Cuánto tuvo que suceder para que la dirección política opositora reconociera el talante dictatorial del régimen, incluso hasta el día de ayer pudimos leer declaraciones de dirigentes históricos de partidos politicos que solo reconocen rasgos autoritarios, a un régimen que ha traspasado la línea roja en infinidad de ocasiones durante la gestión madurista. La ambigüedad con que ha sido caracterizada refleja el tiempo perdido para enfrentarla en sus justos términos, pues nadie se ponía de acuerdo. Unos la llamaban dictablanda, otros regimen autoritario o de rasgos fascistas. Han evitado tratarla por su verdadero contenido: un totalitarismo tropical cuyo objetivo inmediato, entre otros, es imponer el fujimorazo venezolano del siglo XXI.

Victor Serge, politico belga hijo de padres exilados de la Rusia zarista, escribió antes que Solzhenitsyn, en su libro Medianoche en el siglo (1940), que el regimen estalinista es una máquina destructora de hombres, cuerpos y almas. Al revelar los sufrimientos, los maltratos y la muerte en el anonimato de los opositores, demostró de lo que es capaz un régimen totalitario, pues de hecho fue victima y perseguido por la KGB y la GPU hasta su muerte, acaecida en México en 1947. 

La fragua jurídica del entramado totalitario que sufrimos hoy comenzó a tejerse desde la aprobación de la Ley de consejos comunales en 2006 y con la fallida propuesta de reforma constitucional de 2007, luego aplicada a retazos mediante las leyes orgánicas comunales en 2010 y demás leyes habilitantes y decretos diseñados para la conformación definitiva del Estado comunal, mediante una ofensiva que no tuvo contrapropuesta teórica sólida. En esa carrera desenfrenada a la dictadura le surgió el espanto del troncón con las elecciones de la Asamblea Nacional en diciembre 2015, de allí en adelante la derrota descomunal del régimen ha trasnochado a la cúpula gobernante, a la que no le quedó otra tarea que pretender sustituirla en julio de 2017 con la horda psuvista de la ANC ilegal e ilegítima.

Este aborto de la política venezolana apuró la deriva dictatorial del régimen, que ha recurrido a toda suerte de tropelías y crímenes para impedir la restitución de la Constitución, que ha sido reafirmada con la designación del actual presidente interino, quien se ha mantenido a pesar de los percances, las emboscadas y las omisiones como la esperanza de cambio para más de 90% de la población. En tan solo 4 meses ha despertado la esperanza de la nación oprimida. Debemos reafirmar que continúa siendo una oportunidad, es nuestro vínculo con el concepto de nación, es una soga de vida para el pueblo venezolano, que no tuvo el pueblo español durante 40 años de franquismo, ni el chileno con la dictadura de 17 años de Pinochet, o el martirizado pueblo cubano tras 60 años de la dictadura más atroz del planeta, cuya oposición es reducida a las damas de blanco y su asistencia a misas dominicales.

La dictadura cree que allanando inmunidades parlamentarias, apresando a diputados y torturando a presos políticos civiles y militares podrá detener la historia, la decisión de más de 90% de la población que en diferentes encuestas exige no solo la partida inmediata de Maduro y su pandilla, igualmente la erradicación definitiva del experimento político más destructivo de una sociedad, a nivel continental, como lo constatan igualmente los 5 millones de venezolanos de la diáspora. Quienes usurpan el poder pretenden en la penumbra contener lo indetenible, ya que su proyecto político está muerto en la conciencia de cada ciudadano, quien sueña con un nuevo amanecer y un liderazgo político con visión de futuro desprovisto de ambiciones personales.

Venezuela no requiere de salvadores ni caudillos, sino de un proyecto factible de reconstrucción nacional con inclusión, el esfuerzo y emprendimiento de todos.