Conocemos a ciencia cierta dos aspectos de Banksy, que es inglés y que mantiene su arte en la clandestinidad. Como artista callejero (¿o que camina con su público?) ha sido exitosísimo y admirado. De pronto celebra unos ratones cerca de la tour Eiffel o dibuja con una precisión inigualable a un conglomerado social perseguido y castigado por un gráfico. Artista auténtico e insobornable, no se ha dejado tentar por los mefistófeles de las casas de subasta, por eso tan de cuidado que son los coleccionistas ni por los emisarios de Wall Street que lanzan una moneda al aire para ver de qué lado terminan las apuestas. Desconoce las entrevistas y no concede pistas para llegar a su identidad. Algunos le aseguran un nombre y una dirección. Da lo mismo quienes conspiran desde las redes sociales. Banksy es solo lo que finalmente conocemos: un apellido de pila que él mismo se ha impuesto para desdecir a los cazadores de fortunas.

Uno de sus cuadros más famosos, que ha serializado en varias esquinas muestra a una niña que deja ir un globo en forma de corazón. En algún momento enmarcó a la infanta inocente y su bombita de aire, quizás la puso en manos de un tercero pero con la advertencia de que no podía llegar a los predios de los subastadores con martillo. En épocas en que existía la elegancia, la cultura y el buen gusto, quienes adquirían arte en los establecimientos internacionales se apersonaban el día de la venta. Ni decir que venían con las corbatas correctas y los zapatos de trenzas. Hoy a nadie le interesa exhibirse y despachan a terceros enloquecidos con un teléfono en las manos que no cesan de gritar y señalar montos grandilocuentes. Nuestro artista inconforme tomó sus previsiones en caso de que la niña llegara a ser disputada por los mercaderes del templo. Fabricó un dispositivo con una cuchilla y lo camufló en el cuadro con un mecanismo que podía accionarse desde afuera. Cuando el cuadro llegó al quimérico costo de 1,4 millones de dólares y se adjudicó al mejor postor en la reciente subasta de Sotheby’s en Londres alguien quizá en la sala (¿el autor mismo?) accionó el mecanismo con la cuchilla y el dibujo comenzó a descender en tiras en pleno acto de destrucción.

Hacía mucho tiempo que nadie nos sorprendía con un relato en vivo que otorgara tantas lecciones. El mismo artista posee una cuenta en Instagram que a pesar de parecer un resort de la felicidad, guarda algunas posibilidades de realización que los felices a tiempo completo no están en capacidad de advertir. Banksy muestra allí un video de cómo realizó paso a paso su guillotina del arte para ponerse a resguardo de los cotizadores. La frase con que acompañó el video que ilustra la fabricación de su artefacto la tomó de Picasso: “El impulso de destruir es también un impulso creativo”. Banksy ha vuelto a recordarnos que el propósito del arte no es el mercado sino convertirse en un instrumento de elevación y de exaltar los mejores valores de la humanidad.

Hace algunos años Mario Vargas Llosa increpó a la aldea global con su libro La civilización del espectáculo en el que exhibía como muestra la mercantilización de obras como las de Chris Ofili sobre bases de caca solidificada de elefante o las del artista Damian Hirst con un tiburón preservado en formol valorado en millones de libras esterlinas. Banksy es más lúcido de lo que podría pensarse. No solo sus obras son una denuncia hacia un mundo en permanente descomposición sino que el artista ha mantenido su ética intacta a salvo de los que concluyen que el arte es una manera entretenida de fluctuar el dinero, un refugio para esos que tienen prisa y sufren taquicardia y se hacen llamar inversionistas. Si alguna inversión ha realizado Banksy con este ritual pedagógico es recordarnos que el arte debe ponerse a salvo de quienes no buscan más que desprestigiarlo y hasta volverlo apenas una cifra. Al contrario de lo que pueda concluirse, su destrucción ha sido eminentemente creadora.