No son pocos los que suelen definirse o autocalificarse como partidarios del llamado “centro”. Muchos –la mayoría– lo tienen como algo natural, propio de los seres humanos. Con lo cual dan por sentado, además, su condición universal e intemporal. Ser o estar ubicado en el centro se representa, pues, como una esencial tendencia, como aquello hacia lo que instintivamente tienden tanto los seres inanimados como los animados y –¿por qué no?– el entero mapa del cosmos. Después de todo, no es por nada que el Sol esté ubicado en el centro de los planetas. Y si el Sol se halla en el mero centro planetario, ¿quién podría poner en duda que esa es la posición correcta y hasta inevitable que todo mundo debe mantener? Es esta, en síntesis apretada, la opinión más difundida y asentada en la certeza sensible de las buenas personas. Es, diría Spinoza, una expresión de las formas constitutivas del conocimiento “de oídas” –“o por vaga experiencia”– que norma lo cotidiano. La imaginatio, al decir de Vico, la poética de la economía cotidiana: un modo de vida, un modo de ser y de representarse de arcana y mística factura. Los unos, siguiendo a Castoriadis, la denominan “imaginario”. Los otros, siguiendo los usos y costumbres propios del modismo actual, la llaman “narrativa”. Pero más allá del connotado autor o del rebuscamiento literario, en realidad, se trata de un modo de ser que, como todas las formas propias de la imaginación, sin duda, con-tiene sus verdades y man-tiene sus ventajas, en función de las llamadas “seguridades externas”.

Lo que es es, por más indeterminado que pueda ser. Además, el estar ubicado en el centro no requiere de muchos esfuerzos para pensárselo, inmersa como está la multitud en una sociedad que ha hecho de la ideología del “eterno presente” –cuando no de la pasiva espera, esa que gusta insuflar los corazones compungidos con esperanza– su bien supremo. Pero hay otros, tal vez más arriesgados, portadores de un entendimiento más afinado por el estudio de las ciencias sociales y políticas, que afirman ser decididos militantes de la causa: son los militantes del centro. Claro que el dégradé, o degradado, que se difumina a partir de un centro prefijado y representado como “el mero centro”, no deja de tener sus riesgos. Podría, por ejemplo, llegar a alcanzar los más variados matices, cubriendo así prácticamente todo el espectro de las tendencias del arco iris ideológico, desde la más rabiosa y fanática de las extremas izquierdas hasta la más férrea, rígida y conservatista de las derechas.

Y es ahí que las fijaciones propias del entendimiento comienzan a hacer aguas, porque los centros comienzan a desplazarse –o, más bien, a resbalarse– de un lado al otro, mientras el café se va destiñendo cada vez más, desde el “marrón fuerte” o macchiato, pasando por el “con leche oscuro”, hasta llegar al latte y al “teterito”, en una infinita serie tonal de nunca acabar. Es Aquiles y la tortuga, la flecha del viejo y noble Zenón de Elea que nunca llega a su destino. Pero así se suceden las mayores inconsecuencias, desde los “centroderechistas” y “centroizquierdistas” hasta esos que el eufemismo de una izquierda pervertida y farisea oculta tras el mote genérico de “progresistas”. Y no se mencione el término “liberal”, cuyas acepciones actuales, si se toma como punto de referencia la –supuestamente– inmaculada genética de los llamados red neck, podría agotar los pasos infinitos del pobre Aquiles por alcanzar a la tortuga, hasta hacerle perder el otro talón. En fin, una auténtica caja de sastre o, tal vez, de Pandora. Pareciera que a medida que más avanza la ratio instrumental, menor se hace la capacidad de pensar y, con ella, se acrecientan los más patéticos desbordamientos oscurantistas. Pero, con ello, la ideología de quienes, sustentados en el entendimiento abstracto y ahistórico, invocan el “centro” se pone al descubierto, sorprendida en sus continuas inclinaciones pendulares.

A veces, las comodidades que ofrecen las zonas de confort tienen sus riesgos, sobre todo en tiempos en los que las ideas y las definiciones no son, precisamente, lo que sustenta el curso del devenir político y social. El poco esfuerzo que siempre caracterizó al emperador Cómodo –el hijo y la peor vergüenza de Marco Aurelio–, quien habituaba representarse a sí mismo como “la fuente de la vida y de la religión”, terminó en tragedia. Fue envenenado y, medio muerto, ahorcado en la ducha por sus más cercanos colaboradores, todos ellos promotores del “centro” y “tendencialmente progresistas”. En suma, las cenizas de Aristóteles, autor de la concepción del justo medio, que le ha servido de soporte al sentido común y al entendimiento reflexivo para la consolidación de la ideología del “centro”, sin duda hierven como magma fundido en plena erupción. Y es que, como se sabe, fue el gran filósofo de Estagira quien definió la virtud moral como el punto medio entre dos extremos menos deseables. Así, justo en el medio, entre la cobardía y la impetuosidad, se encuentra la valentía. La conquista de la generosidad es el resultado de la conquista del justo medio entre el derroche y la mezquindad. La misma temperantia –o moderación– es el punto de apoyo arquimédico entre la insensibilidad y el libertinaje.

Pero será necesario advertir, a modo de conclusión del periplo reconstructivo de este proceso, que si bien Aristóteles habla del justo medio no lo hace como si se tratara de un tertium datur, es decir, como si no existieran dos puntos extremos que se confrontan recíprocamente, sino tres. Un tercer extremo, “natural”, frente a los términos opuestos, un punto de vista tibio frente a la derecha y a la izquierda. En una expresión, un tercer polo. La llegada al justo medio aristotélico es, más bien, la denuncia, como resultado, de que los términos polares o aparentemente antagónicos son en realidad idénticos, que la existencia del uno se encuentra determinada en sus fundamentos por la del otro, que son, efectivamente, otro del otro, o sea, sí mismos, y que, por ende, el justo medio no consiste en una suerte de temeroso ablandamiento respecto de los extremos, sino, más bien, y en última instancia, en la virtud, precisamente, en el valor de sorprender, des-velar y denunciar los supuestos –los estados de ficción duplicados y recíprocos– a partir de los cuales dichos términos se oponen y confrontan entre sí. Todo lo cual explica, por ejemplo, que la diferencia de fondo entre los bolcheviques y los fascistas no es más que una ilusión. Pero no menos ilusorio es el hacerse de la vista gorda y pronunciar, tímidamente, discursos “progresistas”, “humanistas” o de “centro”, que exhortan a evitar posibles derramamientos de sangre, sobre todo en países en los que durante décadas las calles se encuentran teñidas de rojo. Mejor que prosiga el festín de la tiranía. ¡Que nadie la irrite! Algún día se dignará a “dialogar” y llamará a elecciones limpias. ¡Hipócritas!

@jrherreraucv