En el mundo la inflación no existe. Es un fenómeno extraño en la actualidad. El promedio esperado para el planeta es de 2,8%. Si hoy es raro ver países sufrir de inflación, más aún lo es una hiperinflación. Según la definición clásica de Philip Cagan (1956), un episodio de hiperinflación comienza el mes en el que el aumento de los precios supera el 50% y termina el mes anterior al cual ese aumento cae por debajo de esa tasa y permanece así por lo menos durante un año (tomado de: Reinhart, Carmen M., y Miguel A. Savastano, 2002, Some Lessons from Modern Hyperinflation).

Sin lugar a dudas, Venezuela va en una dirección muy diferente al mundo. Estamos en plena hiperinflación. Un raro fenómeno que se ha presentado 56 veces antes del desastre de nuestro país. El último país que lo sufrió fue Zimbabue hace 10 años (y que lo vivió por 18 meses), mientras que en la región debemos irnos hasta 1990 con Perú, que tuvo un solo mes con hiperinflación (pero récord en la historia de América Latina con 397% de incremento en su índice de precios en ese mes).

La reconversión monetaria ha sido un éxito en lograr que apareciera el efectivo. Al momento de iniciar esta, el ratio efectivo/liquidez monetaria estaba en 0,80%; para la semana del 12 de octubre ese ratio se situó en 7,52%, acercándose a su promedio histórico de 10%. No obstante, no le ha ido bien en eso de controlar la hiperinflación que sufre el país. En septiembre, según números la Asamblea Nacional, la inflación se situó en 233% (un solo mes), lo que arroja 4,10% de inflación al día, cifras muy parecidas a lo alcanzado en agosto (223,1% y 4%). Suponiendo que la inflación diaria se mantenga en 4% (como fue el promedio en agosto y septiembre), para el 10 de junio de 2019 tendríamos el mismo precio del 20 de agosto de 2018 (recuperaríamos los 5 ceros que se quitaron con la reconversión monetaria). Es iluso pensar que solo cambiando la moneda se puede acabar con un episodio hiperinflacionario, más aún teniendo en cuenta el drama que sufre actualmente la economía venezolana.

¿Quiere explicarle la hiperinflación venezolana a un amigo? Cite este ejemplo: para alcanzar la inflación que tuvo Venezuela en septiembre de 2018, a países como Brasil, Bolivia, Colombia y Paraguay les tomaría en promedio cerca de 35 años, a Chile 45 años, a Perú 54 años y a Ecuador 90 años. Argentina es la segunda mayor inflación de la región: para alcanzar el resultado de Venezuela en septiembre, necesitaría 5 años; Paraguay es la tercera y necesitaría 17 años. Otra explicación: Paraguay y Argentina son los únicos países de la región que esperan una inflación anual en 2018 superior a la que tuvo Venezuela en un solo día en septiembre.

La hiperinflación es el fenómeno económico más difícil de llevar por parte de una sociedad. Erosiona (y destruye) no solo la capacidad de adquirir bienes y servicios de las personas (y familias), sino también su patrimonio, empujando a un número importante de familias a la pobreza de forma rápida. Un ejemplo de todo esto lo encontramos en la evolución reciente del nuevo salario mínimo integral. Para tener el mismo poder de compra de diciembre de 2017, el salario mínimo integral debería haber cerrado septiembre en 5.288 bolívares, lo que representa una caída de la capacidad adquisitiva de casi 63% en 2018. Si la inflación de agosto y septiembre se repite (en promedio) en octubre, la disminución del poder adquisitivo alcanzaría 89% (el salario mínimo integral al 31 de octubre de 2018, para comprar lo mismo de diciembre de 2017, debería situarse en 17.610 bolívares). La euforia y temores de los 1.800 bolívares que entraron en vigencia luego de la reconversión monetaria el 20 de agosto, fueron evaporados muy rápido por la hiperinflación (como era de esperar).

Una carrera para abatir una hiperinflación no se gana poniendo a los salarios a tratar de correr al mismo ritmo que la evolución de los precios. Esa estrategia tiene garantizada su derrota. La hiperinflación en Venezuela tiene todos los síntomas para pensar que aún le falta mucho para acabarse.


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