La magnitud de la tragedia que vivimos los venezolanos genera impaciencia y ansiedad en nuestra ciudadanía, agotada y obstinada como está de los abusos y crímenes cometidos por la camarilla criminal que usurpa el poder. 

Los hechos son contundentes y hablan por sí solos. La citada camarilla, asesorada por la no menos criminal cúpula cubana, no tiene ninguna voluntad de aceptar una solución política y electoral a la tragedia nacional.

Desde hace tiempo juegan con la buena fe y voluntad, tanto de sectores democráticos de la comunidad nacional, como con la comunidad internacional.

Su objetivo es ganar tiempo, desgastar a la ciudadanía, producir frustración y desmovilización en los ciudadanos, esperar cambios en el contexto geopolítico que le reste tanto protagonismo como apoyo, a la lucha de la sociedad democrática para lograr el cambio.

Los venezolanos sabemos cuál es su verdadero talante. Aun así, debemos perseverar en la lucha política que hemos adelantado. Ceder, paralizarse es ofrecerle un respiro a la dictadura. Maduro sigue en el poder solo por el control de las armas. Ha perdido sustancialmente su respaldo en el pueblo. Por eso se niega a aceptar una elección transparente que incluya la presidencia.

La oposición democrática está obligada a demostrar al mundo su voluntad de construir una solución electoral, no solo por los principios que se profesan, sino porque carece de fuerza física para desalojar del poder a los usurpadores.

La comunidad internacional tendrá que aceptar, espero que más temprano que tarde, las evidentes maniobras que muestran la perfidia conducta de la dictadura. 

Si bien es cierto que la oposición democrática, representada en la legítima Asamblea Nacional, ha aceptado las recomendaciones de la comunidad internacional, (Grupo de Lima, Comunidad Europea, Grupo de Contacto y el gobierno de Estados Unidos, entre otros) de explorar una solución política, ese proceso no puede ser infinito.

La negociación debe tener un término. Ya en estos años los procesos de diálogo y negociación han fracasado por la invariable conducta del régimen de impedir toda consulta democrática transparente.

La dictadura solo ha impulsado las elecciones que controla férreamente, fijando unilateralmente el calendario y los tipos de procesos que deben efectuarse. A la oposición no le ha tocado otro camino que decidir si se suma o no a esos procesos.

Después de la derrota electoral, en las parlamentarias de 2015, el régimen tomó el atajo del fraude abierto y descarado. Pasaron del ventajismo vulgar al fraude abierto.

Hemos tenido la mesa de diálogo discursivo, efectuada en Miraflores el día 30 de octubre de 2016. Aquello más que una mesa de diálogo fue un torneo de debate televisado, sin ningún efecto real para canalizar la crisis ya entonces presente.

Luego vino la negociación solicitada por el Vaticano, en los días previos al 13 de noviembre de 2016, cuando se ofrecieron las conclusiones en un documento, que también terminó, sin pena ni gloria, generando desaliento y frustración.

A partir del 13 de septiembre de 2017 se celebraron en República Dominicana los diálogos entre el gobierno y la oposición, con la presencia de garantes internacionales, que tampoco permitió una elección transparente, y que llevó a la oposición a retirarse de la misma, y a no participar en la elección adelantada y apresurada del 20 de mayo de 2018.

Esta última negociación, no obstante, llevó a varios gobiernos latinoamericanos y europeos a conocer la verdadera naturaleza del régimen socialista, y a partir de entonces vienen respaldando la lucha de la sociedad democrática por rescatar la democracia.

Ahora, a petición del reino de Noruega, se vuelve a dar otro proceso de negociación. Este se viene extendiendo ya de forma preocupante y existe la razonable preocupación de un nuevo engaño. 

He sostenido y así lo ratifico,  que la cúpula roja solo aceptará una elección presidencial transparente y supervisada, si tiene una amenaza  seria y creíble de la comunidad internacional, o si se ve sobrepasada por una explosión social que ponga en peligro su integridad. 

La negociación propiciada por Noruega no puede ser eterna. Debe tener un plazo razonable para determinar la verdadera disposición del régimen de poner en manos del pueblo la definición de nuestro futuro.

Son los venezolanos quienes deben decidir si le dan continuidad a Maduro como presidente, y a sus copartidarios les otorga la representación popular en el Parlamento, o si deciden cambiar y colocar en manos de la oposición democrática el destino de nuestra nación.

Si esa opción no surge de la negociación en marcha, entonces queda el recurso de la Intervención Electoral Humanitaria, propuesta por el profesor venezolano de la Universidad Católica de Bogotá, Jesús Caldera. 

Dicha intervención, destinada a evitar una guerra civil, o una guerra desde la comunidad internacional, consiste en una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, asumiendo la convocatoria, organización y supervisión de un proceso electoral, donde ninguna de las partes se apropie del proceso, y donde todos los ciudadanos, incluidos los migrantes, tengan el derecho de expresar su opinión.

Si esa cooperación decidida y diligente de la comunidad internacional no se hace presente, Venezuela va camino a ser la segunda Cuba del hemisferio. 

Se consolidará una estructura de poder autoritario que tendrá menos pudor para asesinar, encarcelar y perseguir a la disidencia, lo cual hará incrementar la diáspora, desmovilizará a la población, y se establecerá por muchos años más.

La negociación infinita nos conduce a ese estadio. En manos de nosotros, los venezolanos, está mantener la lucha que nos sea posible librar, pero la decisión final estará en manos de nuestros aliados y amigos de la comunidad internacional.