Productores, directores, reporteros y opinantes debemos hacer taima, reflexionar y decidir si toca modificar los enfoques por un tiempito, postergar nuestra costumbre del obligante tubazo capaz de adelantar como sea noticias no confirmadas y las en pleno proceso que por motivos tácticos de mediano alcance todavía no conviene difundir.

El tubazo vale con todo y sus vicios cuando funciona el Estado de Derecho democrático y los negocios de la información son competitivos, gozan de buena salud. En este complejo, preciso delicado momento cuando en el “border line” se juega el futuro de Venezuela y conlleva el de toda la zona hemisférica, detalles difundidos sin filtro ni control pueden resultar nefastos. Ni siquiera para calmar a la sufriente y agónica sociedad venezolana, ya bajo una oscurana casi total, conviene revelar a priori verdades obtenidas por el serio periodismo académico investigador y mucho menos por los servicios de contrainteligencia opositora.

Una cosa es el suceso clave diario cuando sí es necesario exigir al presidente Guaidó y su equipo suma claridad al informar sobre gestiones diplomáticas para lograr el cese de la usurpación, y otra muy distinta presionar a gobiernos y representantes de la legítima disidencia interna y exterior para que ofrezcan un show de primicias con cada minucia secreta de cuyos logros casi depende del todo el éxito de un plan bien organizado y cuyo elemento nuclear es la sorpresa.

Estudiemos a los totalitarios rusos y algunos chinos, antiguos y modernos, cómo en silencio se espía, interfiere, usurpa, negocia, interviene países y sistemas para acabar con la libertad mientras predican por diálogos, acuerdos y sobre todo por mucha paz. Apliquemos, pues, por emergencia una cuidada, provisional autocensura imprescindible si se quiere ganar esta difícil batalla. Aprendamos del Watergate cómo el The Washington Post, goteando sin prisa pero sin pausa, dosificando los aportes de sus fuentes, condujo a salvar la crisis institucional democrática de su país. Después de múltiples dificultades y consultas, decidió y aplicó el momento exacto de difundir pruebas verdaderas que les otorgó “Garganta Profunda”. Los resistentes organismos judiciales y el Senado completaron el caso con todas las de ley. 34 años más tarde se supo que el famoso informante pertenecía al FBI.

El periodismo veraz y fidedigno, libre o sometido, aprende y sorprende, con sentido común, sin tregua ni concesión.

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