Trump y quienes lo han estado acompañando desde su campaña electoral están ahora frente a otra campaña, esta vez contra los periodistas y los medios de comunicación.

Es otro de los rasgos comunes que tiene Trump con el finado Chávez, en el antes y en el después. En el antes, porque cuando Chávez fue candidato tuvo muy buena cobertura de los medios de comunicación. Igual le ocurrió a Trump. En el después, porque apenas los medios empezaron a publicar informaciones periodísticas que no le agradaban al caudillo de Sabaneta, inmediatamente despotricó contra ellos. Lo mismo hace Trump.

Chávez por lo menos tenía un poco más sentido del humor. No era tan sensible cuando lo usaban como mofa en algún programa cómico (quizás porque acabó con el mejor show de todos, Radio Rochela, que salía por RCTV, la televisora que cerró). Trump, en cambio, cada vez que lo caricaturizan en la Radio Rochela gringa, Saturday Night Life (SNL), arma un escándalo por Twitter.

El sábado pasado lo caricaturizaban en SNL precisamente porque en medio de la escogencia de su gabinete, de ocuparse de su transición presidencial, de conversar con líderes internacionales y de recibir los informes de seguridad nacional, todavía tiene tiempo para enviar personalmente mensajes por Twitter.

“Acabo de tratar de ver Saturday Night Live. ¡Imposible de ver! Totalmente parcializado, no fue divertido, y la personificación de Baldwin no podía ser peor. Triste”, tuiteó Trump el fin de semana. Ni qué decir de una tuitera que lo descargó por más de una hora bombardeándolo por ese solo tuit: “Selecciona tus batallas, hombre. Eres vergonzante”, le dijo en el primero de ellos. Otros disparos fueron: “¿No tienes nada mejor que hacer que tuitear acerca de un show de comedias?”. “¿Eres tan narcisista que una parodia es tu PRIORIDAD?”. “¿Sabes cuántos niños se fueron a la cama esta noche sin tener suficiente qué comer? ¿Qué es lo que te pasa?”. “Eres patético. Competiste para pres por ganar atención. Eres falso, un fraude. Tú nunca quisiste ganar, de todas maneras. Todos lo podemos ver”… y así por el estilo. “… ¿No quieres que se crea en los medios, en las encuestas, en los reporteros, para que ellos se vuelquen a TI para ver la verdad, lo que es real?”.

“Este el problema con los medios. Ustedes se tomaron todo lo que dijo Donald Trump tan literalmente”, criticó el primer gerente de la campaña electoral del milmillonario, Corey Lewandowski, en un evento público reciente. Y Brad Todd, un joven publicista republicano, dijo el otro día en televisión: “Los votantes se toman en serio a Donald Trump como candidato, pero no toman lo que dice literalmente. La prensa se toma literalmente lo que dice Donald Trump, pero no se lo toma en serio”.

Y en verdad, si bien es cierto y clave que Donald Trump ganó las elecciones presidenciales estadounidenses porque su mensaje, vacuo, insultante y prejuicioso, caló en un electorado hastiado por la falta de entendimientos de las élites de Washington y por el decaimiento en la calidad de vida que viene sintiendo desde hace más de una década la clase media y trabajadora norteamericana, los medios le dieron un gran empuje a ese mensaje y a su portador, especialmente durante las elecciones primarias por la conquista de la nominación presidencial republicana.

Ya hemos referido varias veces en este espacio que Trump recibió al menos 3 millardos de dólares en publicidad gratis de los medios durante toda la campaña electoral, 3 veces más que la que recibió Hillary Clinton. Y esto se debió en buena medida a que el hombre aumentaba el rating de las televisoras cada vez que él o sus diatribas aparecían en ellas. Los medios se empeñaron más que nunca en enfocarse en la competencia entre los candidatos, en la carrera por la presidencia, más que en los temas o en los planteamientos de fondo que pudieran tener los candidatos frente a los problemas y retos del país.

Durante la campaña presidencial, el fenómeno Trump se les fue yendo cada vez más de las manos a los medios de comunicación. Enfocados en el rating y en la competencia, llevaron a Trump al punto de que no necesitaba hacer planteamientos de fondo frente a nada, cualquier excentricidad era aprobada por su público y hasta se daba el lujo de atacar a los periodistas y a los medios que cubrían sus eventos.

Paradójicamente, la política informativa de los medios, especialmente los televisivos, hizo que decayera su credibilidad, arrastrando con ello a los medios impresos, que aunque abundaron en reportajes profundos sobre el verdadero Trump, no tienen el alcance de las cadenas nacionales y los canales por cable de la televisión. Dos meses antes de las elecciones, la aprobación de los medios estaba en 19%, más baja que la de los partidos Demócrata y Republicano. 98 de los 100 periódicos más leídos en Estados Unidos apoyaron a Hillary Clinton. El día de la elección presidencial, la mayoría de los medios daba a Clinton como ganadora. Y ganó Trump.

Una muestra del papel que juegan los medios en el escarceo político fueron los récords de audiencia de los debates presidenciales y el seguimiento por TV de los resultados electorales, que alcanzó en la noche decisiva los 70 millones de televidentes. Los medios tienen oportunidad de reconquistar su credibilidad si son asertivos en la escogencia de qué cubrir noticiosamente y cómo cubrirlo. Si los medios no le hubieran dado tanta cobertura las dos últimas semanas electorales a la carta del jefe del FBI al Congreso, anunciando que iban a revisarse unos correos electrónicos recién conseguidos en una computadora personal de la asistente principal de Hillary Clinton, porque podían tener significación para la investigación que ya se había hecho a la candidata sobre si había revelado secretos de seguridad en el manejo de su correspondencia electrónica, a lo mejor otro gallo hubiera cantado en esa carrera presidencial, que se sabía era cerrada. Si los medios hubieran escogido dedicar más tiempo a temas más sustantivos, dado que la carta del jefe del FBI era incluso vaga y la investigación inicial había concluido que Clinton no había violado la ley –además de que una segunda carta inmediatamente antes de las elecciones confirmó que el FBI no había encontrado nada–, puede especularse que los resultados electorales han podido ser diferentes.

Los números publicados en artículos de prensa indican que al irse los medios más por el rating que por los temas de políticas, los medios fueron perdiendo credibilidad a medida que la profundidad temática se iba desvaneciendo. Los noticieros de las 3 principales cadenas televisoras norteamericanas dedicaron, sumadas las tres, 220 minutos a la cobertura de temas de políticas en el año 2008. Este año 2016 dedicaron apenas 32 minutos a esos temas. Consumieron, sin embargo, 333 minutos discutiendo sobre Donald Trump y más de 100 minutos acerca de los benditos emails de Hillary Clinton.

La estrategia de Trump, de su escogido vicepresidente, de su jefe de gabinete y de sus principales asesores de medios es la de continuar desacreditando a la prensa. Ahora, cada vez que se increpa al trumpismo sobre cualquier tema, tratan de huir hacia delante picando con la muletilla de que “es que los medios…”. Así pasó este fin de semana cuando le preguntaban al vicepresidente electo sobre la sorprendente conversación telefónica de Trump con la presidente de Taiwán, que tanto molestó a los dirigentes de la China continental. Pence empezó con la misma muletilla y el periodista tuvo que decirle: “No lo digo yo ni los medios, lo dijeron los chinos públicamente”. Para aclarar la aseveración falsa de Trump de que él ganó el voto popular, además de los colegios electorales (otro tweet), porque supuestamente hubo millones de votos ilegales por Hillary Clinton, el periodista tuvo que hacerle la misma pregunta a Pence por lo menos 10 veces, de distintas maneras.

Cubrir la presidencia de este neopopulista gringo va a ser un verdadero reto para los medios tradicionales de comunicación estadounidenses, acostumbrados a acomodarse a los políticos también tradicionales. El populista Trump aparece ahora bravo, resentido, sin miedo a atacar la realidad como una invención de las élites de siempre.

Los medios tienen la responsabilidad de mostrar las cosas como son y ganar credibilidad, porque eso va en beneficio de su propio oxígeno y supervivencia. De eso sabemos los venezolanos, ahora que los trapos rojos de Chávez se reproducen en tierra gringa.


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