La mirada del historiador sobre los sucesos de la actualidad no puede ser auspiciosa, si su oficio lo obliga a aferrarse a la memoria. El entendimiento del tiempo que padecemos no conduce a pronósticos alentadores, si busca en el pasado motivos que lo inviten al entusiasmo. En el pasado que refiere conductas de la sociedad frente a las tiranías de turno es poco lo positivo que se puede encontrar, no abundan ejemplos que puedan servir de aliciente para que enfrentemos los retos de la actualidad. Queda la seguridad de que la historia no se repite y de que, por lo tanto, podemos dar la sorpresa como pueblo y terminemos propinándole entre todos una patada olímpica a Maduro, pero del modelo de los antecedentes es poco lo que podemos aprovechar como mecha para la candela.

Criticar a la sociedad porque se mantuvo quieta e indiferente durante el gomecismo quizá no sea adecuado, porque cualquier movimiento refractario conducía entonces a pavorosos encierros, a la tortura y a la muerte. La seguridad de la represión, la ausencia de partidos políticos y de organizaciones de talante moderno que propusieran una renovación en forma convincente, evitan que se cargue la mano contra la pasividad proverbial que caracterizó  entonces a los antecesores ante una de las tiranías más abominables de América. Algunos centenares de figuras dieron la cara por lo poco de republicanismo que venía del siglo anterior, pero las mayorías fueron borregos. Explicables, capaces de merecer la benevolencia de la posteridad por los horrores a los que estuvieron expuestos, pero borregos paradigmáticos. De esa actitud ovejuna se transita a la pasividad posterior, que es evidente cuando sucede el derrocamiento del presidente Rómulo Gallegos.

En el caso de la indiferencia ante el golpe militar contra el presidente Gallegos no se puede manejar la justificación del miedo provocado por la crueldad en el pasado reciente, porque los escarmientos provenientes de las alturas se habían suavizado de manera considerable. Tampoco se puede acudir al argumento de la falta de organización y de ideas políticas, pues bastante de ellas se aclimató durante el posgomecismo para llegar a su apogeo en el trienio adeco. De allí las movilizaciones masivas que forman parte de la cotidianidad a partir de 1945, motivadas por un adoctrinamiento insistente y heterogéneo, y la aclamación popular de don Rómulo en una elección que lo favoreció con creces en medio del fervor de las multitudes. Pero el gozo se fue al foso en breve, como se sabe. Gallegos fue echado del gobierno por una militarada, sin que el pueblo se tomara la molestia de defender a quien adoró en la víspera. Venezuela hizo mutis por el foro, mientras el venerado maestro marchaba al exilio junto con sus colaboradores en un itinerario que no solo fue doloroso por lo que significó como retroceso histórico, sino especialmente por la indiferencia popular ante una monstruosidad gigantesca.

Se nos ha querido lavar la reputación con la leyenda del alzamiento popular de 1958 contra la dictadura de Pérez Jiménez, pero tal fenómeno solo es producto de la imaginación. La caída de Tarugo fue obra de una agrupación de militares y de un elenco contado de dirigentes políticos, sin que la sociedad estuviera involucrada. Los compromisos colectivos, más renuentes que enfáticos, fueron cuestión del mes anterior al golpe, llevados a cabo en especial por los estudiantes. El pueblo se echó a la calle para cobrar la factura del heroísmo y del sacrificio por la democracia cuando el mandado ya lo habían hecho unos pocos. También la gente se animó a manifestar en la calle después de la muerte de Gómez, pero nadie puede discutir que la terminación de su tiranía no se debió a la resistencia popular sino a la decrepitud del dictador. En 1958 no fue asunto de que Marcos Evangelista padeciera de la próstata, sino del coraje de un grupo de ciudadanos.

Lo que Venezuela haga contra la usurpación de Maduro, contra una dictadura sin parangón en nuestra historia, aunque se parece al gomecismo, no puede encontrar en el pasado hechos que le sirvan de modelo, fuentes de las cuales beber. No le puede pedir a la sociedad de ayer lo que no le puede dar, pero debe mirarla con ojos apacibles para llevar a cabo la hazaña de ser distinta, el desafío de convertir en realidad lo que ella no quiso ni supo hacer.

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