Debe ser tal el desespero de Maduro y sus cómplices, poderes sumisos y gorilas, que han decidido responder a las muy fundamentadas críticas a sus violaciones de la Constitución y los derechos ciudadanos con la más gigantesca y disparatada medida, que las supera en todo sentido: una constituyente hecha a la manera de Mussolini y que viola los mínimos mecanismos constitucionales, hasta los que el Eterno utilizó en el 99 para entronizar la actual Constitución. Para llevar a cabo la hazaña reunió la más insólita comisión de ineptos que el chavismo haya logrado en su larga marcha en la ignorancia cabal. A la cual se sumó hoy que escribo la estelar Tibisay. Tal es el esperpento que ha sido violentamente rechazado por todo ser pensante y no vale la pena seguir debatiendo sobre su coherencia y legitimidad. Es un inmenso rebuzno incompatible con los actos de la razón.

Pero sí, hay que combatirlo en los hechos y develar la función que ese movimiento estentóreo y final juega en el desespero de Maduro por prolongar un poder resquebrajado. Esto último ya se ha hecho con agudeza: se trata de evitar unas elecciones que el país entero y el mundo le están pidiendo a gritos ensordecedores y que le serían fatales; utilizar, pues, la tal constituyente para ganar oxígeno temporal para sus ahuecados pulmones, dado que un evento tan aparatoso puede durar y durar y volver a durar. Le sirve entonces de sustituto al pedido de elecciones, alguna habrá en ese largo camino, y en este caso pervertidas de tal manera, corporativa, que imaginará que los miserables guarismos que le dan las encuestas pudieran convertirse en copiosos votos fraudulentos. Y, ¡sorpresa!, también debe ser para todos los auditorios, nacionales y extranjeros, un sustituto del diálogo perdido, un diálogo de todos los venezolanos; así han comenzado a manejarlo los “ilustrados” comisionados. El camino de la paz verdadera, en manos del propio soberano originario.

Aun siendo solo eso, una trampa inviable más, que se enredará en sus propias contradicciones, hay que tratar de cerrarle el paso rápido para que verdaderamente el pueblo hable con su voto y pongamos cese pronto al despotismo. Pero no hay que descartar que este, lejos de un ardid postrero, sea el auténtico camino sin retorno hacia el infierno, a la definitiva destrucción de la democracia y la entronización de la miseria, a la manera del viejo estalinismo, y que lleve a la aniquilación de cualquier forma de resistencia por un largo período histórico. Esto obliga a poner hoy, ahora, todas las barreras posibles a ese delirio de este gobierno que ya solo cree realmente en la violencia y la ejerce con creciente energía, como lo demuestran en nuestras calles tropas y sicarios contra un pueblo que ha decido repelerla.

La violencia ha pasado a ser nuestro problema cotidiano, la ajena que combatimos y la nuestra que hemos de cuidar. A esa, quiero referirme. La otra sigue la pulsión de la bestia cruel y malherida. Mata jóvenes estudiantes indefensos. Y tortura y encarcela al disidente. La nuestra que enfrenta el desafío no puede ser sino una obsesión por reponer la paz; un gesto extremo y generoso por entroncar con inteligencia la pulsión por la vida, que lleve a la salud propia y de los otros; que sabe que el coraje en cuanto tal puede utilizarse también para lo más torvo y vil y que el temerario puede ser tan funesto como el pusilánime. Esa conciencia ética es la que debe distinguirnos del matón a sueldo o el soldado embriagado de odio inculcado o el delincuente que lucha por su botín y su pellejo. Ella está del lado del sacrificio y, en el límite, el héroe es aquel que puede mostrar el absoluto desinterés de sus entregas.

Lo dicho tan breve y esquemáticamente nos debe acompañar, sobre todo ahora, diría, en que parece que crecientemente, cada día, vencemos nuestros miedos ante un poder sin moral y sin mesura. Ese miedo que renacerá el día siguiente y habrá que volver a derrotar. Por una victoria que nunca tendrá nombre propio, otro dueño que los ciudadanos que creen en la libertad.


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