Sin ánimo de ofender a la inteligencia de quienes leen esto, comencemos con recordar una precisión teórica necesaria y básica: todo pensamiento o diseño estratégico parte de la definición de un objetivo, luego de lo cual se establecen o planifican los pasos requeridos para alcanzarlo. En consecuencia, los pasos se definen en función del objetivo. Esto es, son útiles en la medida que nos acercan o contribuyen a la consecución del objetivo planteado. Es el objetivo lo que importa. Los pasos son herramientas para alcanzarlo.

En el diseño estratégico de lucha de la oposición democrática venezolana, el objetivo es claro y compartido por todos: la finalización cuanto antes de la dolorosa tragedia humanitaria que sufren los venezolanos, lo cual no es posible sin la urgente superación de la dictadura.

Para lograr este objetivo se han establecido una serie de pasos, simplificados de manera didáctica en terminación de la usurpación, conformación de un gobierno de transición y  realización de elecciones libres. Por supuesto, cada uno de estos pasos supone a su vez un conjunto de tácticas, que son las acciones necesarias y tareas concretas para desarrollar esa estrategia.

Ahora bien, una condición indispensable para que una estrategia resulte exitosa es su viabilidad práctica, lo que implica –entre otras cosas– su capacidad para adaptarse y responder a la naturaleza cambiante del entorno que enfrenta. Es por ello que el orden original de los pasos de una estrategia diseñada es uno, y su factibilidad real (que es producto de las circunstancias inciertas y muchas veces impredecible de la lucha política) una vez que ella comienza a ejecutarse puede ser algo distinto. Lo importante es que no se abandone ni se sacrifique el objetivo.

En días recientes algunos opinadores han salido –seguramente de muy buena fe– a exigir el respeto estricto al orden original de la estrategia cuando fue diseñada (esto es, antes de comenzar a ser desarrollada en la práctica), y a denunciar como sacrílego cualquier intento de modificar su secuencia inicial.  Si bien algunos de sus argumentos resultan interesantes y válidos, quienes así se expresan olvidan que la estrategia siempre debe ser evaluada en función de su factibilidad concreta. Y si el objetivo es alcanzable por una secuencia distinta a la prevista, esa es la secuencia correcta. Así, por ejemplo, puede que las circunstancias conduzcan a que el cese de la usurpación se logre por una elección que garantice el respeto a la voluntad de las mayorías. Si esa resulta en la práctica la forma más rápida o factible de alcanzar el objetivo, ello es lo que verdaderamente importa. Aquí la clave es el producto, no el orden de los factores.

Pero más allá de esto, lo que está resultando peligroso es que esta discusión sobre la secuencia estratégica originaria vs la factible nos está haciendo olvidar que lo crucial –y lo que el país realmente reclama–  es que nos pongamos de acuerdo para trabajar con urgencia en lo que todos parecen coincidir, y es que sin presión social no hay salida posible, no importa la secuencia.

Hay que decirlo con claridad: si no hay una presión social contundente, sostenida y sistemática, ninguna de las “secuencias” estratégicas que hoy se discuten podrá tener éxito. Por ello, es urgente no abandonar y seguir fomentando la movilización social cívica y la protesta pacífica permanente y creciente, articulándolas y dándoles contenido político, generando en conjunto con el resto de las formas de presión y lucha cívica (tales como la negociación y la presión internacional), las condiciones que precipiten una salida constitucional del gobierno.

Si a pesar de nuestras diferencias, todos asumimos esta tarea común y nos lanzamos a la única acción urgente y necesaria de presión social que reclama este momento histórico, no solo construiremos en la práctica la verdadera unidad que demandan los venezolanos, sino que estaremos generando las condiciones políticas que conduzcan al éxito de la estrategia democrática, sea cual sea su secuencia de ocurrencia.  Sin estas condiciones derivadas de la presión social, el cambio del régimen y la superación de la crisis seguirá siendo un irrealizable e insatisfecho anhelo.

Si estamos unidos enel objetivo, que no nos separe ni la táctica ni el orden de los pasos para alcanzarlo. Sin embargo, como hemos dicho otras veces pero es necesario repetirlo, el problema no es ponernos de acuerdo en cómo es el final, sino hacer lo que se requiere para que haya un final.