John R. Schafer es un agente especial retirado del FBI que actualmente trabaja como profesor asistente en Western Illinois University. Se desempeñó como analista de comportamiento asignado al Programa de Análisis de Conducta de Seguridad Nacional del FBI.

Schafer obtuvo su Ph.D. en psicología en la Fielding Graduate University, ubicada en Santa Barbara, California, y ha publicado numerosos artículos sobre una amplia gama de temas que incluyen la psicopatología del odio, la ética en la aplicación de la ley, la detección del engaño y los principios universales del comportamiento delictivo.

Hace poco escribió un artículo titulado “La psicopatología de la corrupción” (The psychopathology of corruptionwww.psychologytoday.com, 2 de agosto de 2018), en el que sostiene la tesis de que la corrupción sirve como una “máscara de poder” que permite esconder las inseguridades personales.

La tesis de Schafer es que las personas corruptas, y las que son susceptibles a la corrupción, no son personas felices y la corrupción sirve como un medio para obtener la felicidad a través del poder.

Explica Schafer, que el poder coloca a una persona, o grupo de personas, sobre otra persona o grupo, creando una ilusión de felicidad a través del control. Las personas o grupos corruptos a menudo recurren a tácticas ilegales u opresivas para obtener poder o conservarlo. Si bien se “proporcionan” felicidad, resulta poco probable que un lector acepte que un gobierno despótico pueda traerle además, felicidad a sus ciudadanos. La corrupción solo enmascara las inseguridades: cuando la máscara se quita, las inseguridades personales emergen. Por lo tanto, la persona o grupo corrupto tiene que mantener y aumentar su control sobre el poder a fin de preservar su ilusión de felicidad.

Afirma Schafer, que la gente no se despierta una mañana y decide repentinamente volverse corrupta. La corrupción es un proceso que cocina lentamente a sus sujetos: comienza con las semillas del descontento, la infelicidad y la necesidad de reconocimiento. La necesidad de reconocimiento es una poderosa necesidad psicológica. De hecho, es uno de los ladrillos de la famosa Pirámide de Maslow o jerarquía de las necesidades humanas (Abraham Maslow, 1943, “A theory of human motivation”, Psychological Review, 50, 370-396).

El resentimiento se fermenta con el tiempo hasta que se alcanza el punto de inflexión cuando las personas infelices se sienten impelidas a tomar medidas para ser felices y la corrupción les proporciona la ilusión de la felicidad. Ser miembro de un grupo corrupto proporciona el ansiado reconocimiento personal por parte de otros miembros del grupo. Los grupos corruptos también proporcionan justificación para actividades ilegales.

A partir de una definición de corrupción en el sector público, la organización no gubernamental Transparencia Internacional publica desde 1995 un Índice de Percepción de la Corrupción (CPI por sus siglas en inglés), que la mide en una escala de cero (percepción de sector público muy corrupto) a cien (percepción de total ausencia de corrupción en el sector público). Tales extremos en puntuación ubican el punto medio en 50 sobre 100. La definición de corrupción en el sector público es “el abuso del poder encomendado para beneficio personal”.

Hugo Chávez asumió el poder en 1999 y finalizado el año 2000, el CPI de Venezuela ubicaba la corrupción del sector público venezolano en 27 sobre 100. Corrido el año 2017, el tránsito de Venezuela hacia un sector público mucho más corrupto quedó evidenciado con la cifra de 18 sobre 100, lo que la ubicó en el puesto 12 en corrupción percibida de su sector público, ello en una lista de 180 países. En palabras más llanas: Venezuela está actualmente entre los 12 países más corruptos del mundo.

Así, la corrupción en Venezuela, en constante aumento a lo largo de los últimos 19 años, evidencia entre otras cosas la ilusión de felicidad en la que vive el “hombre nuevo socialista”, al escoger el camino de abusar del poder encomendado para satisfacer su necesidad de reconocimiento.

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