No nos hemos detenido en la situación política de España para pensarla desde lo que puede significar para las necesidades de una sociedad en crisis, o la observamos partiendo de una perspectiva que no permite captar lo fundamental. Mirar desde Venezuela es trabajo proclive a la distorsión, debido a que el cúmulo de nuestras anomalías se convierte en cortina capaz de ocultar la realidad ajena. Los horrores domésticos conducen a analogías aventuradas con las situaciones de afuera, a pescarlas en agua equivocada, para llegar al extremo de plantear escenarios apocalípticos que no existen. De allí la necesidad de intentar una versión que pueda apreciar lo que de veras pasó allá, partiendo de lo que parece esencial.

Tal vez lo más importante radique en reconocer cómo funcionaron las reglas del juego. Pese a la magnitud de una crisis capaz de generar un conflicto de proporciones gigantescas, no en balde provocaba conductas generalizadas de repudio frente a un partido de gobierno cada vez más desgastado por su indiferencia ante casos de corrupción que clamaban al cielo; y manejado por un liderazgo ineficaz frente a los intentos catalanes de independencia, cada vez más retadores y groseros, se pudo llegar a situaciones satisfactorias dentro del marco de la legalidad. La debilidad del PSOE, principal partido de oposición sin posibilidades de control en el Congreso de los Diputados, y orientado por un secretario general que no parecía llamado a grandes proezas, pudo cumplir el objetivo de llegar al gobierno sin quebrantar la legalidad. Los otros partidos de la oposición, con representación menguada en el Parlamento o, como en el caso de Podemos, apenas en el trance de salir de serias contradicciones en torno a su líder principal, se dirigieron a un solo propósito a través de la rigurosa aplicación de mecanismos constitucionales.

La sospecha de tratos deleznables entre los promotores del cambio de gobierno se disipa ante la voz del Poder Judicial, que no se limitó a dictar sentencias severas contra los delincuentes del partido gobernante que protagonizaron el caso conocido como Gurtel. En el veredicto de los jueces se incluyó una observación sobre el testimonio del presidente del gobierno, quien fue citado por su cercanía con los implicados y en atención a su ubicación como cabeza de la organización en cuyo seno ocurrieron las escandalosas vagabunderías. Los magistrados de la Audiencia Nacional consideraron inverosímil, poco creíble, el testimonio del señor Rajoy, y dejaron constancia de su desconfianza en el texto que apuntalaba la sentencia. No lo condenaban expresamente, pero lo relacionaban con unas fechorías que eran la comidilla de la sociedad y ante las cuales no tenía cabida la indiferencia. La lectura del texto de los jueces conducía necesariamente a un voluminoso nexo entre los delincuentes de Gurtel y el hombre poderoso que no los impidió o que no los detuvo como era su deber, motor suficiente para mover una máquina que no necesitaba la gasolina de los motivos subalternos para llegar hasta la meta de un cambio inmediato de gobierno.

Pero el apego a las reglas del juego no demostró únicamente que existían y que se respetaban en medio de una situación que no solo había provocado críticas fundadas sobre las alternativas inmediatas de gobernabilidad, sino también sobre el destino de la nación como posibilidad de cohabitación democrática. Mientras crecía una ola de interpretaciones pesimistas en cuyo centro resucitaba la Leyenda Negra de España, es decir, la antigua interpretación que condena a los peninsulares a la disgregación, a la mediocridad y aun a la ineptitud para acceder a procesos modernos de sociabilidad, la fidelidad a las normas del manual cívico puso de relieve la trascendencia de la actividad política como tabla de salvación. El primer capítulo del drama concluye con la política en primer plano, con el espectáculo de los intereses de los partidos en un proceso de contradicción y concertación que desemboca en un objetivo incuestionablemente útil. Quizá sea esta la parte que más llame la atención de los venezolanos, que se niegan a ver por sus ganas de estar lejos de los políticos y de las soluciones que puedan ofrecer.

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