Solo la mención de la palabra optimismo en la Venezuela de hoy causa sospechas sobre la sanidad mental del locutor. La metódica destrucción del país y de sus habitantes como política de Estado por quienes han convertido el dinero público en botín privado ha dejado pasmada a una sociedad sumida en el terror al ver desaparecer su futuro como resultado del más inimaginable de los eclipses, el de la moral.

La superación diaria de los escándalos generados por la rampante ambición desmesurada nos lleva a reducir una nación de héroes y valientes en un club de conformistas que desconocen el valor del optimismo y lánguidos nostálgicos que no ven nada más natural que sucumbir a la depresión y desesperanza.

La descomposición social sembrada, cultivada y cosechada por los gerifaltes y sus enchufados ha logrado corromper absolutamente a todos los estratos de nuestra población, creando un ambiente de aprensión ante el asomo de un llamado al optimismo, un grito de insurrección y declaración de rebeldía que significa una trinchera moral, un suspiro de aliento que puede significar el primer golpe al aparentemente indestructible muro que, como el de de Berlín, no resistió tantos, ninguno esencial para su derribo aunque sí para que nunca se apagara la llama de la esperanza.

El optimismo rebelde es necesario para ganar nuestra batalla contra los destructores del sistema democrático, los usurpadores del poder y los ladrones de nuestras ilusiones.

Se pudiese calificar de ingenuo o hasta ignorante a quien predique y practique el optimismo en Venezuela, pero la realidad nos enseña cómo una y otra vez el optimismo es capaz de ganar batallas, tal como lo hizo Bolívar, o Churchill, o Mandela.

No podemos repetir ese dicho que encarna la mejor expresión de mediocridad: «Las cosas son como son y nada ni nadie las pueden cambiar”. No, no es verdad, pues las cosas son como quiera el hombre que sean. Colombia no es un narcoestado gracias al empeño y voluntad de doblegar a los demonios de Pablo Escobar y demás compañeros de oficio. Guri produjo electricidad por la voluntad y visión de los gobiernos de Betancourt y Leoni. El paludismo se acabó en el territorio nacional por la dedicación del doctor Arnoldo Gabaldón y el país se arruinó por la malévola intervención del chavismo-madurismo en nuestra economía.

Los tiempos que vivimos requieren de ciudadanos que apuesten por la democracia, la libertad y la justicia como un valor superior; el conformismo es una forma de traición a nuestra patria, a la participación en la destrucción de una nación, esa misma que hace alarde de su arrojo y valentía en el Himno Nacional, el “Gloria al bravo pueblo”.

Nuestro Libertador sufrió muchos reveses, conducta que bien podía reflejar el dogma “El que se cansa pierde”. Él no se rindió nunca, pues seguramente era el mayor de los optimistas rebeldes.

Como dirían los antiguos romanos: “Quo peius , eo melius”, o lo que es igual, “cuanto peor, tanto mejor”.