Chávez cabalgó cómodamente durante doce años a lomos del pueblo venezolano prevalido de su carisma y de los inmensos recursos financieros que le proporcionó el boom petrolero de los primeros años del presente siglo. En esa cabalgata hizo alardes de su absoluta confianza en el pueblo venezolano. Sostenía, una y otra vez, que no había por qué temer al soberano y que había que consultarle siempre sobre todo asunto de importancia. Sustentaba esa posición porque confiaba en su liderazgo y porque sabía que contaba con el apoyo mayoritario del pueblo. Cruzó así ríos relativamente tranquilos, sin necesidad de cambiar su montura. La muerte le impidió probar su cabalgadura en las aguas turbulentas de los últimos años, cuando los precios del petróleo se deslizaron ladera abajo enturbiando y agitando las corrientes del río.

Su escudero Maduro, Sancho Panza de la revolución bolivariana, que no es tan buen jinete ni tiene tan buen caballo, no puede decir hoy lo mismo en relación con el protagonismo del pueblo soberano. Lo hizo una vez, el 6 de diciembre del 2015 y perdió. Desde entonces decidió no confiar más en el pueblo y anular el resultado de aquella expresión de voluntad mediante decisiones fraudulentas de la corte (in)constitucional del TSJ. Suprimió también el referendo revocatorio del mandato presidencial previsto en la Constitución y pospuso las elecciones de gobernadores. Para rematar su faena, convocó directamente, violando el espíritu y la letra de la Constitución, una asamblea nacional constituyente para cercenar definitivamente las facultades de la Asamblea Nacional, eliminar o diferir indefinidamente los procesos electorales pendientes y colocar por tiempo indefinido todo el poder del Estado en manos del cogollo militar-civil dirigido desde La Habana. Todo ello con la complicidad de unos 540 personajes salidos de los recovecos creados en diversas instancias con los recursos sustraídos a la salud, la alimentación, la seguridad y la esperanza de los venezolanos.

Fue una gran suerte para el Comandante Eterno, y una gran desilusión para quienes lo adversamos siempre, que su muerte sucediera antes del desastre que sabíamos sobrevendría como resultado de su caprichosa, exclusiva y personal gestión. Ese fallecimiento nos impidió ver el desempeño del galáctico en las actuales circunstancias y calibrar debidamente el desempeño del jinete y su montura, privados ya de las inmejorables condiciones que tuvieron siempre.

Habría sido deseable que Chávez viviera más tiempo y llegara a nuestros días con su bagaje de supuestas grandezas, pero su buena suerte lo acompañó hasta el final. Tal eventualidad nos hubiera permitido comprobar si su megalomanía palmaria, su autoritarismo ingénito y su desmedida ambición de poder podrían sobreponerse a la disminución de los ingentes recursos financieros que manejó a discreción, y si su proclamado respeto a la soberanía popular sobreviviría a la pérdida de su popularidad. En definitiva, si su comportamiento en las actuales circunstancias estaba a la altura del culto que en su nombre han levantado los albaceas de su gestión.

¿Alguien se imagina hoy a un Chávez sometiéndose a un referendo revocatorio, perdiéndolo, y entregándole la banda tricolor a un dirigente opositor? ¿O lo ven aceptando tranquilamente la pérdida de las gobernaciones en unas elecciones similares a las del 6D de 2015? No, no es posible imaginar tal cosa, porque eso sería creer ingenuamente que Chávez benefició al país con un sistema político más democrático y mejor que el anterior y no que lo desgració con un régimen que se identifica totalmente con el modelo totalitario, militarista y personalista del castro-comunismo cubano.


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