Costumbre sana y bien arraigada en nuestra gran Venezuela, igual que en todos los países, el asignar una determinada fecha para rendir culto a los profesionales de cada actividad, ya sea esta académica o de otra meritoria labor. Así contamos con el Día del Médico, el Día del Obrero, el Día del Odontólogo, de la Enfermera, del Abogado: 15 de enero, Día del Educador.

El homenaje a los educadores, como el que en su oportunidad se rinde honrosamente a las madres, no debe encasillárseles solo en una fecha específica, sino que su reconocimiento ha de ser diario, permanente, debido a la meritoria y abnegada labor a la que ambos se dedican.

Cuando hablamos de educadores nos referimos específicamente a aquellos virtuosos profesionales de la enseñanza escolar sistemática. Que asumen la educación con la debida responsabilidad y sensibilidad humana, con entrega total, con verdadera vocación de servicio aunque, como contraprestación, no cuenten con el justo estímulo salarial del Estado ni, al menos, con el adecuado comportamiento ciudadano por parte de algunos funcionarios de la alta jerarquía gubernamental quienes, en vez del mal ejemplo, deberían reforzar la labor que se imparte en los institutos educativos. Eso forma parte de la subestimación a que ha sido sometida la formación cultural en Venezuela: deliberada limitación del papel y de la tinta, el desabastecimiento de alimentos y medicinas, deserción escolar ocasionada por el hambre, éxodo de educadores, el no atender las necesidades presupuestarias de las universidades y de los demás institutos superiores, la eliminación de los liceos nocturnos, la inseguridad ciudadana que nos expone a tantos riesgos.

La Educación (así con mayúscula) es la gran necesidad para los seres humanos. De ella se requiere en todo y para todo: para establecer las normas reguladoras de la sana convivencia humana; para el eficaz desempeño en cualquier actividad laboral; para el enriquecimiento y divulgación de la cultura; para el progreso y desarrollo de los países, como también para aprender y practicar las virtudes que tanto las necesitamos.

Además de la educación formal (la sistemática), nos enriquecemos poderosamente con la informal o asistemática. La que adquirimos libremente, sin escolaridad, y que cuenta como primera gran escuela el hogar, la que nos acompaña durante toda la vida.

Nuestra Constitución Nacional establece que la educación es un derecho de todos los venezolanos, y una obligación ineludible del Estado, al que le corresponde, además de la seguridad personal, la seguridad alimentaria y la protección de la salud. Pues niños desnutridos o enfermos no están en condiciones de asimilar la educación escolar.

Finalmente, y como lo hemos apuntado en escritos anteriores, la vida social en la que convivimos y nos desempeñamos, todos y cada uno de nosotros somos, a la vez, educadores y educandos. De ahí la importancia de adoptar ejemplar comportamiento ciudadano.

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