Es una máquina de falsedades porque con procedimientos artesanales no se puede producir semejante cantidad y porque no argumenta, solo da respuestas en serie, absolutamente mecánicas. Es la máquina con la cual Maduro y sus secuaces al borde del precipicio de la historia responden al pueblo venezolano que los cuestiona, todos los días, con heroica tenacidad desde cualquier rincón del territorio. Una tras otra, cada una más descarada que la anterior, son las mentiras con las que Maduro llega a la apoteosis de su discurso presidencial, ahora con mayor desesperación y resentimiento; el cual, sin lugar a dudas, quedará como el monumento oratorio más cursi, obtuso y moralmente vil de nuestra república, Chávez incluido. Y hay competencia en nuestra extensa historia de gorilas.

Tres tipos de patrañas, entre cantidades.

Unos obreros gubernamentales, a plena luz del día, desmontaron unos puentecillos recientes que unen la autopista con la rivera sur del Guaire. Pues bien, para Maduro y otros dirigentes que usan la máquina se trata de salvarlos porque los terroristas de Borges y Guevara pretendían volarlos. No se pregunte por qué no le pusieron vigilancia para evitar esos oscuros designios. Resulta que, como lo han vivido miles de marchistas, estos servían para pasar al otro lado cuando arreciaba la sádica furia represiva, verdadera razón de la insólita decisión. Acabamos con los puentes nosotros antes de que los dinamite la oposición. Luego los volvieron a colocar. Marea el sofisma. Agrego de paso que no es extraño que Maduro, sin sospechar una contradicción, comience sus peroratas con acusaciones de ese calibre, con nombre y apellido, y las termines llamando encarecidamente a los acusados a dialogar por la paz.

El segundo gran momento estelar de la renovada fiscal –el primero, la denuncia de la ruptura del hilo constitucional– fue el desmentido de las causas de la muerte del joven Juan Pablo Pernalete y, en general, la denuncia de la descomunal represión gubernamental. Pero en el caso del asesinato señalado fue tan inequívoca y elocuente la evidencia de la mentira y los mentirosos que ya pocos deben creer en los partes siniestros del gobierno mendaz sobre la calle. Estos afirman que uno de los más reiterados desafueros opositores está en andar asesinando a quemarropa a sus propios afectos, en medio de los miles de marchistas, para victimarse y así obtener dividendos políticos ante el país y el extranjero. La fiscal destruyó los ingentes esfuerzos de la máquina por vender tan extravagante y sucia acusación, modelo para tantas otras. Y Padrino se queja, sin pestañar porque se mancilla el honor de las fuerzas armadas, que nunca reprimen sino restituyen el orden quebrantado. Es lo que llaman simplemente cinismo.

Pero ninguna construcción más aberrante que la tal constituyente fascista. Además, aparentemente la más trascendental de las medidas de los muchos años de oprobio revolucionario. Ni Chávez cuando aprobó aquellas leyes comunales para sustituir lo que no pudo hacer por el veto referendario, que fueron más bulla que cabuya. Aquí todo es mugre y esquizofrenia, pestilencia lógica. La contradicción mayúscula: el gobierno, triste minoría, lo que intenta es perpetuarse en el poder (“Que el poder no se vaya nunca de Miraflores”. Jaua), desaparecer sin piedad a la oposición y seguir el curso del proyecto que ha llevado al país a la peor devastación económica, a la tiranía y a la extrema violencia, a su agonía en todos los órdenes. De manera que es un instrumento tan belicoso, tan destructivo de la civilidad como una metralleta en manos de un demente. Pero se ha tratado de presentar, he ahí lo sublime, nada menos que como el camino de la paz y la reconciliación nacional. Pero la trampa, convertir la esa minoría democrática en poder absolutista, implica utilizar con la mayor impudicia el más tramposo y fascistoide manejo del voto y los criterios constitucionales, con la alcahuetearía de las adorables chicas del CNE. Las dictaduras sólidas, actuando más frontal y descaradamente, no añaden a sus abismales miserias la mentira y la prostitución argumental, solo los abyectos acobardados hacen del cinismo su divinidad.


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