Analistas del exterior bastante informados muestran cierta sorpresa de que el régimen presidido en Venezuela por Nicolás Maduro no se haya terminado todavía.

“Estoy francamente sorprendido de que Maduro haya sido capaz de mantenerse en el poder tanto tiempo”, dice, por ejemplo, Peter Hakim, presidente emérito de Diálogo Interamericano, un centro de reflexión de expertos en asuntos hemisféricos de Washington, D.C. “No tenía el encanto, la inteligencia o el carisma de Hugo Chávez. Desde el principio enfrentó presiones económicas y políticas mucho más profundas que su predecesor. Pero las cosas cambiaron en los últimos meses. La situación humanitaria es desesperante para la mayoría de los venezolanos. El apoyo de Maduro continúa en disminución.”

Analistas y periodistas no pierden de vista el rol de las fuerzas armadas en el desenlace de la crítica situación actual venezolana. El mismo Hakim avizora tres escenarios posibles, dos de ellos con un papel prominente de los militares. En el primero, se produce “el reemplazo de Maduro por un chavista más razonable y moderado, que aceptaría entrar en un diálogo serio y negociar un proceso para celebrar nuevas elecciones nacionales”. En el segundo, la oposición toma el poder con apoyo militar después de que la “agitación se vuelve abrumadora, no puede ser reprimida y el gobierno no puede gobernar”. En el tercero, “el ejército expulsa al gobierno de Maduro y se mueve rápido para celebrar elecciones (buen escenario) o decide retener el poder durante algún período (malo).”

“Las fuerzas armadas decidirán el destino del régimen de Venezuela”, fue el titular de un reportaje reciente de la revista británica The Economist, cuyo primer párrafo fue el siguiente:

“Antes de que Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, ofreciera su segundo discurso del Primero de Mayo para explicar los planes de una nueva Constitución, hizo una pausa para reconocer la presencia de unos muy importantes invitados. Una docena de generales, bien uniformados para la ocasión, estaban en la audiencia. Él les pidió que se levantaran y también un aplauso para ellos.”

Después de resaltar que las protestas callejeras, “provocadas por la escasez de alimentos y el matonismo del régimen, estallan diariamente y son a veces masivas”; que la inflación es sumamente alta y el viraje hacia la centroizquierda de sus países vecinos hace lucir al socialismo bolivariano de Maduro como más aislado, según The Economist, “para el presidente, nada de eso importa. Su futuro será decidido por las fuerzas armadas, no directamente por el pueblo”. Así de enfático fue el reportaje.

Una cobertura también reciente de The Washington Post, fechada en Caracas, alude más bien a la conseja aquella de que “cuando bajen los cerros cae Chávez”. “Además de una revuelta militar, quizás no hay nada que Maduro tema más que a una rebelión que se esparza por los barrios que respaldaron por largo tiempo a Chávez. Hay señales de que eso está pasando”.

El reportaje del Post refiere que en el último mes ha emergido en varias ocasiones un patrón en el que la mayoría de la clase media y de los activistas estudiantiles se despliega por las principales autopistas de Caracas durante el día mientras que los residentes más pobres montan sus protestas en sus barrios por la noche, algunas de las cuales han desembocado en saqueos y caos.

El gobierno está perdiendo los corazones y las cabezas de la Venezuela pobre, dice el diario norteamericano, citando a un periodista y analista británico en Caracas. “Así que su control lo ejerce mayormente por la fuerza y bajo la amenaza de negarles beneficios sociales que provee, incluida la comida”.

El diario cita también al director de Datanálisis, Luis Vicente León, quien, entre otras cosas, señala que “los venezolanos que viven en esos barrios [pobres] también quieren cambio”. “Pero ellos no tienen tiempo para ir a las marchas y no tienen liderazgo”, y aun cuando sufren con Maduro, sienten que el movimiento de oposición de clase media “no es su aliado natural”.

La última encuesta de Hercon (abril-mayo) revela, entre otros datos, que 84% de la población no cree que el país mejore siendo conducido por Maduro. La situación económica ha empeorado comparada con el año pasado, según 87% de los encuestados. El desabastecimiento (38%), la inseguridad (26%) y la inflación (17%) son los problemas que más afectan a la gente, que ya tampoco cree en el modelo económico impuesto por el régimen (84.5%), e incluso, rechaza los CLAP y el llamado carnet de la patria (72%).

El 11 de abril aquel nos mostró tres tipos de oficiales militares. Los que se resistieron a seguir reprimiendo, que nunca dejaron de ser institucionalistas; los que no tenían comando y quisieron aprovecharse de la situación, y los que regresaron a Chávez al poder, donde había de todo.

Los cerros bajaron esa vez, pero para apoyar a Chávez. La torta que puso el segundo grupo militar, junto con Pedro “el breve”, no lucía como una buena alternativa popular. Y así lo leyó el tercer grupo.

Según la encuestadora Hercon, la crisis política (1.5%), los servicios públicos (1.7%) y la corrupción administrativa (2%) están entre los diez problemas que afectan más a la ciudadanía, pero bastante lejos del desabastecimiento, de la delincuencia y el alto costo de la vida.

Si los militares son el elemento decisorio del cambio de régimen, actuarán tomando en cuenta el clamor popular, aunque ahora no lo parezca. Verán hacia el pueblo, mientras éste verá hacia quien crea que está en capacidad de dirigirlo. Toca al liderazgo civil democrático nutrir ese clamor con una clara identificación con las necesidades de la gente, con las razones por las cuales la gente verdaderamente sale a marchar, y hacer la conexión entre unos y otros.

El elevado rechazo al modelo económico del régimen, a los CLAP y al carnet de la patria indican que casi todo el país está cruzando el Rubicón. Las demandas de elecciones generales, el reconocimiento a la Asamblea Nacional, la liberación de los presos políticos y la apertura de un canal humanitario son exigencias apropiadas al régimen, que la clase media entiende bien. Pero a las mayorías populares, a los más pobres, les hace falta un empujoncito para volverse definitivamente contra Roma. Hay que dárselo.


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