Las palabras son para decirlas

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A Rodolfo Izaguirre

Hoy pido la palabra, emulando al maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa (así se titulaba su columna de opinión en este diario), para referirme a ese desgobierno que en mi país se cree dueño de todo y de nada; hace lo que le da la gana y no tiene miramiento alguno a la hora de gritarlo a los cuatro vientos, sin que ningún otro Poder Público, llamado por ley a hacerlo, haga nada al respecto. Silencio y complicidad es sumisión. A salvo queda el Legislativo, que a nuestro juicio está haciendo lo que debe hacer conforme con lo que queda de ordenamiento jurídico.

Así actuaba la pesadilla anterior, catorceañera y arañera, y por el mismo camino, quizá peor, continúa la usurpación que encarna el ilegítimo, esa cosa aposentada en Miraflores. Cierre de más 34 emisoras radiales, medios impresos obligados a cerrar, persecución a comunicadores, el ilegal y de suyo arbitrario cierre de RCTV, compras sospechosas de medios similares, entre otros atropellos de parecida o peor naturaleza.

La ausencia de límite del poder y del control efectivo de la constitucionalidad y de la legalidad por parte de los órganos del Estado, no es otra cosa que la violación flagrante del Estado de Derecho y de justicia contenido en la carta magna. Se sabe, pero no está de más insistir en que se sepa y no se olvide.

Esa ausencia de límites para la voluntad del líder es altamente peligrosa para la democracia y los derechos humanos, que hoy vemos con mucha preocupación, habida cuenta de la ausencia –además– de un Poder Judicial que actúe en forma independiente al poder político de turno, y en defensa de la libertad de expresión.

Por lo que llevo dicho se me tildará de soñador, iluso o quijotesco, pero no importa, los perros creen que son sus ladridos lo que hace andar a los carros y no la gasolina. Comprendo a cabalidad que no se puede poner vela a Dios y al diablo al mismo tiempo. Resulta inconveniente angustiarnos si los perros ladran y al propio tiempo también, cuando se callan.

La peste chavista seguirá con sus boutades; sus invenciones pretendidamente ingeniosas, destinadas por lo común a impresionar. De allí las invasiones, guerras económicas, intervención imperial, golpes de la derecha y un sinfín de pendejadas sin pie ni cabeza.

No olvidemos que el personaje de origen ignoto dice conversar con pajaritos que se le posan en su cabeza y hasta es capaz de convertir los panes en penes.

Vemos con preocupación cómo se pretende calmar o saciar el hambre con aumentos salariales hacia abajo, insuficientes y con dinero inorgánico. Y por si fuera poco, la absurda pretensión de otorgar minas de oro a las gobernaciones chavistas para que cubran sus necesidades presupuestarias, lo que de suyo no solo es un adefesio que atenta contra el principio de la unidad del tesoro: el patrimonio público es único e indivisible, sino que además es un peligro para la naturaleza misma.

Amigo lector, si notas alguna arrechera, no hagas caso, no es contigo. Es contra el silencio, la vergonzosa mudez, la tranquilidad de la indiferencia. Conviene buscar la esperanza en todas tus cajas, revuelve, inventa, desocupa los refugios… toca unir los vidrios rotos, procura no asquearte.

El silencio no es opción, escribe, exprésate, que las palabras se hicieron para decirlas y ellas no se atreverán a crucificarte. No llevan la valentía para eso ni la cobardía tampoco de correr. La tortura lesiona el cuerpo, la censura lastima el alma. No te censures, no te condenes.

Ver las injusticias y no tratar de corregirlas, por miedo o indiferencia radical, es también un pecado, un error, aun un crimen de omisión, que puede ser tan grave como el de comisión.

Imposible hacer silencio ante tantos atropellos y humillaciones; no es una opción callarse cuando el país sigue el rumbo del despeñadero, sumido en la miseria, convertido en tierra de desnutridos, desesperanzados y tristes seres víctimas de un régimen plagado de pillos y resentidos sociales, que parece odiarnos.

Pondré un ejemplo que nos enseñara monseñor Constantino Maradei Donato, para indicar lo mucho que se puede conseguir cuando las opiniones se unen: durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes quisieron controlar las escuelas de Holanda. En ese país, las escuelas primarias estaban administradas por comités comunales. Como las fuerzas de ocupación no podían poner un soldado en cada escuela, dieron un bando en el que se decía que ningún profesor podía ser nombrado sin el consentimiento de la Kommandantur, (comandancia) para los guardias de las SS.

Quince días más tarde moría un profesor. El comité del pueblo, sin consultar a las autoridades alemanas, nombró un nuevo profesor. Aunque alguno de los del comité objetó que se debería pedir permiso a los alemanes, todos los del comité dijeron: “Nosotros tenemos nuestra decisión y no pediremos nada a la Kommandantur”.

A los quince días se presentaron los soldados alemanes, rodearon la escuela, buscaron a los miembros del comité y los pusieron a lo largo de un muro para fusilarlos.

El oficial alemán se plantó en medio de ellos y les dijo: “¿Es cierto que fue nombrado un profesor en esta escuela?”. A lo que todos respondieron con un SÍ rotundo.

—¿Si yo os meto en la cárcel –preguntó el oficial alemán– también estaréis de acuerdo todos?

—Sí –respondieron todos.

El oficial alemán –como era de suponer– montó en cólera. Dio órdenes a los soldados para que colocaran a los hombres en situación de ser fusilados y dijo:

—Y si yo os fusilo a todos, ¿estaréis de acuerdo también en la decisión?

(Silencio).

Los hombres que estaban frente a los soldados para ser fusilados, respondieron uno detrás de otro.

—SÍ, SÍ, SÍ, SÍ, SÍ…

(Silencio)

El oficial alemán dio órdenes a sus soldados de que bajaran sus armas. Reunió toda su compañía y partió sin haber hecho nada.

Ante la contundencia de tal relato y vista la siniestra intención de un gobierno usurpador de paralizar a toda una nación que reclama, en buen derecho, un cambio de presidente dentro de los cánones constitucionales y legales que rigen a la República, no queda otra posibilidad que insistir en los propósito de cambios que reclama el país. No tengo la fórmula, pero entre todos podemos imaginarla y ponerla en funcionamiento.

Por eso nunca, en esta hora aciaga ni nunca; no bajaré persianas a mis ojos, no dejaré de escuchar. No haré silencio.