Qué vueltas da la vida. Solo hay que sentarse a esperar o llegar a la madurez para darse cuenta de que son verdaderas todas aquellas consejas que nos hablan de los vaivenes y cambios repentinos en los asuntos humanos.

Quién iba a decir a los españoles que su patria terminaría siendo un día refugio de malhechores venezolanos. Se dice que América se pobló con delincuentes de toda laya y hasta el mismo Herrera Luque, tratando de explicar algunas conductas no muy santas de nuestros  ciudadanos, expuso en su texto Los viajeros de Indias que la herencia recibida de esos aventureros había sido la causa de algunas lacras de la sociedad venezolana. Si bien esto no parece ser  verdad y pertenece más bien a esa leyenda negra que los anglosajones se han encargado de propagar, ya que tras el primer viaje de Colon se creó una Casa de Contratación, con sede en Sevilla, que supervisaba todo lo que entraba a o salía del Nuevo Mundo (hombres, herramientas, alimentos, especias, etc.), no es menos cierto que cuando no existía la actual globalización, América sirvió muchas veces de refugio no ya de los que huían allí perseguidos por sus ideas políticas, sino de aquellos que tenían cuentas pendientes con la justicia.

El caso es que la tortilla parece haberse volteado esta vez. Actualmente se baraja la idea    ̶ refrendada una y otra vez por el desabrido canciller español Josep Borrell ̶   de que España podría acoger a los “señores” que nos han gobernado por espacio dos décadas. El gobierno español da a entender que está ayudando a los venezolanos a salir de ese inframundo en que nos situó el chavismo, cuando  la verdad parece ser otra donde se mezclan las relaciones del gobierno venezolano con Podemos  ̶ los actuales socios de gobierno del PSOE ̶   y el afán del señor Sánchez de continuar polarizando la política española, atrayendo para sus filas, en el momento electoral que vive ese país, todos los votos de la izquierda. Aunque se dice que la iniciativa de escoger el país ibérico como destino ha partido de los americanos, nadie duda de que si esto finalmente sucede y viajan a España nuestros revolucionarios de pacotilla, todo ello se deba a la afinidad de ambos gobiernos y la inconsistencia moral que ha mostrado en todo momento el gobernante español.

Para poder seguir viviendo en paz, seguramente deberemos permitir paradójicamente que estos pillos se vayan con sus fortunas mal habidas a unos sitios que bien quisiera uno. Un dilema parecido ya lo vivieron los americanos y los europeos con los nazis al terminar la Segunda Guerra. Aunque los alemanes fueron los perdedores, como todo el pueblo alemán había participado de una u otra forma de las locuras de Hitler los aliados tuvieron que mirar para otro lado en muchos casos. No solo acogieron a profesores y científicos en sus países, sino que incluso el nuevo gobierno alemán se vio obligado a reconocer los años de servicio de muchos funcionarios nazis a efectos de computar el tiempo de sus jubilaciones. Hubo que tragar muy duro y perdonar a mucho desalmado. En resumidas cuentas,  muy pocos fueron procesados y ahorcados en comparación con el daño que habían hecho.  

En el caso que nos ocupa, los que han visto a España como su destino  ̶ pues cabe imaginar que no desean ir a Rusia, Turquía y menos a Cuba ̶   quieren evitar no solo los juicios sino que se les despoje de los bienes producto del dinero substraído. En tal sentido, ya se adelantaron a contratar en la madre patria un afamado bufete de abogados que ha llevado sonados casos de expoliación, como el de las Tarjetas Black, la Púnica, Vitaldent o el Canal de Isabel II.

Así, pues, si el informe de la señora Bachelet no llega a nada y esto sigue adelante, no me extrañaría que algún día alcancemos a ver a estos señores pasearse por alguna avenida de Madrid o Barcelona haciendo ostentación de su fortuna y sin despeinarse siquiera, a pesar de la ira que esto nos pudiera producir, como nos la produce oír al balbuceante Rotondaro desde Colombia o saber que uno de los pistoleros de Puente Llaguno está asoleándose en la paradisiaca isla de Tenerife.


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