Esta semana una amiga me escribe por Whatsapp para preguntarme si me agregaba a un grupo, yo le dije que sí, dentro de él estaban los compañeros con los que compartí toda la carrera universitaria. Tenía años sin hablar con la mayoría de ellos, salvo algunas publicaciones en Facebook y uno que otro like en Instagram. Luego de recordar y reírnos de los cuentos, nos pusimos serios y contamos el “qué es de nuestras vidas” de cada uno. Casi todos se han ido de Venezuela y el resto tiene planes de hacerlo en los próximos meses, uno a México, otra a Costa Rica, incluso una de ellas tenía dos días de haberse mudado a Colombia.

Y no hablo desde la visión de un estudiante privilegiado, mucho menos desde la tranquilidad de un “enchufado”. No. El narcoestado venezolano y su miserable gestión, entre otras cosas, nos obligó a cambiar los viajes desde Maracay, Puerto Cabello, San Carlos (y quién sabe cuál otra ciudad) para llegar a la universidad, a ahora compartir con decenas de personas en un vagón del subway, el Transmilenio o el Double Decker con destino a nuevos trabajos, nuevos hogares, nuevas casas de estudio, nuevos códigos de área con nuevos grupos de Whatsapp.

Creo que por eso sigue aumentando nuestra dependencia de las redes sociales; nuestros afectos están dispersos en todas partes del mundo, unos más solos y otros que instintivamente el gentilicio los llama para sentirse reconocidos entre tanta diversidad; cerca de alguien que te entienda, que sepa por lo que tú estás pasando, por lo que tu familia está pasando allá, cerca de alguien que empatice con los sacrificios que haces por mandar al país lo que te permite el bolsillo. Estar cerca de coterráneos, especialmente en estos momentos tan duros que atraviesa Venezuela, en los que hemos sido testigos de la creación espontánea de numerosas redes que aportan desde cualquier rincón para seguir alimentando la voluntad de los miles que están allá dándose con todo en las calles por recuperar la libertad de nuestro país, y que necesitan sentirse apoyados. En eso estamos de acuerdo todos en el grupo, en este momento nuestra misión es ser un puente de recursos y difusión. No importan las trabas que nos pongan.

Los venezolanos que creemos en la democracia estamos más unidos que nunca compartiendo una visión que se ha propagado como pólvora, y en la que ya nadie ajeno a nuestro tricolor desconoce los atropellos y violaciones de los derechos humanos que estamos sufriendo. Ya es una realidad. Se siente la empatía por los nuestros, por los caídos, por los que siguen luchando y los que han perdido las esperanzas. Sepan que el mensaje le ha dado la vuelta al mundo.

Y a los que leen estas líneas desde Venezuela, no pierdan la fe, no están solos. Esta lucha ya es desde millones de trincheras en cada pueblito, en cada ciudad, en cada continente, en cada rincón del mundo. Se lo repetimos, no están solos. Cada vez estamos más cerca de conseguir lo que tanto hemos luchado. Por lo pronto, en el grupo de Whatsapp nos entusiasma la idea de un reencuentro, creo que todos coincidimos en dónde queremos que sea.