Con drones y efectos especiales, el populista mediático desea reinar en la galaxia de la realidad aumentada. Crea potes de humo de la nada, fabrica acontecimientos, manipula información a su antojo, articula una red social de propaganda en un pequeño estudio de televisión. Así es el tamaño de la conspiración del villano Mysterio de la película Spider Man: Lejos de casa, pero tranquilamente pudiésemos haber descrito el perfil tóxico de la comunicación bolivariana por vía de sus botas, de su mazos dando, de su guerrilleros, de sus vendedores de espejitos rotos, de sus complots de comiquita.

La serie del Hombre Araña estrena la segunda entrega del reinicio de la franquicia con el joven actor Tom Holland, enfrentado ahora al fraude personificado por el intérprete Jake Gyllenhaal, especialista en trabajos de encubrimiento y desdoblamiento de la personalidad, tal como lo vimos en Secreto de la montaña y la desoladora Nightcrawler, en la que caracterizó a un paparazi vampírico.

En su nuevo filme, la estrella escala en la forma de simbolizar la explotación terrorífica de la imagen, para alcanzar un poder autoritario y omnímodo, al dar vida a un emprendedor mesiánico y megalómano.

La figura del malvado de la cinta resume la fobia o el pánico ante los líderes políticos y corporativos de los últimos tiempos. Por ende, Marvel desdibuja el filtro y la memoria de su competencia en Sillicon Valley, tirándole puntas a las viudas de Steve Jobs.

En tal sentido, el guion de la pieza anima la desmitificación de las campañas de corrupción audiovisual de Trump, Putin y Maduro, quienes diseñan conjuras y amenazas fantasmas, solo con el propósito de purgar a sus enemigos.  

La figura de Mysterio arma un atentado en su base de operaciones, a través de un equipo de producción similar al del rodaje de un evento de gran presupuesto. El recurso del inception hace consciente al espectador del montaje artificioso de un parque temático en modo Avengers.  Es virtud de Spider Man: Lejos de casa despertar a la audiencia, satirizando los mecanismos de expresión del género dominante en el milenio.

En consecuencia, el espectáculo nos lleva al interior de su esqueleto, de su régimen de sombras, para incentivar la deconstrucción de la tendencia de los vigilantes anónimos. El argumento abriga la crítica de la hiperinflación pragmática de superhéroes, buscando marcar unas claras diferencias de origen.

Basado en el ícono original de Stan Lee, el Hombre Araña engloba los valores y principios de una Norteamérica adolescente y bondadosa, de andar por casa, al borde de perder la inocencia por el contagio de la racionalidad egocéntrica.

El mundo, asegura el subtexto, quedó huérfano tras la muerte de Iron Man y el Hombre Araña debe asumir la responsabilidad de reemplazar a Tony Stark, de relevar al salvador paternalista del planeta. Innumerables discusiones se desprenden de la conclusión de la saga y de su porvenir, tras los sucesos de Endgame.

El protagonista, en último caso, invoca el valor de una cierta candidez extraviada y extrañada frente al avance de la perversión de los intereses de los adultos.

El cínico Mysterio recibe el castigo por pecar de hipócrita y vanidoso, disfrazándose de vengador para gobernar, con puño de hierro, como el tirano Thanos.

Desde su plano binario, de reafirmación esquemática, queremos destacar el aporte de erigir un cuestionamiento serio al actual sistema de pantallas y parapetos digitales. Entonces, les recomendamos una película contra la posverdad de los fake news y los falsos positivos.

PD: las escenas poscréditos resignifican la orientación del desenlace y la participación de Nick Fury, en una construcción de muñecas rusas, de cajas chinas. El bucle de la ilusión permanece abierto e inquietante.