Rufo Antonio Chacón “ya no quiere vivir”, así lo reveló su progenitora Adriana Parada. Rufo es un muchacho de 16 años al que la narcotiranía dejó ciego. Los matones de Maduro, siguiendo al pie de la letra las órdenes implícitas en las arengas de Chávez cuando gritaba muy ufano “échenle gas del bueno a los estudiantes” y ahora las de Maduro, exaltando a sus huestes armadas para que salgan a defender la «revolución” con lo que sea.

Es la carroza de la muerte rodando de pueblo en pueblo, acosando, persiguiendo, hostigando, apresando y torturando hasta matar a los que se atreven a reclamar comida o simplemente gas doméstico, que era lo que hacía Rufo, junto a su madre, en un sector de la población tachirense de Táriba. 

La Sayona de Maduro está suelta, la soltaron en plena visita de la señora Bachelet, para confirmar que se puede suspender todo, como la entrega de medicinas a los hospitales, pero torturar y matar no. Porque esa es la columna que sostiene lo que queda del proceso. La depresión es la herramienta más efectiva para mantener en pie la narcotiranía.

Mientras la alta comisionada de los Derechos Humanos calentaba la silla de visitantes del Palacio de Miraflores, usurpado por Maduro, este, tras bastidores, ordenaba salir a cazar a militares y civiles quejosos por sus desmanes. Así dieron con el paradero del capitán Rafael Acosta Arévalo, al que secuestraron y maltrataron salvajemente hasta segarle la vida. Sus últimas palabras fueron para suplicar auxilio, ese socorro que nunca recibió porque los cómplices de la narcotiranía no tienen moral, ética ni sensibilidad, menos misericordia.

Esos procedimientos forman parte del patrón de conducta de este régimen. Así operaba Chávez y Maduro no se queda atrás, en eso lo ha aventajado. Los militares disidentes no están seguros, el que se atreva a alzar su voz y sea escuchado por cualquiera de los sapos cubanos que los vigilan en los cuarteles será ejecutado. Otra mejor suerte corren los narcos como Jesús Santrich, seguramente cobijado en una de esas haciendas habilitadas para albergar con honores a esa caterva de traficantes de drogas y terroristas que forman parte de la alianza diabólica con Maduro.

Mientras tanto el holocausto gana terreno destruyendo la economía nacional, profundizando la catástrofe humanitaria y acrecentando el masivo éxodo de mujeres y hombres de todos los sectores y edades del país, Venezuela, que dejan atrás sus pasos inciertos.

En medio de ese oscuro panorama, Maduro y sus asesores cubanos siguen insistiendo con otro diálogo en Noruega y Barbados. Esa es una tabla de salvación. Es un ardid para ganar tiempo, los días que sean, no importa, cualquier semana o mes que se aproveche en esa idea es ganancia. Por eso es momento de que Juan Guaidó cierre ese capítulo, pase la página y pise el acelerador para correr por la vía del artículo 233, asumiendo plenamente su condición de presidente interino, consolidando su gobierno de transición, mientras se le pone cese a la usurpación madurista. Después se organizarán las elecciones libres y soberanas para darnos un gobierno absolutamente legítimo y luego se inicia, definitivamente, la reconstrucción de Venezuela.