“…Son un testimonio de que mi educación india duró varios años y no fue meramente libresca. Aunque estuvo lejos de ser completa –temo haberme quedado en los rudimentos– me ha marcado hondamente. Ha sido una educación sentimental, artística y espiritual. Su influencia puede verse en mis poemas, en mis escritos en prosa y en mi vida misma“. Octavio Paz

Escribo este texto a partir de una constatación y de una feliz coincidencia, que se relacionan estrechamente: la constancia en mi interés por la obra de Octavio Paz, que viene de lejos y que he seguido cultivando con pasión, y la circunstancia feliz de haber habitado la misma casa que lo albergó durante seis años en la India. Esto último, aparentemente una coincidencia banal, es altamente significativo para quien admira la trayectoria intelectual y vital de un hombre de letras de estatura universal.

En la casa marcada con el número 13 de Pritiviraj Road, residencia de la Embajada de México en Delhi que dejamos perder por absurdas y añejas decisiones burocráticas, han quedado grabados los ecos de las voces y los pasos de un escritor que descubrió las Indias de las especies poéticas más preciadas y el amor definitivo por una mujer. Ambos elementos se encuentran presentes en el momento en que Paz decide pagar un tributo intelectual y sentimental al aporte que recibió de esta civilización y que plasma admirablemente en numerosos ensayos y poemas. El bungalow de arquitectura inglesa colonial en Delhi que él alquiló en los años sesenta se encuentra rodeado de uno de los más bellos jardines de la ciudad que ocuparon los Mogules, Lodi Garden.

Allí recibió a tantos amigos de paso por la India como Julio Cortázar, Tamayo, Malraux o Michaux. En sus patios, de los que afirmaba que encerraban lecciones metafísicas y en los que se proyectaba una luz de las más extrañas al atardecer, pasó jornadas enteras solazándose con una fauna que insistía en trepar los árboles en forma de ardillas diminutas o en sobrevolar la hora de la comida con el ojo fijo del águila feroz que también nos robaba bocados en sus vuelos rasantes. Esos rincones simbólicos y a la vez materiales fueron el escenario y leitmotiv de uno de sus poemas más memorables, el “Cuento de los dos jardines”. 

Treinta años después abriríamos en la biblioteca de esa misma casa el libro de condolencias por su muerte, y frente a él desfilarían el presidente de la República de la India, el vicepresidente, los ex primer ministros Rao y Gujral, la señora Sonia Gandhi y numerosos intelectuales, académicos, políticos, universitarios y amigos de la pareja, como el gran pintor Satish Gujral, el potentado empresario parsi Godrej, el gran periodista Shaam Lal, el poeta Nirmal Verma o sus viejos colaboradores en la embajada, los leales y queridos Asit  Kumar Mukherjee y Guy Aroul.

Allí mismo y bajo el frondoso árbol Nim que atestiguó su casamiento con Marie-Jo, el gobierno indio y el gobierno mexicano organizamos una velada de lectura de poemas en su honor, al decimotercer día de su desaparición, dentro de la tradición hindú del Tehravi; en esos jardines leyeron también sus textos las voces privilegiadas de la primer actriz Shabana  Azmi y del actor Raj Babar; se danzó y se tocaron en su homenaje algunos momentos de los más altos que he podido presenciar de la danza clásica del Kathak de Veronique Azan y del dulce sonido del Sarod.

Entre los muros de esa residencia se han escrito textos fundamentales de su obra. Subrayo  “Ladera este”,  “El mono gramático” y “Vislumbres de la India”. A través de ellos, el viajero occidental se puede internar en un país “olfateado” con los sentidos más rigurosos y –valga el uso arbitrario de la palabra– lúcidos, y descubrir no una interpretación de una realidad inasible, sino una clave revelada en imágenes poderosas de una multiplicidad cultural única en el mundo.

Hay que desandar el camino de Galta habiendo leído el “Mono gramático” para situar entre las piedras del santuario a Hanumán un canto erótico de exuberancia y excesos amorosos y reflexionar a la vez sobre el milagro creativo del lenguaje y su poder de transformación espiritual. Recomiendo llegar a Galta precisamente con el libro de Paz bajo el brazo, sortear los arbustos espinosos, protegerse de las manadas de monos con una vara larga y preguntar por el anciano Sadhu, a quien se le quedó grabado el nombre de ese visitante llamado Octavio, quien lo había buscado décadas atrás. El resultado es sorprendente. Escritura y templos se entrelazan, y la asfixia que desatan las nubes de insectos calientes se materializan como letras en el aire, zumbantes y amenazadoras.

Paz ha escrito numerosas “guías” para el descubrimiento de algunos rincones del subcontinente, pero son lo menos recomendable para esas congregaciones de viajeros extranjeros que se hartan de proferir risas vulgares frente a los malabarismos de las orgías de los dioses en los muros de Khajuraho o de Konarak, en Orissa. Sus textos son una “guide intime” para quien requiere alimentarse de una visión poética universal, en medio del ayuno que nos impone la chabacanería de los paquetes turísticos.

Lo he dicho en otras ocasiones y no me fatiga repetirlo. Paz sigue siendo un formidable embajador de nuestra cultura en la India, gracias a una buena dotación de parte de su obra traducida al inglés, que se haya fácilmente en las librerías locales. Es nuestro escritor más conocido, el más admirado y el que más ha contribuido a enriquecer el diálogo entre dos países que ocupan un lugar muy destacado en la historia de las antiguas civilizaciones. De algún modo se da en él un raro fenómeno; comparte con otros grandes pensadores y hombres de letras como Mircea Eliade, Keyserling y Herman Hesse el ser asimilado como si fuera otro célebre escritor indio. 

Pero volvamos a los pasos de Paz en ese país. Para todo mexicano es un motivo de orgullo contar con un poeta que amó esa realidad cultural y la observó detenidamente. Se trata de uno de los pocos intelectuales iberoamericanos que ha estudiado la India con las armas del rigor intelectual y la pasión de su sensibilidad poética. No pretendió nunca ser una autoridad en materias tan prolijas que han merecido la entrega de toda una vida a estudiosos de la historia y la cultura del subcontinente, pero sus “vislumbres” han contribuido a revelarnos un mundo de complejidad singular. Leerlo contribuye a desterrar lugares comunes que solo se expresan sobre la profusión de las multitudes abigarradas; los peligros acechantes de las plagas bíblicas o la extrema sensibilidad que despierta en el débil tejido epitelial de la sociedad occidental las dolorosas formas de pobreza prevalecientes todavía; como si ya hubieran desaparecido los bolsones de miseria vergonzosa que los estados de bienestar no han erradicado de nuestros países.

Y todo ello, dicho por Paz con el privilegiado sentido del canto, el de uno de los poetas más altos de nuestra lengua. Canto, a la vez, no desprovisto de crítica rigurosa o de denuncia, pero afinado con el diapasón de un conocimiento profundo de las formas clásicas de la música y de la danza, y de la talla prodigiosa de la piedra en el subcontinente indio. Sin olvidar sus estudios comparativos de la filosofía occidental, con el pensamiento que se expresa en las vertientes religiosas del hinduismo, del islam y el budismo, principalmente.

Paz nos revela las claves de un arte multifacético, producto de un cruce de razas y tradiciones no exento de tensiones, tal vez el diálogo más enriquecedor que se pueda encontrar en una aglomeración de pueblos unificados por el sueño de hombres visionarios como Gandhi. En la India sobreviven las formas más extremas de belleza, en convivencia con el rostro más severo y pavoroso de algunas deidades. El tejido social que cubre este territorio inmenso y que alberga prácticamente todos los climas o llanuras que se conocen, está formado por siglos y siglos de paciente filigrana multicolor. En la riada de lenguas y dialectos que lo conforman se nos revela una Babel que expresa los frutos de sus expresiones artísticas con gran vigor. Pienso particularmente en las canciones provenientes de la poesía escrita en urdo o en los cantos de la tradición karnática, por ejemplo.

(continuará)


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