A mi longeva edad y cansado de ser maleteado por todas las damas que he amado, decidí dedicar mi amor a mí mismo y descubrí que he perdido demasiado tiempo amando mujeres que no me supieron valorar.

Un día, mientras me afeitaba, me di cuenta de todo:

—¡Dios! ¡Pero qué bello soy! –dije con sinceridad y asombro al detallar el reflejo de mi imagen en el espejo.

Por horas, casi en estado hipnótico, estuve mirando y admirándome. Al principio pensé que tenía mi cabeza un poco grande, pero inmediatamente llegué a la conclusión de que mi cabezota al igual que el enorme tamaño de mis pies, son pruebas irrefutables de que el ser humano está evolucionando hacia una raza superior cuyo primer ejemplar, evidentemente, soy yo.

Con asesoría de la elegante Titina Penzini y con la colaboración de la periodista Milagros Socorro, llené de espejos techos, paredes y ventanas de mi casa para así tener el gran placer de admirarme y disfrutarme.

En hermosos frascos grabados con trazos perfectos que duplican con esmero facciones de mi rostro, guardo gotas de mi sudor para utilizarlos como perfume. Sólo deseo oler a mí.

Un día, me armé de valor y me hice una invitación a una cita romántica. Estaba nervioso porque sería la primera vez que intentaría montar cacho conmigo mismo. Confieso que sentí temor ante la idea de rechazarme, pero me atreví y me hice la propuesta. Cuál no sería mi sorpresa cuando acepté tan halagadora idea viniendo de quien provenía ¡No lo podía creer! ¡Me había invitado a mí mismo y acepté!

Sin pérdida de tiempo y para conmemorar tan solemne ocasión, contacté a mi amigo Giovanni Scutaro, el reconocido diseñador de modas. Le pedí que me hiciera a la medida, una elegante braga negra de mecánico con su firma bordada en amarillo pollito sobre el bolsillo izquierdo superior.  

 Luego, vía celular, hice una reservación en el restaurante El Tizón.  Andrés Guevara, propietario de tan exquisito establecimiento, me deleitó con una elegante cena de gala para dos, dada la elevada calidad de sus comensales, o sea, yo y yo.

 Disfruté la exótica comida peruana y mexicana no sólo por los deliciosos platos preparados por las manos expertas de Vanessa, sino por mi amena y perfecta compañía cuya conversación resultó por demás agradable e interesante.

Al principio, me senté conmigo mismo en la fabulosa barra de El Tizón en donde, el mejor barman de Caracas, el gran Héctor Terán, me dio la bienvenida y con orgullo yo mismo le presenté a mí otro yo.

—Héctor –dije con voz varonil para impresionarme– prepara dos Margaritas especiales, por favor.

Él, extrañado, preguntó:

—¿Dos? Pero…

—¡Sí! Dos. Una para mí y otra para él, que soy yo –dije señalándome con orgullo y mirándome con picardía.

—Ahhh… entiendo. Ok –respondió algo confundido mi buen amigo.

 Como siempre, Héctor preparó con pericia y a la perfección dos deliciosas Margaritas. Después, Carlos Monterola, un apuesto y emprendedor mesonero que elabora picantes exóticos y mermeladas naturales, nos condujo hacia una mesa y nos trajo el menú. Allí, él, que soy yo, y yo, estuvimos hablando sobre mí hasta muy tarde. La velada resultó realmente inolvidable. A lo lejos, con marcada envidia y ojos puyúos, Andrés Guevara no dejaba de mirarnos y no nos interrumpió al darse cuenta de la intensidad del momento romántico que yo vivía conmigo mismo.

Desde ese día quedé tan enamorado de mí, que a diario me llamo, me persigo y me acoso… creo que estoy obsesionado. Soy insistente y eso me halaga, pero también me atemoriza un poco.

Recientemente me provocó enviarme un ramo de flores porque me pareció un detalle romántico. Así que, sin escatimar esfuerzos ni dinero, me dirigí a la mejor floristería del país y allí escogí el más caro y espectacular arreglo floral que exhibían. Lo vi y me gustó, pero cuando iba a pagar, sentí como si yo mismo ya me lo había mandado, por lo que decidí no comprarlo. Debido a la no adquisición, me ahorré 500.225 bolívares fuertes. ¡Qué amor tan económico ha resultado el mío!

En la noche, contraté a unos mariachis para darme una serenata. Los músicos se quedaron afuera mientras entré a mi cuarto, me puse la piyama, me acosté y me hice el dormido. Cuando comenzaron a cantar, me asomé por la ventana y pregunté quién envió esa serenata. Fue entonces cuando me enteré que había sido yo mismo. Lloré de emoción ante la grata sorpresa.

Me gustaría, lo confieso, estar 24 horas frente a micrófonos de radio y cámaras de televisión, para que nadie se pierda gesto, ruidito, movimiento, frase, palabra y pensamiento de lo que yo haga o diga. Gracias a mi atractiva personalidad y por ser tan valiente en cuestiones románticas, descubrí que el amor eterno existe y eso me lo agradeceré toda la vida. Además, haberme enamorado de mí mismo me trae grandes ventajas, por ejemplo, puedo quedarme hasta tarde echándome palos en cualquier botiquín con la seguridad de que al regresar a casa no me armaré líos, no hay manera de que salga embarazado, puedo jugar ajedrez con la certeza de que siempre ganaré. Definitivamente, yo soy el amor de mi vida.

Nunca pensé que me enamoraría de un hombre. Salí del closet pero del mío, porque me amo demasiado.