Nunca he sido muy partícipe de lo que llaman ideología de género. Las ideologías, como deberíamos saber ya a estas alturas, son las diferentes valoraciones o interpretaciones de los hechos que llevan a cabo los diversos grupos sociales desde sus respectivas trincheras. Pero son más que eso: son las intenciones de universalizar e imponer unos conceptos y un lenguaje al resto de la sociedad. Por ello me cuesta mucho participar de la ideología que profesa el colectivo LGTB. Sin embargo, eso no nos da derecho, ni por asomo, a perseguir tal ideología. Recordemos que una concepción de la política es la de gestionar los intereses opuestos de los diferentes grupos que hacen vida en sociedad (económicos, generacionales, étnicos, sexuales, etc.), no la de combatirlos a sangre y fuego, como podría desprenderse de la concepción guerrerista que se desprende del marxismo.

De ahí que la persecución a la que se ha visto sometida la comunidad homosexual cubana desde el principio de esa fraudulenta revolución que se ha llevado a cabo en la isla caribeña debería provocar arcadas a todo ser medianamente pensante. El caso de Reinaldo Arenas, como todos sabemos, es emblemático. Este sufrió una persecución implacable por su abierta homosexualidad. A pesar de haber combatido la dictadura de Fulgencio Batista y ser un simpatizante de la Revolución cubana en sus comienzos, fue encarcelado por ello en condiciones sumamente duras y obligado incluso –bajo torturas que le aplicaron los esbirros del régimen– a renegar de su condición; algo que no pudo perdonarse nunca y que lo llevó a quitarse la vida. Antes envió una carta de despedida a la prensa y a sus amigos más cercanos donde culpaba a Fidel Castro de todos los sufrimientos que había padecido; algo que se le hizo insoportable incluso en el exilio al cual pudo escapar cambiando su nombre y distrayendo al férreo control castrista. Allí escribió su autobiografía Antes de que anochezca, atormentado también por sus mismos compatriotas que vivían en Estados Unidos

Decía Hayek que la libertad es la falta de coacción arbitraria. Estos regímenes que se han implantado tanto en Cuba como en Venezuela son en ese sentido sumamente arbitrarios y coercitivos. Si un día, por ejemplo, se les ocurre que no debe haber propiedad privada, se expropia todo lo que huela a eso; pero si el día siguiente la cosa no les viene bien,no solo se acepta el negocio por cuenta propia sino que se impulsa, tal como está sucediendo actualmente en Cuba.

Pero volviendo al asunto que nos ocupa, el día 11 de este mes ha habido una manifestación de la comunidad independiente LGTB en La Habana, la cual ha sido reprimida con saña por el régimen por no estar encuadrada dentro de las directrices del Centro Nacional de Educación Sexual, Cenesex, que dirige la hija de Raúl Castro, la sexóloga Mariela Castro, supuesta defensora de los derechos a la diversidad sexual, quien consideró que en los actuales momentos en que los gobiernos de Cuba y Venezuela están siendo cuestionados por la comunidad internacional, el régimen cubano no podía permitir esa marcha. Una actitud que ha sido denunciada por la hija de Pablo Milanés e incluso por el mismo Silvio Rodríguez.

Sin embargo, la izquierda mundial y los mismos colectivos LGTB de países como España, donde son tan fuertes, han preferido mirar para otro lado, consentir  y alcahuetear el hecho como tantas cosas que suceden en la isla producto de la arbitraria tiranía castrista. Tiranía que ha terminado convirtiéndose en una verdadera vergüenza para toda América Latina, solo admirada por militares desfasados y anacrónicos como el que nos trajo hasta aquí.