La lucha por la liberación democrática del país tiene muchos adversarios. El primero es la represión del gobierno contra quienes le enfrentan y su estrategia permanente de dividir cualquier iniciativa opositora. Otros son factores internos, como la acción obstaculizadora de las agendas particulares, y hay también elementos estimulados artificialmente, como la reaparición de la antipolítica –tan conveniente al régimen–, con su carga de lugares comunes y fantasías de redención voluntarista. A todo lo anterior se ha sumado un factor reciente de pernicioso efecto, y es el error de discutir solo la forma como se desea el final del gobierno olvidando cómo hacerlo.

Hay sectores que proponen luchar por elecciones para salir de Maduro. Otros propugnan salir de Maduro para poder tener elecciones. Algunos insisten en la dimisión como única salida. Hay quienes hablan de gobierno de transición en sus muchas modalidades. Pero, mientras discutimos sobre la forma de salida, no nos ponemos de acuerdo en trabajar urgentemente en lo que todos parecen advertir como innegable, y es que sin presión social no hay salida posible.

Pongamos las cosas en claro. Si no hay una presión social contundente, sostenida y sistemática (lo que es afirmación común de todos, no importa la forma de salida que se defienda) no habrá ninguno de los “finales” que hoy se discuten. Paralizarnos debatiendo sobre la modalidad de salida sin hacer el ineludible trabajo de presión es como estar discutiendo en qué iglesia me voy a casar sin haber buscado novia. Lo grave es que, mientras nos paralizamos imaginando la salida y hacemos de ella el tema central de discusión, el régimen sigue avanzando hacia su consolidación.

Lo que más teme el gobierno es la unidad de los sectores que se le oponen, y juega todo el tiempo a dividirnos. Nuestra cohesión debilita y desmoraliza al gobierno y fortalece la moral de los venezolanos, además de que la única política con posibilidad de éxito frente a una dictadura es la política unitaria. Hay entonces que convertir la unidad –no solo de los partidos políticos, sino de todo el país– en una formidable y eficaz forma de presión. Pero no caigamos en la trampa de pensar que primero tenemos todos, la heterogeneidad de los sectores políticos y la todavía mayor complejidad de los sectores sociales, que alcanzar un acuerdo absoluto en el discurso y una coherencia perfecta sobre el guion político común antes de actuar. No. Lo que nos va a acercar, a disminuir la desconfianza mutua y construir la verdadera y necesaria unidad es la acción.

Hay que unirse no para estar juntos, sino para hacer algo juntos, como decía Donoso Cortés. Y la acción urgente y necesaria hoy en Venezuela es concreta: fomentar la movilización social cívica y la protesta pacífica permanente y creciente, articularlas y darles contenido político, y generar con el resto de las formas de presión y lucha cívica las condiciones que precipiten una salida negociada y constitucional del gobierno. La clave es la organización popular, la movilización social y la vinculación y articulación entre sí de las cada vez más numerosas manifestaciones de descontento y protesta de la población.

Si, a pesar de nuestras diferencias (y la dificultad de hacer política en dictadura, lo que algunos olvidan con pasmosa facilidad), todos asumimos esta tarea común, y nos lanzamos a la única acción urgente y necesaria que reclama este momento histórico, no solo construiremos en la práctica la verdadera unidad que suplican los venezolanos, sino que estaremos generando las condiciones políticas que obliguen al gobierno a negociar su salida por cualquiera de las vías constitucionales, la cual solo se definirá después, dependiendo de las circunstancias. Sin estas condiciones derivadas de la presión social, el cambio del régimen y la superación de la crisis seguirá siendo un irrealizable e insatisfecho anhelo.

El problema no es ponernos de acuerdo en cómo es el final, sino hacer lo que se requiere para que haya un final. Que no nos paralice ni nos divida lo primero. La clave es lo segundo.