El drama de la pasión no implicó solo los dolores físicos de la flagelación, de los golpes y los clavos de la crucifixión. La traición de Judas, las negaciones de Pedro y la huida despavorida del resto de los apóstoles supuso un sufrimiento intenso para quien sabía sobre todo amar. Hacerse “pecado” por nosotros, como dice san Pablo; cargar con las culpas de los hombres de todos los tiempos como si las hubiese cometido cada una de ellas, agudizó su dolor. En medio de la soledad que se siente ante el aparente abandono del Padre y el muy real de los amigos, Jesús calla y perdona.

El juicio injusto, la cobardía de Pilato, la liviandad de Herodes y la confusión de una muchedumbre que hasta hacía poco decía creer en su mesianismo, fueron sucesos que se agolparon en unos días llenos de intenso dolor. El sufrimiento de la madre, por otro lado, abrió en él una herida que le traspasó desde mucho antes que la lanza.

Jesús conoció todas las posibilidades de dolor y todas las mezquindades humanas. Imagino nuestras debilidades rondando en su cabeza golpeada, mareada y adolorida por la corona de espinas; su cuerpo destrozado y debilitado; su persona entera sumida en la tristeza del abandono de los suyos. En medio de tanta oscuridad, su espíritu de Dios exclama que los hombres no sabemos lo que hacemos.

Unas mujeres lo acompañan esa tarde del viernes. La primera de ellas, su madre. Tal vez por eso y porque su presencia no era reconocida en su dignidad en una sociedad fundamentalmente dirigida por hombres, Jesús, al resucitar, se les aparece primero a ellas. Según la versión de Mateo y Lucas, se aparece a varias mujeres. Según Marcos y Juan, lo hace ante todo a María Magdalena. Esto no implica que la primera en verlo no haya sido su madre, pero nada se dice en los evangelios.

Al ver que no lo reconocía, Jesús interpela a María Magdalena con unas palabras que provocan la intimidad en una amistad fuerte: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” (Jn 20,15). María, creyendo que era el hortelano, le pide que le dé el cuerpo que no está en el sepulcro. Jesús, para lograr una mayor cercanía con quien ya lo quería mucho, la llama por su nombre, “María”, a lo que ella responde reconociéndolo: “«¡Rabbuni!», que quiere decir «Maestro»” (Jn 20, 16).

Si algo queda de relieve en estos pasajes es la proximidad de Jesús con cada persona. A María la trata con particular cariño y le revela de algún modo que Él nos conoce y busca desde mucho antes de que nuestra búsqueda comience. Así como un ángel había removido la piedra del sepulcro para cuando las mujeres llegaron y Jesús se da a conocer vivo cuando lo creían muerto, así Dios obra antes y remueve las piedras que obstaculizan en nosotros la motivación de buscar y cambiar. No vemos esta acción. Todo parece siempre obra nuestra o de los demás, pero mucho comienza en nuestra vida desde antes de que nosotros empecemos algo. Es el don de la vida; tan difícil de reconocer como valioso en un mundo cuya prioridad es el yo que puede y hace.

Es significativo que Jesús se aparezca primero a las mujeres. Deja así en evidencia que su dignidad es tan alta como la de los hombres. Premia tal vez su fidelidad al pie de la cruz. No lo sé. Lo cierto es que la mujer adquiere el relieve que hoy en día tiene gracias al Dios-hijo. Él elevó su misión a categoría de don, de regalo, tanto físico como espiritual, y mostró que su sensibilidad es profunda y necesaria en su naciente Iglesia. Algo parecido a lo que reclama hoy nuestra querida Venezuela, país que además tiene nombre de mujer.