Margarita tiene tres años viviendo en Estados Unidos, y no hay un día en que no sueñe con volver a su casa en Caracas, recibir a sus nietos y encaramarse con ellos en la reja a esperar al heladero. Durante todo su matrimonio vivió cómodamente, con empresas propias, varios inmuebles, era feliz. Pero enviudó muy rápido, como la velocidad de esa bala de muchas tantas que los delincuentes disparan todos los días.

Aunque nació en Colombia y vivió allí hasta sus 7 años de edad, dice sentirse más venezolana que cualquiera. Hoy vive al norte de Miami, “es bien pequeño el apartamento, pero me gusta mucho porque queda cerquita de la playa; es como mi distracción, además me encanta el mar”. Dejó su casa y todo atrás y se mudó a cuidar a una hermana a la que la salud le está jugando una mala pasada; sin embargo, se buscó un trabajo de costurera para el que debe viajar casi una hora desde donde vive. “Me encanta la moda, además en Venezuela yo tenía mi propia empresa de corte y costura; tenía más de cincuenta empleadas cosiendo todos los días. Le hacíamos los uniformes a los trabajadores de la empresa de mi esposo”.

Ya han pasado doce años desde que mataron a su esposo. “Fue un momento muy duro; después de eso las amenazas a nuestra integridad siguieron, nos secuestraron varias veces, tuve que mandar a mi hijo mayor con su familia para Chile. Imagínate, médico con posgrado en cirugía pediátrica, era el único de su promoción con esa especialización”, cuenta mientras se le quiebra la voz recordando los premios y reconocimientos de los alumnos de su hijo, porque también daba clases. “Eso somos los venezolanos, no en esto que nos está convirtiendo este gobierno”, al que, como yo, culpamos de todas las desgracias ajenas y propias. “Chávez acabó con lo que mi esposo y yo construimos durante tantos años. Me arrebató mi vida”.

Ver a sus hijos con mejor calidad de vida es lo que la tranquiliza. “Los extraño todos los días. Mis nietos sueñan con encontrarnos en Disney”; y es que en Venezuela aún queda su mamá y uno de sus hijos, y asegura que mientras tenga lejos a alguien que quiere tanto –y más en esa situación– nunca terminará de estar complete en ningún lugar. “Quiero llevarme a mi mamá a Colombia para que esté más tranquila, pero tengo que esperar que me aprueben la residencia permanente para poder salir del país”.

Sabe que encontrará otra Venezuela, encontrará su casa y su reja, pero sin nietos con los que encaramarse en ella. Y espera que en ese viaje la acompañe su esposo, que conoció en el exilio, y con el que ya lleva un par de años de casada. “Después de todo cambias algunas cosas por otras. La vida no es perfecta. Pero creo que lo fue mientras viví en Venezuela”.