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Numerosos países comienzan gradualmente a salir de dos meses de cuarentena por el covid-19 y muchos ciudadanos tendrán que enfrentar la transición del limbo del encierro a una “nueva” normalidad y las realidades que la acompañan. Necesidad política, presión pública y sobrevivencia económica exigen el inicio del proceso de reapertura y, donde sea razonablemente posible, a un ritmo progresivamente acelerado.

Sin embargo, la realidad brutal es que sin una vacuna o tratamientos efectivos, el coronavirus seguirá siendo una amenaza mortal. En particular, para los segmentos vulnerables de la sociedad, incluyendo los ancianos y quienes sufren precondiciones médicas. El objetivo debe ser salvar vidas y medios de sustento, que no son mutuamente excluyentes, pero requerirán de responsabilidad cívica y acción concertada.

Muchos países occidentales entran a territorio inexplorado conforme salen del confinamiento. Por un lado, actividades como un testeo masivo y distanciamiento social serán la norma común para el futuro previsible, con el objetivo primordial de evitar una segunda oleada de infecciones. Sin embargo, con frecuencia los estándares uniformes no aplican a todos los países o incluso en cada país, no a todo el territorio, porque el impacto del covid-19 varía en las diferentes localidades. No todos somos iguales. Cada Estado debe buscar políticas flexibles y pragmáticas que produzcan resultados —ya sea a niveles nacionales, regionales o locales— y que estén inmersos en el marco constitucional de la respectiva sociedad democrática.

Algunas sociedades asiáticas están claramente mejor preparadas y equipadas para combatir la enfermedad debido a la experiencia con otros brotes virales en los últimos 20 años, particularmente con el Síndrome Respiratorio Agudo y Severo (SARS). Corea del Sur y Taiwán destacan como ejemplos sólidos. A través de medidas prácticas y responsabilidad civil, demuestran cómo una sociedad puede seguir funcionando mientras combate la pandemia. Aun así, se requiere constante vigilancia: no hay que subestimar la capacidad del covid-19 para resurgir y propagarse rápidamente.

Singapur estaba en el top ten de los países con mejor desempeño en el combate al covid-19. Sin embargo, un brote desafortunado entre trabajadores migrantes que laboraban en un espacio reducido provocó una nueva oleada de infecciones y el país tuvo que reimponer medidas más estrictas. Con sólo 438 contagios de covid-19 y 6 decesos —de acuerdo con cifras de la Universidad Johns Hopkins—, ha dado una de las lecciones más valiosas en esta pandemia. Considerado una provincia renegada por parte del Partido Comunista de China (PCCh), funcionarios taiwaneses son muy conscientes del guión que sigue el PCCh y la experiencia para ocultar y reprimir. Taiwán entendió desde el principio que un brote viral mortal se estaba registrando en la ciudad china de Wuhan, donde se originó el covid-19. Desde principios de enero, Taiwán comenzó a someter a revisión a viajeros provenientes de China continental y a tomar las medidas necesarias para combatir el brote. Más aún, las primeras advertencias de Taiwán a la Organización Mundial de la Salud  no fueron escuchadas.

Dado que el liderazgo de la OMS se apega al lineamiento del Partido Comunista de China de no reconocer a Taiwán, debe asumir su parte de responsabilidad por ignorar los llamados que hizo. Inicialmente politizó la lucha contra el covid-19, lo que derivó inevitablemente en la pérdida de un tiempo, y casi con seguridad de vidas. Pese al disfraz de diplomacia de la China comunista y de la agresiva campaña de desinformación, su narrativa de un sistema superior de un solo partido derrotando al covid-19 ha sido desmentida en gran medida.

La opinión pública internacional está pidiendo, cada vez más y de forma correcta, cuentas a China por tratar de encubrir la existencia del covid-19 y después por minimizar su severidad. Esto derivó en su rápida propagación en casa y a nivel global, resultando en las pérdidas de cientos de miles de vidas, millones de medios de sustento y el colapso, en términos prácticos, de la economía global.

La capacidad del covid-19 de cambiar incluso ha impactado a Rusia. Después de haber cerrado inmediatamente su extensa frontera con China en enero, Rusia decidió tener un gesto de buena voluntad, y adoptó la “diplomacia del ventilador” con países como Italia y Estados Unidos. Sin embargo, pronto revirtió el curso, al incrementarse la cantidad de contagios en el país. Irónicamente, en abril China cerró su frontera con Rusia, en un esfuerzo por combatir los contagios de covid-19 de sus ciudadanos que regresan de Rusia.

A pesar de numerosas advertencias, muchos líderes occidentales subestimaron la velocidad con que se propaga el virus y el impacto los tomó fuera de lugar. En particular, la capacidad del virus para saturar el sistema médico. Sin embargo, otros que sí escucharon las llamadas de alerta tempranas y actuaron en consecuencia están hoy mejor preparados para flexibilizar las cuarentenas. Mientras que Italia, Francia, España y Reino Unido sufren por cifras de decesos superiores a los 20.000, una historia diferente prevalece en otras partes de Europa.

Hasta ahora, Alemania ha resistido la tendencia de importantes países europeos occidentales. Convertirse en una excepción fue resultado de una serie de factores, incluyendo una organización eficiente —como el testeo masivo de 100.000 ciudadanos al día—. Mejor aún, había un liderazgo político responsable a nivel federal, regional, y local, sumado a la responsabilidad cívica de los ciudadanos.

Grecia desafió los pronósticos al imponer medidas draconianas y hasta ahora ha salido relativamente ileso. Comienza su salida de la cuarentena en una posición ventajosa, pero su economía frágil no escapará al impacto económico de la pandemia, particularmente su industria turística, que es clave, cuando comience el verano.

Los Estados de Europa Central y Oriental (ECO) también se merecen buena parte del crédito. Aunque empezaron a registrar casos a principios de marzo, los Estados ECO ya estaban viendo la tragedia que estaba ocurriendo en Italia. Astutamente, usaron la ventana de oportunidad breve, pero preciosa para imponer de inmediato medidas de reacción. Fueron los primeros en sellar fronteras en Europa, cerrando prácticamente todos los negocios, excepto los esenciales, limitando las reuniones públicas e imponiendo leyes para el uso obligatorio de tapabocas. Al comparar las cifras de decesos de ciudadanos por cada millón de habitantes, los países europeos occidentales más grandes las ubican en cientos, mientras que los Estados de ECO se quedan en decenas, con Austria con 65 por cada millón de habitantes y Eslovaquia con apenas 4 por cada millón.

Los Estados nórdicos de Dinamarca, Noruega y Finlandia impusieron inicialmente medidas estrictas que resultaron en tasas de decesos extremadamente bajas. Considerada caso nórdico aparte, la estrategia experimental de Suecia aún es objeto de debate. Alabada por la OMS, las críticas se acumulan, igual que el conteo de cuerpos.

Latinoamérica está actualmente en el límite, al registrar, aparentemente, las tasas de crecimiento de coronavirus más aceleradas a nivel global. Conforme la presión económica se acumula en Brasil y México, sus presidentes son renuentes a sofocar a los negocios.

Dado que se prevé que México llegue al pico de casos de covid-19 para mediados de este mes, las cadenas clave de suministro al mercado estadounidense siguen en riesgo. Por otra parte, la práctica de testeo masivo se ha ganado aplausos para el gobierno de centroderecha de Chile, paralizado hace apenas unos meses por protestas a nivel nacional.

Aunque hasta ahora el impacto del coronavirus en África parece leve, los pesimistas temen que lo peor está por venir. Dado que Suráfrica y Nigeria, las principales potencias económicas del continente aún deben comenzar a flexibilizar sus medidas de aislamiento, la amenaza del covid-19 persiste.

La pandemia no ha escapado al ambiente político altamente polarizado en Estados Unidos, particularmente en un año electoral clave. Con un enorme territorio, una población de más de 320 millones y una Constitución federal que rige en 50 estados, el éxito en la lucha contra el coronavirus se determinará en gran medida a nivel estatal. La autoridad de un gobernador para abrir o cerrar un estado, incluyendo flexibilizar los cierres, combinado con los esfuerzos responsables de funcionarios locales y ciudadanos definirán al final de cuentas el resultado.

Hasta ahora, las cifras son dramáticas en el país. Los Estados nororientales de Nueva York y Nueva Jersey, combinados, representan casi una tercera parte de los contagios y muertes por covid-19 de toda la nación. Del otro lado, los tres estados con más población —California, Texas y Florida—, combinados, representan casi 10% de los contagios y aproximadamente 6% de decesos en Estados Unidos.

Aunque mayo es el mes de la transición global entre la cuarentena y la reapertura, en junio probablemente será el primer duro despertar de Estados Unidos a una nueva normalidad. Que habrá un profundo daño económico está más allá de toda duda; ciertamente, será peor que la Gran Recesión de 2008. La pregunta clave es cuán profundo: ¿una situación cercana a 2008 o a la Gran Depresión de 1929, o quizá un escenario a la mitad de estos dos?

Probablemente se inclinará más hacia lo ocurrido en 1929 si una segunda oleada de contagios se materializa y las cuarentenas se extienden al tercer trimestre del año. En el peor escenario, el impacto a nivel global será inevitable, aunque en diferentes grados. Aquellos que tengan la bendición de contar con una amplia liquidez podrían lograr un “aterrizaje” más suave, mientras que la mayoría de los demás tendrán que asumir la carga de largo plazo de la carnicería que está por venir. La pérdida de 30 millones de empleos en solo 6 semanas podría ser la punta del iceberg en Estados Unidos, pero probablemente para gran parte del resto del mundo la situación será mucho peor.


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