Creo en una Venezuela hermosa protegida por el padre Dios todopoderoso, cuyo bravo pueblo enfrenta estoicamente una de sus más feroces tiranías. Creo en Juan Gerardo Antonio Guaidó Márquez, quien tenía 15 años cuando se inició la dictadura de Chávez y hoy, a los 35, emerge como líder y presidente interino para iniciar el cese de usurpación, periodo de transición y elecciones libres.

Creo en la inmortalidad del alma de cada joven que en estos veinte años perdieron la vida al defender la democracia de una Venezuela que no conocieron. Creo en los sueños bonitos de Óscar Pérez y sus amigos, quienes no fueron asesinados en vano ya que sus muertes reivindicarán los derechos humanos.

Creo en la libertad de Leopoldo López, de Iván Simonovis y de tantos valientes e injustificados presos políticos. Creo también en el trabajo honesto de cada venezolano que abandonó familia y tierra para ayudar a sus seres queridos. Hijos de Dios, luz de luz, nacidos del Padre antes de todos los siglos.

Creo en el Salto Ángel, la cascada de agua más alta del mundo en el sufrido estado Bolívar, cuna de valientes indígenas pemones quienes murieron intentando ingresar a Venezuela la ayuda humanitaria.

Creo en los médanos de Coro, en el estado Falcón, donde los sueños de libertad se deslizan confiados sobre cálidas arenas de espejismos tricolores. Creo en la ciudad de Mérida, que no solo es de caballeros y techos rojos, es de valientes gochos quienes luchan por ser felices.

Creo en Maracaibo, capital del estado Zulia, cuyos mártires padecen la crueldad recrecida de un gobierno que pretende destruir y pisotear la dignidad de todo un pueblo.

Creo en cada uno de los venezolanos nacidos o no en esta bendita tierra, quienes se unieron en las protestas de millones de soñadores y quienes, por obra del espíritu democrático, enarbolaron quimeras libertarias abanderadas en una sola voz.

Creo en la maestría musical de Teresa Carreño, en la Onda Nueva de Aldemaro Romero, en el Sistema Nacional de Orquestas del maestro José Antonio Abreu, en las tonadas de Simón Díaz, en la letra que Nacho y Franco de Vita colocaron a la canción “Valiente” y en las indignadas improvisaciones libertarias de la compositora y pianista Gabriela Montero.

Creo en la mirada acechadora con la que Arturo Michelena dibujó a Miranda en La Carraca, en la locura de la luz de Armando Reverón, en la Esfera Caracas de Jesús Soto, cuyas varillas de aluminio, retadoras y llamativas, cuelgan en la autopista Francisco Fajardo. Creo en Carlos Cruz-Diez, quien con su magia cinética dibujada en el piso del aeropuerto de Maiquetía despide y recibe historias de vidas y, por supuesto, creo en el majestuoso Ávila que Manuel Cabré tatuó con tinta de sangre sobre el corazón de tanto venezolano.  

Creo, además, en Simón Rodríguez y en Andrés Bello como ejemplo para grandes maestros. En la Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, en las Casas muertas de Miguel Otero Silva, en Las lanzas coloradas de Arturo Uslar Pietri, en la sapiencia de Ramos Sucre, en los angelitos negros de Andrés Eloy Blanco y en las tristezas de Rafael Cadenas.

Creo también en el doctor José María Vargas, en los milagros de José Gregorio Hernández canonizado por nuestra fe, en Luis Razetti, en Jacinto Convit, en el juramento hipocrático y en los estudiantes de Medicina, quienes con lágrimas en los ojos revelan la verdad de un país que está en terapia intensiva.

Creo en un solo Dios, el mismo para todas las religiones aunque lo llamen por diferentes nombres y por encima de todo, creo en mi país, cuyos sueños de democracia se dibujan eternamente en los trazos críticos de Pedro León Zapata, en la inmortal voz de Cayito Aponte, en los cuentos de Óscar Yanes y en el magnífico credo de Aquiles Nazoa.

Por último, y esto lo sentimos todos los venezolanos, creo que la tiranía está llegando a su fin en mi amada Venezuela. Rezo por la paz de un país libre, por el retorno de la familia y de los amigos y por jamás volver a perder la democracia del mundo futuro.

                                                       Amén.

Twitter: @jortegac15