Fue una fecha que cierta dirigencia partidista del país ha olvidado a conveniencia en apenas dos años. Cosa de números, quizá, para los cuales no hemos sido buenos los venezolanos; ya entonces éramos una mayoría que ni el régimen ni sus socios opositores han comprendido bien del todo. Aún peor, una mezcla de amnesia con cinismo político. O, al revés, en este caso, el orden de los factores no altera el desastre.

El 16 de julio de 2017 Venezuela acudió masivamente a una convocatoria de la oposición, aprobada por unanimidad en la Asamblea Nacional, para votar por nuestro acuerdo o desacuerdo con tres interrogantes que, de ser aceptadas, se convertirían, así lo consideró y planteó la dirigencia política y los diputados representantes del pueblo, en respaldo nacional y mandato ciudadano.

Las preguntas fueron:

¿Rechaza y desconoce la realización de una Constituyente propuesta por Nicolás Maduro sin la aprobación previa del pueblo de Venezuela?

¿Demanda a la Fuerza Armada Nacional y a todo funcionario obedecer y defender la Constitución del año 1999 y respalda las decisiones de la Asamblea Nacional?

¿Aprueba la renovación de los poderes públicos, la conformación de un gobierno de unión nacional y la realización de elecciones libres y transparentes para restituir el orden constitucional?

La participación de los ciudadanos fue inmensa, abrumadora, contundente y la aprobación de las preguntas, casi total. En este momento sugiero regresar al comienzo y leer de nuevo los temas consultados; preguntarse y responderse con sinceridad si el régimen, castromilitarista actual, y especialmente la oposición convocante que comanda entre aguas agitadas Juan Guaidó, han cumplido en algo con la voluntad expresada por los ciudadanos en un acto de votación mayoritaria.

La conclusión, al menos la nuestra y sin que signifique ataque ni crítica a Juan Guaidó, producto del proceso político en respuesta buena, regular o deficiente al saltimbanquismo castromadurista, y quien podría decir de sí mismo, copiando a Ortega y Gasset, “yo soy yo, los cuatro partidos que me atenazan, de los cuales dependo, y mis circunstancias”, es que la oposición en general, con muy contadas y bien conocidas excepciones, simplemente ha dejado de lado los “sí” aprobatorios que, no olvidemos, eran mandatos de la ciudadanía y ha venido tomando decisiones que pueden o no en un momento determinado parecer coincidir, pero que no nacen de ellos, sino de lo que esos partidos consideran su mejor conveniencia. El beneficio del país viene después.

Venezuela, sus ciudadanos, ejecutaron un acto de rebelión civil extraordinario, absolutamente ciudadano, constitucional, de rechazo indiscutible a una tiranía y ratificación de voluntad democrática inquebrantable. Es lo que hoy debemos recordar en el aniversario de un incuestionable acto de arrojo, coraje y mandato popular; como también, jamás olvidar, la traición, desinterés, engaño, burla de quienes fueron mandados a cumplir las instrucciones ciudadanas.

El problema hoy sigue siendo el mismo. Los políticos continúan hablando y declarando ―no aguantan dos pedidas en cuanto les ponen un micrófono― mientras nada dicen de lo que han hecho respecto a aquellas tres aprobaciones y mucho menos de lo que no han hecho.

Sea lo que sea que se discute en Oslo, Barbados y otras lejanías, la realidad es que la castro-Constituyente sigue funcionando de acuerdo con las instrucciones de Miraflores y Fuerte Tiuna; la Asamblea Nacional sigue flotando en el limbo ejecutor y político, producto de su incoherencia, embuste, también víctima del atropello y sometimiento del régimen. Los poderes públicos siguen siendo obedientes departamentos del Ejecutivo madurista, seguimos teniendo una drástica desunión nacional, militares obedecen ―con excepciones, aunque demasiados ilusos hablen de descontento con todo y oficiales presos, humillados, mortificados y desaparecidos― a los generales nombrados por Maduro (¿y Cabello?). Las elecciones se mantienen en una vaga nubosidad de expectativa como les gusta a los viajeros de parte y parte que dialogan fuera del país.

La única diferencia importante respecto al 16 de julio de 2017 es que ahora hay más venezolanos hambrientos, perseguidos, exiliados, huidos, presos y torturados.