Cuando esta nota salga, ¡habrán pasado tantas cosas! Pero no una guerra que nadie quiere.

Bloqueo, sanciones económicas, son palabras reiteradas en el lenguaje defensivo del gobierno. Anunciando la existencia de planes correspondientes que vienen del imperio. Cada día toma decisiones que revelan inseguridad y ausencia de un plan que vaya más allá de la preservación del poder y sus prebendas.     

No es detalle ni casualidad la lucha por la asistencia humanitaria. Más allá de todo argumento o trajín político, está la certeza de un pueblo en hambre y mengua, certeza que unifica. Un país arruinado en el que el gobierno anuncia, como triunfo, repartir limosnas en bolsas y apremiar fidelidades con coactivas membresías, grados y carnets. No ya como recurso de pastoreo mafioso electoral para los fraudes cometidos, sino como sobrevivencias de un régimen ahogado.

Centenares de miles se concentrarán con cantos, bailes, arte y un empuje formidable hacia el futuro, hacia una novedad que aún no existe, hacia unos deseos que han hecho que nos agarremos de las ramas de la orilla y las transformemos en remos. Es el lenguaje de la oposición.

No es ya cosa –cada vez más banal y agotada– de izquierdas o derechas. De repetir caminos con mal olor, que siempre han terminado en barrancos. Estamos montados en un torbellino de tres primeros pasos: salir del usurpador, gobierno de transición y elecciones en democracia.

Seguro que la cosa no terminará el sábado, y es bien probable que lo que ocurra sea la riqueza de una gesta, la conciencia de nuestra fuerza y poder. Poder y fuerza que serán necesarias para construir la novedad. Una novedad que podemos llamar democracia profunda.

Emergen tantas cosas que resulta corto el tiempo y la dedicación para devanarlos. Viene de la señal que se dio del 16 de julio de 2018: gente tirada a la aventura de su propia decisión, que creyó que con ello lo hacía todo. Salimos derrotados y el frustre nos arropó. Abundaron las flechas baratas en todas las direcciones, y se puso fácil la cobija del desamparo, y un liderazgo, nunca cuajado, se quedó como historia.

Ahora y con muchas miradas e intereses siguiéndonos, lo que hay es mucho más que el conflicto entre pueblo y dictadura. Es un salto mucho mayor que no solo sacará de Latinoamérica esa vieja diatriba, sobre ese viejo y confuso argumentar sobre un socialismo que hace ya tiempo que se agotó, en toda su variedad de cárcavas y matices.

Se iniciará esa larga tarea para construir un país más largo y profundo que la petrofilia: una democracia profunda que supondrá el logro de valores y competencias construidos en su propio ejercicio, más que como la ejecutoria de una prédica doctrinaria o de una ideología remendada.

Hay ahora una democracia en la calle que ha tenido la fortuna de encontrarse con la frescura de unos caudillos que dejaron atrás la soberbia de los caminos cortos. Se optó por persistir y aceptar la diversidad.

Por allí va esta opción   de profundizar la democracia, hasta el punto de que será difícil reconocerse. Su energía tendrá lo necesario para superar esos estribillos y fórmulas hechas.  Hay Empuje y necesidad de creación. Maneras nada fáciles para levantarnos de la petrofilia y descubrir que, por supuesto, somos mucho más que petróleo.

Hay bellas cosas de bello augurio.  Nacen y crecen formas de organizarse que se enriquecen con eso de llamar a los artistas para que canten, bailen y pinten.

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@perroalzao


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