Antes de entrar en el fondo de la materia, voy a intentar hablar de ese  funesto y memorable 5 de enero de 2020, señalando algunos puntos derivados de los cuales poco o nada se ha dicho, sin magnificación.

El caso, quizá el más sustancial, es que ese día Juan Guaidó se graduó de líder; incluso entre los propios parlamentarios, quienes no todos lo consideraban con ese título a pesar de que le manifestaban su respaldo absoluto.

El joven diputado que por cosas del destino estaba para ese momento estelar en el lugar propicio, de allí su doble presidencia, pues bien, desde ese hecho memorable del 5 de enero de 2020, glorioso para las fuerzas democráticas venezolanas, el parlamentario doble presidente es catapultado para ser reconocido como la cabeza vanguardista del movimiento que lucha por desplazar a Nicolás Maduro del poder, más allá de su privilegiado origen geográfico. Ahora, liberado de disciplina partidista, fortificado el respaldo de sus compatriotas y reforzado el apoyo de la comunidad internacional, podrá actuar con mayor autonomía.

Juan Guaidó mejoró significativamente su imagen y autoridad. Este reconocimiento y confirmación de su liderazgo es producto de ese hecho trascendental del que ya hemos hecho mención.

También tiene su cuota parte en ese aventón la dictadura, la cual incurrió en el garrafal error de llevar el conflicto de la Asamblea Nacional a un terreno donde ellos no tenían ni tienen ninguna posibilidad de victoria. Ni siquiera la compra de diputados con sobreprecio, ni el uso de la fuerza a través de la Guardia Nacional, la Policía Bolivariana, ni los colectivos, fueron capaces de detener lo que era un hecho incuestionable.

La oligofrenia, la discapacidad mental e intelectual, no supuso que la Asamblea Nacional no depende ni del ejecutivo ni de la asamblea constituyente (en minúsculas). Ellos, los del régimen, siempre la han relegado, como han pisoteado sus competencias, Sin embargo, así ha funcionado el Parlamento hasta ahora, salvaguardando su fuero.

La valoración de la AN ha radicado exclusivamente en el reconocimiento internacional y con este opera en estrecha concordancia con nuestros compatriotas. Para nada será impedimento lo que decida o no decida la Asamblea Nacional, obediente a Nicolás Maduro y sus socios de la esmirriada mesita de la Casa Amarilla.

Ese hecho oligofrénico le brindó, además, la oportunidad a la oposición para deslastrarse de las sombras depravadas que dentro de su fracción de diputados solo se ocupaban en desparecer las pruebas de corrupción donde estaban implicados funcionarios y amigos del gobierno. De igual forma, le fue útil a Juan Guaidó para romper el silencio, la mudez en la que lo sumergió alguno que otro error de cálculos, injustificable. La afonía también se producía por el despiadado acoso de militares y policías postrados a los pies del usurpador.

Para finalizar, cabría hacerse las siguientes reflexiones, casi de rigor: ¿Qué debe hacer de ahora en adelante Juan Guaidó? ¿Qué, la Asamblea Nacional? ¿Insistirán en llamar a Vente Venezuela, Alianza Bravo Pueblo, entre otros partidos, a integrarse alrededor de Guaidó? ¿Insistirán en que sesione la AN en la sede del Palacio Federal Legislativo con las luchas y riesgos que ello implicaría? ¿Está la oposición tácticamente preparada para tramarse cuerpo a cuerpo en una reyerta asimétrica con el régimen? ¿Han medido las consecuencias de una derrota en ese inseguro barrial? ¿Tanto y cuánto vale, desde el punto de vista político, funcionar desde el Palacio Federal Legislativo y no en otro lugar? ¿Se insistirá en ir a las elecciones presidenciales este año y no a las parlamentarias que por ley deben realizarse antes de que finalice 2020?

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