En el libro Venezuela metida en cintura de Elías Pino Iturrieta, el historiador incluye una fotografía del entierro de Juancho Gómez y añade una leyenda terrible a la misma: “Probablemente, el asesino esté entre el grupo”. En estos días viendo la foto del hijo de Jamal Khashoggi con el príncipe heredero de Arabia Saudita no pude dejar de recordar la frase que acompaña la foto gomecista observando la mano que estrecha el hijo del periodista asesinado. No cabe duda: se trata de un drama isabelino gestado en las arenas del desierto con una torpeza que ninguno de los actores shakesperianos hubiese querido imitar. Hay litros de sangre como en Macbeth pero rápidamente descubierta por los sabuesos de Erdogan, a quien le llevaron la bandeja servida con la excusa de la venganza.

Pocos acontecimientos terminan estremeciendo a la aldea global. Este horrendo crimen lo ha logrado. El periodista árabe de The Washington Post Jamal Khashoggi visita el consulado de su país en Estambul. Está por casarse y busca realizar un trámite legal para llevarlo a cabo. Los oficialistas saben que va a ir y lo están esperando. Lo asesinan con una precisión inequívoca que incluye a un médico forense que lo descuartiza en siete minutos. Un Jack el destripador traído de Riad. Lo colocan en varias bolsas y lo entierran en el jardín de la residencia del cónsul. Al parecer el periodista tenía en su muñeca un iWatch que recogió las incidencias de su dolorosa muerte porque no tomaron la previsión de doparlo. La prensa turca culpa directamente al heredero, quien habría enviado un comando de quince personas con el objetivo de acabar con Jamal y que estuvo en permanente comunicación con el príncipe. El propio Erdogan ha dicho que se trata de un crimen premeditado. Los saudíes han admitido el asesinato luego de más de una semana, pero su descaro no conoce límites. Anuncian detenciones, buscan un chivo expiatorio pero entre sus propios empleados. Hay 6 detenidos, 18 destituidos y el mismísimo príncipe heredero sostiene con desgano que la justicia prevalecerá. El ministro del Exterior acaba de completar su ensayo de hipocresía al declarar que el asunto se ha vuelto “histérico”.

¿Qué tanto sabía este periodista de los negocios y los apoyos sucios de su país? Arabia Saudita ha sido socio y contrincante de Occidente. De allí ha salido tanto petróleo como los Bin Laden. Khashoggi no era un enemigo del régimen, precisamente. Era un crítico que denunciaba la permisividad que disfrutaban los países árabes para reprimir a los disidentes, la diplomacia de su país, la interferencia de los saudíes en el Líbano o el bloqueo a Qatar. Se dice que estaba muy relacionando con el príncipe Al Waleed Bin Talal, uno de los hombres más ricos de Arabia, conocido como el Warren Buffett árabe y con un patrimonio estimado en 30 billones de dólares, a quien el príncipe heredero apresó en el Ritz-Carlton de la capital saudí junto con los hombres más pudientes del reino y que fue liberado del malentendido tras cerrar «un acuerdo financiero» con las autoridades. Quien crea que el príncipe heredero Bin Salman es un reformista se equivoca: no es más que un tirano disfuncional que pone y quita oponentes desde su teléfono inteligente forrado en oro. Los saudíes son una monarquía medieval y premoderna con concesiones recientes insignificantes como que las mujeres conduzcan sus autos. A pesar de los jets y las autopistas, siguen viviendo con las costumbres de la tribu. Eso es problema de ellos y constituye una escogencia cultural. Occidente no puede imponer la macdonalización del orbe ni exportar la democracia a quien no la conoce o no la desea. Eso sí, si quieren relacionarse con nosotros, no pueden seguir militando en el delito o la violación a los derechos humanos y tendrán que adaptar su conducta a la del mundo libre. Por ello hay que aplaudir que la Unión Europea esté prohibiendo la venta de armas a ese país, de lo que ni Trump o Pedro Sánchez han tomado nota. Por lo pronto, lo único que queda es desaconsejar cualquier tipo de visita a un consulado saudí.