Entonces, siendo la luz símbolo de vida y de sabiduría, la tarea de los seres  humanos es doble y recíproca. Conforme tenemos la necesidad aprender, también debemos enseñar.

Nuestra existencia es para saber vivirla y administrarla bien, empleándola  en servir, en ser útil. El hombre debe valerse de la prodigiosa luz intelectual que posee para abrir y alumbrar caminos, no para hacer sombras. Así, de esa manera cada quien hace su historia. Esa misteriosa luz ilumina nuestro desenvolvimiento cultural y social, y ha hecho posible la cultura y, con ella, la civilización. El comportamiento del ser humano no es absolutamente autónomo. Está sujeto al acatamiento de virtuales normas éticas.

 El vocablo Ética alude etimológicamente al comportamiento humano, al modo de ser y de actuar, es como la ciencia de las costumbres. No es una religión, aunque es indudable la conexión entre ambas. La ética no viene con el nacimiento; es una disciplina adquirida mediante la formación moral. Se ocupa del estudio de los actos humanos que suelen ser buenos o malos siempre que conscientemente los ejecutemos con plena libertad y voluntad propia. Pues el hombre, gracias a su dignidad humana, debe actuar según su conciencia y libre determinación. Por convicción, no por coacción. Así, en razón de su naturaleza, está llamado a realizar solo actos buenos. Pero, por su condición de imperfecto, no está exento de patologías.

Como quiera que el preciado don de la vida, primer derecho natural que adquirimos, estamos obligados a defenderla, perfeccionarla y conservarla, y al Estado y sus autoridades corresponde la grave obligación de respetarla y protegerla.

Indiscutiblemente, esa prodigiosa luz intelectual fue la que iluminó a los científicos, a los inventores y a los investigadores y descubridores, así como a los artistas, en los diversos géneros, para legar inmortales obras a la humanidad. Brillante historia cumplida. De ellos vamos a mencionar tres.

Al eminente sabio alemán Albert Einstein, quien formuló la Teoría de la Relatividad. Sus profundos estudios analíticos le condujeron a descubrir que el universo no solo tiene tres dimensiones, sino que es cuatridimensional: espacio, tiempo, altura y profundidad. Igualmente, descubrió que la materia y la energía no son distintas, sino una misma cosa. Descubrió también que la luz está sometida a la gravedad. Se le consideró la primera inteligencia de su tiempo. En 1921 le fue otorgado el Premio Nobel de Física.

Cristóbal Colón: Este navegante genovés, conocedor profundo de los mares, se propuso llegar al continente asiático por una vía aún no conocida. Se lanzó al mar tomando rumbo siempre hacia el oeste. Su propósito no era buscar un nuevo continente, sino descubrir nuevas vías que agilizaran las comunicaciones comerciales. Después de 37 días de navegación, tuvo el inesperado encuentro de una tierra desconocida. Como creyó que era la buscada India llamó indios a sus habitantes. Tiempos más tarde se comprobó que esa ignorada tierra era un desconocido continente al que después se le llamaría América. Tremenda hazaña realizada por Cristóbal Colón, quien murió ignorando que había descubierto un nuevo continente.

Miguel de Cervantes Saavedra: Se le reconoce ser el creador de la literatura, “el alto representante de la mentalidad hispana”. Con su  inigualable obra, la genial creación de El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, demostró su grandeza espiritual, sobreponiéndose a las limitaciones materiales que habían acompañado su vida. Trataba, con  esta obra, de rescatar los nobles propósitos que animaron a la caballería andante: proteger a los débiles, luchar contra las injusticias, restablecer el orden, hacer el bien y oponerse a los atropellos. Indudablemente, su prodigiosa mente estaría provista de poderosa fuerza espiritual, que le inspiró esa vocación de lograr algo imposible, lo que algunos denominan heroísmo, lo que parece irrealizable. Don Quijote nació de la activa imaginación de Cervantes, de su fecunda mente en el propósito ideal de acomodar el desacomodado mundo.

Indudablemente, estos tres grandes hombres, además de la perseverancia y la luz intelectual contaron con la iluminación divina que inspira las grandes obras humanas.

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