“En tiempos recientes se ha proclamado con frecuencia el final del amor. Se piensa que hoy el amor perece, por la libertad de elección, por las numerosas opciones y la coacción de lo óptimo y que, en un mundo de posibilidades ilimitadas, no es posible el amor. También se denuncia el enfriamiento de la pasión. Eva Illouz, en su obra ¿Por qué duele el amor?, atribuye este comportamiento a la racionalización del amor y a la ampliación de la tecnología de la elección. Pero estas teorías sociológicas desconocen que hoy está en marcha algo que ataca al amor más que la libertad sin fin o las posibilidades ilimitadas. No solo el exceso de ofertas de otros conduce a la crisis del amor, sino la erosión del otro que tiene lugar en todos los ámbitos de la vida y va unida a un excesivo narcisismo de la propia mismidad. En realidad el hecho de que el otro desaparezca es un proceso dramático, pero se trata de un proceso que progresa sin que, por desgracia, muchos lo adviertan”. Byung-Chul Han

No es ocioso recordar a Loewenstein, cuando afirma que son el amor, la fe y el poder las motivaciones más intensas e influyentes en las definiciones del ser humano. Y nos permitiremos algunas reflexiones, pero apuntando al año que viene, sin perder la perspectiva del que termina, aunque será, espero, algo más que descripción y prospectiva.

Venimos intuyendo, advirtiendo, infiriendo una tendencia a mover de nuestro entendimiento y de nuestro conocimiento, los referentes sobre el amor y sobre la fe. Nuestra perspectiva los visualiza de una forma diferente a lo que venía siendo. El mutante humano no ceja en su empeño de ser distinto o de hacer de la vida algo diferente.

En realidad, el prisma individual irradia enteramente el escenario existencial, al extremo que los elementos propios de la comunidad aún básica palidecen. Ni siquiera la familia y en ese capítulo queremos ver esa derivación que mirábamos natural, una impulsión típicamente humana a construir un espacio de desarrollo del yo en el nos, resiste no la comparación que ya perdió, sino la mera consideración como episodio ínsito al quehacer personal y social. El ser humano está cada día más ensimismado y menos dispuesto a dar o recibir sin condicionamientos. El homo de hoy se asume libre en la autarquía de la que se reclama militante.

Esas constataciones a las que hacemos mención introducen en el sistema social, político, económico e institucional variaciones de un sorprendente alcance y no me estoy refiriendo al caso venezolano, que por muchas otras razones es atípico pero aún relativamente convencional. Estoy pensando en el paradigmático primer mundo que inevitablemente, por cierto, influye decisivamente en el resto de la humanidad en diferentes medidas, pero impajaritablemente.

Es bueno, además, decir que me refiero al horizonte eurocéntrico y occidental porque en otras latitudes, de forma que llama la atención, mediatizan la fe hasta convertirla en una suerte de vector del poder y desde luego el tema central que transversaliza la sociedad subordinándola y no siempre a la postre, para llevar a cabo otra cosa que anacrónicos ejercicios despóticos, nepóticos y arbitrarios del poder.

Lo cierto es que el islam ha perdido buena parte de su poesía y de su humanismo, para devenir en un sistema de controles totalizantes de los que se benefician sectores sociales y militares encadenando a lo que fue, al pasado histórico, a la cosmovisión de los otros, a los congéneres, negándoles un cielo para volar y manipulando completamente su personalidad, discriminando y segregando a los desafortunados que quieren tener una cabida distinta para su identidad. Coexistir no es posible en la diversidad, ni siquiera de la misma religión porque no solo se trata de Alá sino de los términos y parámetros de quienes lo adoran. El odio esconde más bien la rivalidad y por eso las guerras dejan de ser santas, si lo pudieran ser, para materializar más bien, un antagonismo inhumano y brutal.

El amor no tiene en el islam el talante libérrimo que exhibe en occidente aunque, paralelamente, sostiene la necesaria devoción hacia el instituto de la familia que sin embargo, también trama, urde, construye una dominación que desmerece a la mujer y privilegia al hombre. Por ello, dentro de la misma convicción obra la enajenación. Es un sistema que se niega a evolucionar y a permitirse criterios de humanidad, manipulando e instrumentando a la fe.

Occidente de su lado peca a mi juicio de un hiperindividualismo que, en una suerte de solipsismo, aparta de sí, en distintas graduaciones, al ente social que rechaza, pretendiéndose el todo y jamás parte de los demás. En sentido contrario, pues, la racionalidad legitima de tal manera al yo, que se queda y tal vez no necesite ni aspire más y tampoco al nosotros porque no quiere hacer concesiones ni de especificidad ni de comunidad. La identidad no tributa en otro cauce que el que distingue para separar y no para distinguir.

El Cristo tolerante, dadivoso, munificente, respetuoso deviene entonces como un accesorio. El creyente concede al Dios su origen y su trascendencia aun en la ecuación del libre albedrio, que no es otra cosa que la opción de ser o no capaz de amar al prójimo como a cada cual toca amarse a sí mismo. Ello supone respeto, alteridad, devoción por la humanidad, ética y moral en la casuística de la existencia. La libertad es entonces una conducta que releva del discernimiento, la autolimitación y la consciencia responsable.

El hombre de occidente se centra en sí y haciéndolo se segrega de lo demás. Deja a Dios en el camino porque no lo percibe útil en su cotidianidad y porque creer era un valor familiar, pero la familia ya es una opción a desestimar o acaso a vaciar de muchos de sus contenidos e imposiciones.

Amar será también modificado porque no se visita a ese teatro de la actuación vital para llevar, dar, exponer, sino para usar y desechar. La caridad que concreta el amor por los demás es una carga estúpida y prescindible. El otro no puede permitirse ningún ascendiente sobre el otro que se libera de él, concienzudamente.

El próximo año pondrá a prueba la humanidad que no se siente movida por el todo, porque cada parte es suficiente. El patético grito de alarma del planeta que se muere usado, desgastado, despellejado, desarticulado, descuartizado en su naturaleza no es oído en su estratégica significación. Los gobiernos limitan su escogencia a la sola elección y mentir no es un camino vedado sino aprovechado por el nuevo ciudadano desciudadanizado.

El mundo de ojos rasgados sonríe silente, pragmático, frio. Un mundo sin valores cristianos le viene bien porque solo ese mundo puede detenerlo. Lo demás se compra o se mediatiza, con el materialismo más accesible y con el amor que no sujeta porque el resultado en números negros es la auténtica y definitiva razón del porqué. Se sacrificará lo necesario a tal efecto aunque es Occidente el que desarma su espíritu.

En estas coordenadas nuestras, en el punto más septentrional del continente yace un país que no se permite cavilaciones distintas a la supervivencia y Schopenhauer sostenía que ese era la estimulación central del humano.

Venezuela se arrastra. Cedió sus hijos al mundo. Su amor, su familia, su ilusión se marchó o anda en eso. Aturdida y con la cara pegada al piso, entre piedras y arenas, oye al depredador ideológico, cínico e irresponsable destruir, arruinar, empobrecer a su gente, saquear, demoler, secarlo todo y se juega su vida al encarar la realidad que sigue al regreso de las fiestas, cuando los reyes magos más bien se lleven los últimos elementos de la Navidad y mire a los ojos la horrida verdad que puede comprometer definitivamente el amor a la patria como concepto y tesoro fundamental y su fe republicana. ¡O lucha y se lo juega todo y más, o se perderá como nación y como amor y fe!

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