Intentar escribir sobre la cotidianidad venezolana siempre es un ejercicio de concentración que difícilmente se puede describir con precisión ni exactitud. Igual se hace complicado comentar o explicar la situación a quienes no viven en el país o tienen a sus afectos allá.

Intentar escribir sobre la cotidianidad  de un país que dejó de ser un experimento de fórmula cubana para convertirse en la muestra de lo que puede llegar a ser capaz la maldad humana es todo un reto, sobre todo cuando te preguntan cuál es la realidad de una nación que ya vive en la cotidianidad del caos.

La resignación ante lo anormal no es síntoma de derrota ni de pesimismo, sino más bien del sentido práctico de la supervivencia humana y social. Sobre todo en un país donde la regla constante es que no existen reglas, ni permanentes ni perennes en el tiempo.

La realidad que se ve reflejada en las diferentes plataformas de comunicación de las redes sociales o la realidad que vive el ciudadano en Venezuela cada día son señales de cuánto se puede adaptar a lo anormal una sociedad.

Recibo por mensajería un video donde aparecen un grupo de personas bañándose en las orillas del contaminado rio turbio, justo debajo del puente Las Damas de la avenida Ribereña, ya en el municipio Palavecino del estado Lara, esa especie de frontera invisible que existe entre Barquisimeto y Cabudare.

Están allí divirtiéndose, pasándola bien, compartiendo un sancocho. De fondo se escucha un raspacanilla de esos típicos, mientras las palabras de uno de ellos aún retumban en mi conciencia: “Pa’ vacilá. Todo bien, usted sabe que uno, el venezolano, con cualquier bochinche se la embenta”. La respuesta del entrevistado a la pregunta de la reportera sobre su opinión del agua contaminada se pudiera tomar como ingenua. Pero esconde la ceguera necesaria para justificar la acción: “¿Cuál agua? Bueno, no me he bañado todavía”.

A pocos kilómetros de ese puente se encuentra la sede del Country Club de Barquisimeto, pero antes hay que pasar por al lado de un prestigioso hotel que antiguamente era propiedad de la cadena Hilton.

En estos tres lugares tan cercanos entre sí hay quienes están como dice el entrevistado a las orillas del contaminado rio turbio: “Con cualquier bochinche uno se la embenta”. Quizás la música no es raspacanillas, pero el ambiente es el mismo.

En estos días cuando se unieron las vacaciones de Navidad, Carnaval, los cortes eléctricos y la Semana Santa, y ante la pregunta de la reportera sobre su opinión del agua contaminada, y ante la pregunta de la reportera sobre su opinión del agua contaminada, ¿cuántas veces tocó embentárselas?

¿Cómo hace un país entero para adaptarse, para seguir adelante, para levantarse cada día con ánimo y dispuesto a sobrevivir al holocausto tropical provocado por la dictadura aplicado con certeza por la tiranía chavista en pleno siglo XXI?

La única manera posible, más allá de la resignación, es entender que el caos se ha vuelto cotidiano por lo tanto dentro de esa cotidianidad la sociedad intenta mantenerse a flote y le sucede no solo a los que aún permanecen en el país sino a todo el que ha decidido salir al exilio.

Es un país atípico, todo se controla con la necesaria adecuación a la cotidianidad del caos hasta que la resignación, la desesperanza y la derrota permitan, más que adaptarse, conseguir el camino para entender que el caos no es normal y se logre por fin acabar con lo que nos obliga a aceptar que eso que vemos como algo cotidiano no lo es.