En días pasados el tema de la intervención militar se hizo tan común en boca de analistas, escribidores, actores políticos oficiales y de la oposición, etc, que parecía inminente la eventual llegada de los marines norteamericanos. El gobierno empezó con rutinas preparatorias para el supuesto enfrentamiento. Así pudimos ver a Carreño, a Diosdado Cabello y a otros representantes oficialistas arrastrándose por el barro poniéndose en forma para enfrentarse a los marines. Muchos han tildado la escena televisada por los canales y medios oficiales como ridículas y tal vez lo sean, pero al chavismo le gusta, no que una guerra se produzca, no, eso no. Sino que la amenaza de una eventual intervención militar extranjera sea permanente, pues tal situación es consecuente con su narrativa militarista y de su concepción de la política y el orden como guerra y además porque otra “Bahía de Cochinos”, esta vez producto de la propaganda chavista, le daría una especie de épica que nunca han podido construir con éxito.

Como la cuestión venezolana es ya un problema global, también pudimos observar y leer la participación de una buena representación de actores globales, algunos como el senador Marco Rubio anunciando la voluntad del gobierno norteamericano de preparar otro día D.

Mientras tanto, múltiples voces, como por ejemplo Antonio Ledezma, ha pedido intervención militar bajo el eufemismo de  “intervención humanitaria” y Ricardo Hausmann planteó directamente que la Asamblea Nacional debería destituir a Maduro y allanar el camino para la acción militar extranjera destinada a removerlo. En fin, un número importante de actores opositores, fundamentalmente los llamados “opositores de la oposición”, siguen presentando esta opción como viable y hasta sugieren que dado que el gobierno no abandona el poder por otras vías, esta sería la más expedita para un cambio de régimen.

Ahora supongamos que se produce una intervención militar en Venezuela.  Cualquiera que sea la modalidad usada, bien sea el de “ataque de precisión” como Panamá en 1989 o una “invasión masiva” traería dificultades difíciles de predecir.

Venezuela tiene un ejército de más de 100.000 hombres que, haciendo abstracción de lo fracturado o no que pueda estar, se ha configurado desde los días de Chávez como un ejército de resistencia. Además, el gobierno ha creado “enclaves autoritarios” (léase colectivos armados) en el seno mismo de la sociedad civil y en los últimos años el país vive la ocupación en todo el territorio nacional de factores irregulares (ELN, lo que queda de las FARC, Hamas, Hezbolá, delincuencia ligada a la extracción ilegal de minerales como el oro y el coltán, etc) que ante la eventualidad de una intervención militar se movilizarían. Todo ello en un contexto de deslave institucional que ha producido una situación anómica creciente que haría de cualquier intervención de fuerza un escenario catastrófico, cuyos resultados serían obviamente terribles para todos, para los que se van, pero también para los que se quedan.

Pero también en estos días se han producido eventos de naturaleza distinta: una reunión en una ciudad turística de Rusia, otra en Noruega con representación del régimen y de la oposición. De ninguna de las dos tenemos más noticias que la que dan los medios.

Mas alla de que ninguna de las dos termine por satisfacer las agendas tanto de la oposición como del régimen, la primera porque obedece a intereses que no tienen por qué ser los de Venezuela y la segunda porque la experiencia de los diálogos anteriores ha sido nefasta para la oposición, pues el régimen una vez logrado sus objetivos se sustrae de lo acordado y, dado esta premisa, ninguno de los factores que compone la fracturada oposición quiere repetir una experiencia que lo ha llevado a años de retroceso, desde los tiempos de Gaviria, pasando por Carter y terminando con Zapatero.

Lo que se hace imperioso es volver a recuperar la política, recuperar la posibilidad de negociar una salida que permita la recuperación de la república civil y para ello es necesario conversar. Estoy seguro de que las experiencias pasadas no se repetirán. De eso nos asomaba algunos elementos Moisés Naim en su última entrega a este diario, primero por la vulnerabilidad del régimen, especialmente de Maduro, segundo por la fortaleza del apoyo que ha suscitado la presidencia interina de Guaidó. Yo añadiría un último elemento: el cansancio y el hartazgo que el régimen ha producido en todo el entramado social, incluidos los chavistas.

La agenda es clara y pienso que no debe tener vuelta atrás: la reinstitucionalización del Estado, fundamentalmente, de los aparatos del Estado que han actuado como aparatos autoritarios del poder (CNE, TSJ, FANB), llamar a un proceso electoral, esta vez con comicios limpios y libres, con la participación del chavismo democrático. La necesidad de un compromiso de la FANB para desmantelar todo el andamiaje autoritario creado desde el gobierno y que actúan como fuerzas irregulares expresadas por los llamados colectivos, pasando por la presencia cubana en el país y  las fuerzas extranjeras irregulares que se han instalados en el territorio nacional.

La creación como ya hemos señalado de un nuevo acuerdo social, que puede llamarse de cualquier manera, pero que funda los elementos para una gobernabilidad democrática duradera y que definitivamente entierre no solo esta dictadura sino LA DICTADURA. Es decir, cualquier pretensión a repetir de nuevo experiencias como la vivida en los últimos 20 años.