La inmensa mayoría de los habitantes de Zimbabue está sumida en la hambruna. Desde sus orígenes, en la edad del hierro, en la periferia de Masvingo, en Zimbabue no se sabía de semejante postración ante la falta de alimentos. Comparto la anécdota que arrastra el dictador Robert Mugabe, que hundió a ese pueblo en tan deplorable cuadro de miseria, cuando antes de abandonar el poder que usurpó por décadas, después de disfrutar de manjares en una fiesta organizada en su honor con motivo de celebrar su cumpleaños, cuyo costo sobrepasó los 800.000 mil, se sacrificaron 54 cabezas de ganado y se sirvieron más de 5 toneladas de carne para el deleite de las decenas de miles de seguidores, llegó a tener el cinismo de dirigirse a la comunidad internacional para “solicitar ayuda para aliviar la tragedia de su pueblo”.

Al igual que Mugabe, Maduro ha acorralado a los venezolanos en una hambruna escalofriante; pero a diferencia de él, ni siquiera ha simulado preocuparse por las necesidades de su gente, más bien se niega a abrir el tantas veces requerido canal humanitario.

En Siria más de 4,5 millones de seres humanos tratan de sobrevivir en refugios adonde difícilmente llegan alimentos. Miles de niños acusan desnutrición crónica en la ciudad de Madaya. Pero eso no le hace “ni cosquillas” al responsable de semejante catástrofe: Bashar al-Assad. Igual que Maduro, cuando le informan sobre las criaturas que mueren en el hospital J. M. de los Ríos. 

La crueldad de Maduro negando una y otra vez la inocultable crisis humanitaria compleja que azota a los venezolanos contrasta hasta con el nada santo dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un, que envió un informe a la ONU relatando con datos –más de 10,3 millones de personas no tienen que comer y cerca de 41% asoma claros síntomas de desnutrición– la crisis alimentaria que padece su pueblo. A pesar de saber que su régimen no tiene cómo garantizar la alimentación de millones de seres humanos bajo su tiranía, Kim insiste en gastar todos los recursos que atesora en su programa nuclear, al igual que Maduro, que continúa con su delirio de armar con fusiles, tanques, aviones y helicópteros su caricatura de revolución, al mismo tiempo que millones de ciudadanos pierden masa muscular por no poder ingerir ni proteínas ni calorías suficientes.

En Haití, las grietas de pobreza que dejaron el dictador Jean-Claude Duvalier y su padre, Francois Duvalier, siguen mostrando los perfiles de los más de 60.000 haitianos que perecieron. La era de Chávez-Maduro suman más de 330.000 venezolanos muertos.

En otro ámbito, más de 655.000 integrantes de la minoría rohingya huyen despavoridos hacia Bangladesh, algo parecido a los más de 600.000 venezolanos que salieron por trochas a tierras extrañas espantados por Maduro desde marzo de este año 2019.

Los brotes de fanatismo empujan desde las riberas del lago Chad a miles de personas provenientes de Nigeria, Camerún y Niger, representando una de las más alarmantes crisis de desplazados. Todo lo han provocado las embestidas de Boko Haram. Maduro, también exaltó el fanatismo de células terroristas que operan a sus anchas en el territorio venezolano.

Éxodo y hambre. Nada diferente a la hambruna soviética de 1932-1933 que arrasó con millones de ucranianos, víctimas del conocido Holodomor, tragedia que escondieron, por años, Stalin y su camarilla y que solo gracias a los cambios de la Glásnost se pusieron en evidencia con todas sus perversidades. Bien sabemos cómo Maduro niega los asesinatos premeditados al someter a una hambruna inevitable después de haber expropiado más de 5,8 millones de hectáreas de tierra que antes eran productivas.

Esa es la oscura y tenebrosa historia de crímenes que acorralará a los protagonistas de esta farsa de revolución. La humanidad que tiene memoria no los perdonará jamás.