuencia del establecimiento de la superioridad militar, fuerzan a sentarse a capitular y a aceptar las condiciones que son impuestas a medio paso entre el resarcimiento de daños y la saciedad del apetito de venganza.

El Tratado de Versalles que, por cierto, ponía fin a la Primera Guerra Mundial, es un ejemplo de cómo el vencedor firmó también otra conflagración siendo que las condiciones sometieron a Alemania a gravosas y humillantes circunstancias que soliviantaban su espíritu. Eso, sin embargo, en la coyuntura, hacía de Clemenceau un popular y reconocido negociador, miope no obstante.

Y es que el que tiene las armas a su favor suele comportarse como un superior que dialoga con pretensiones monológicas con el revolcado, al que desdeña y quisiera domeñarle y hacerle aceptar cualquier término. Algunas negociaciones comienzan y evolucionan así. Es menester entenderlo y actuar para educar al vencedor, que no se percata de que la prevalencia por la fuerza se impone pero jamás convencerá y deja entonces una larga zona de herida dolorosa y ardiente que no se restañará por un acuerdo forzado. Solo interrumpe el ánimo belicoso, acaso lo posterga.

Oír a Diosdado expresarse sobre los opositores motiva una pregunta clave: ¿vale la pena dialogar con él? ¿Es creíble quien así se expresa? ¿No será perder el tiempo miserablemente y además darle un crédito democrático a quien no se lo ha ganado?

El caso Venezuela pasa a ser para el mundo un asunto complejísimo porque pretende tratarse con criterios de lógica formal y carece de asidero racional. El chavismo es un interlocutor avieso y cínico, nos guste o no. Debe sin embargo, para sacarle a ese intento algún beneficio, ponerlo en evidencia y por lo demás, ellos mismos se postulan y desnudan en sus sórdidas maneras. Son sinvergüenzas, granujas, pillos sin disposición al honor ni a la verdad.

Detener e inculpar a los guardaespaldas de Guaidó de delitos que en la realidad son comunes en los medios castrenses y policiales prueba el talante maligno de la pandilla que gobierna y la enorme dificultad de hacerlos entrar en razón para darle sentido a conversaciones. Es jugar a la ruleta rusa, pero con cinco tiros en el tambor del Smith & Wesson 38, del especial.

Así que señores de la UE. Grupo de lima, ONU, OEA y Estados Unidos, vayan haciéndose de la idea de que todo eso que hacen para tratar de superar pacíficamente el escollo por las vías de la negociación y el diálogo puede no conducirnos a ninguna parte y que conste que soy partidario de no cerrar ninguna puerta porque pienso que no parece que tengamos el músculo para hacerlo diferente.

Por otro lado, sin embargo, hay que saber ceder si ello supone ganancias, opciones, aperturas. Tragar grueso es mejor que paralizarse, pues ello solo favorece a la contraparte. El que dirige debe saber forzar la marcha o frenarla, pero la administración de los tiempos es su instrumento más sensible.

Nótese que llamo la atención sobre la naturaleza de la gestión que adelanta Guaidó y que con tanta facilidad despierta críticas y descalificaciones. No significa que no debe sentarse tampoco a tratar por las buenas, lo que no puede conseguirse por otros medios más enérgicos, pero tampoco obliga a mantener activo lo que la evidencia enseña que no está o solo simula estarlo.

La historia recuerda episodios que nos muestran que la experiencia de encarar a la contraparte debe valorar, ponderar y medir al otro. Viene a mi memoria la anécdota de Breno que Wikipedia refiere así: “Breno fue un jefe de la tribu de los senones, un galo de la costa adriática de Italia, que en el año 387 a. C. (390 a. C. según la cronología de Varrón) dirigió en la batalla de Alia un ejército de galos de la Galia Cisalpina en un ataque contra Roma. Los senones lograron tomar la ciudad entera de Roma salvo la colina Capitolina, que resistió sus ataques. En cualquier caso, y al ver su ciudad devastada, los romanos trataron de comprar la paz a Breno pagando mil libras de oro.

Según la leyenda, durante una disputa sobre la exactitud de los pesos usados para calcular la cuantía a pagar, Breno desenvainó su espada y la puso encima de las balanzas, diciendo la famosa frase Vae Victis! (¡Ay de los vencidos!), que ha quedado como frase hecha para indicar que los vencedores no se apiadan de los vencidos”.

¿Es pues, presidente Guaidó, un ensayo más de lo que se conoce como el dilema del prisionero en la teoría de los juegos y haga lo que usted haga no obtendrá sino lo mismo de los contrarios? Pareciera, pero allí se va a ponderar sus habilidades y se descubrirá si no quedan otras valoraciones. En ajedrez se diría que para ganar debe encontrar una variable que nos conduzca a saltar el péndulo.

Su estrategia es sacar a Maduro y si bien no lo ha logrado, no puede usted tampoco cejar en su empeño. Siga, pues digan lo que digan en las redes sociales, es su deber y tendrá su premio. ¡Venezuela merece que rompamos si es menester hasta la última lanza por ella!

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