En estos días de grandes apuros económicos, de nuevo nos asalta la pregunta que hace algunos años sirvió para atacar a los gobiernos democráticos, nuestra muy lacerante frase ¿dónde están los reales?

El Fondo de Desarrollo Nacional (Fonden) de Venezuela ha recibido préstamos chinos de más de 60.000 millones de dólares. Deuda, según informa Ricardo Hausmann, que se paga con los ingresos futuros del petróleo. Recursos que no han dejado ninguna huella en el país, no se han construido hospitales ni escuela, no hay nuevas carreteras. El tren aparece como un paquidermo abandonado en la frontera entre Carabobo y Aragua. La misma suerte del tren que supuestamente cruzaría los Valles del Tuy. Los sistemas eléctricos y suministradores de agua están completamente colapsados. Un cementerio de obras inconclusas. Los ciudadanos, víctimas, espectadores de la más espeluznante estafa jamás nunca antes vista en la historia del país, que despoja a las nuevas generaciones de la posibilidad de vivir en un espacio de progreso y futuro.

Escribe Hausmann: “Las rentas producidas por el petróleo se han empleado para costear proyectos que no mejoraron la producción petrolera, ni tampoco pasaron por el proceso presupuestario, con lo cual se ha desbaratado la estabilidad financiera tanto de la compañía petrolera como del gobierno”.

¿Dónde están los reales? No es un problema que podamos achacar al secretismo de los chinos que siembran recursos a lo largo de todo el planeta sin exigir que los gobiernos informen a las instituciones contraloras; qué decir de los ciudadanos, sujetos invisibles en su forma de gobierno comunista, y, en nuestro caso, sin preocuparse por el hecho de que la Asamblea Nacional no avale la deuda, es decir, sin cumplir con los trámites legales que hacen legítima cualquier deuda contraída por el gobierno. Los chinos en realidad actúan como agiotistas tramposos que negocian en la oscuridad, que imponen condiciones que solo pueden cumplir gobiernos dictatoriales donde la obligación de “rendir cuentas al ciudadano” no existe, te lo presto no me importa en qué ni cómo lo gastas.

Los chinos habrán flexibilizado el derecho de propiedad y haber extendido el derecho a la propiedad privada a la ciudadanía, pero el motor de la trampa comunista sigue funcionando, cuando intentan baypasear a los pueblos imponiendo pactos leoninos que solo verán la luz cuando los gobiernos antidemocráticos sean desalojados del poder.

No existen las obras, pero la deuda existe. Este es un dilema que deberán confrontar los próximos gobiernos, cuáles son las cláusulas secretas que firmó la tiranía venezolana para poder recibir los recursos, cuál parte del territorio, de los recursos minerales, o lo que sea, fue comprometido con los chinos. Cuánto nos servirá escudarnos tras la ilegalidad de la deuda, todos sabemos que la oposición y la Asamblea Nacional le informaron al gobierno chino que sus préstamos no eran legítimos. ¿Valdrá eso? Amaneceremos, si Dios quiere muy pronto, con nuevos gobierno pero con una vieja y pesada deuda.

Lo que sí sabemos es quiénes son los culpables, los chinos por maniobrar contra las democracias, los gobiernos por negociar de espaldas al pueblo, las instituciones y los sistemas legales por su debilidad o incapacidad de parar la maniobra ilícita.

La experiencia del financiamiento Chino en Pakistán, Sri Lanka, Sudáfrica, Ecuador saca a flote lo peor, la debilidad de las instituciones, el quiebre entre los gobiernos y sus pueblos, ha provocado episodios de corrupción, que va seguida de una desagradable resaca financiera. Lo peor será reconocer que Venezuela dejará de ser rentista no porque avanzó a otro sistema, sino porque se evaporaron los ingresos que se convertían automáticamente en renta. Por eso es imprescindible demandar acuciosamente, sin descanso, acosar al gobierno sin piedad, con la pregunta que puede destapar la caja de Pandora: ¿dónde están los reales?

No es extraño que los rusos apliquen la misma metodología de los chinos, pactan en la oscuridad con las tiranías, los centros de poder que les interesa tener a su favor. Es una nueva versión de la antieticidad comunista desplegada por los países que abandonaron el lado económico de la ideología comunista pero que intentan mantener viva la parte más negra de esa doctrina, su irrespeto al ciudadano, invisibilizándolo. Por esta razón tratan, como Lucifer, al ponerse en contacto con los países con los peores gobiernos, proponer pactos satánicos. Es muy fácil que un ministro chino aclare que en su país las empresas nuevas que han surgido son de propiedad privada, lo que no aclara es que quien negocia los recursos financieros es el gobierno comunista que no es privado sino del Partido Comunista chino. Pero no nos equivoquemos si la negociación fue oscura entre China y Venezuela, el real responsable no es otro que el régimen venezolano de Chávez y Maduro.