A veces imaginamos las realidades últimas como lugares en los que podríamos llegar a estar después de esta vida. Lo cierto es, sin embargo, que ya desde ahora se incuba dentro de nosotros algo de esa felicidad futura o tal vez mucho de esa frustración existencial que será después permanente.

El tema ha venido a mi mente no solo porque he tenido que estudiar La ciudad de Dios de san Agustín, sino porque he visto unas series de televisión que, aunque viejas, tratan sobre Lucifer y sobre cómo será la vida después de esta. Más que lo graciosas e interesantes (por plantear el tema) que puedan resultar las series con sus perspectivas, prefiero ahondar en lo que dice Agustín.

Para él, lo nuclear es el tema del amor, pues las ciudades de las que habla habitan en el corazón: “Dos amores fundaron dos ciudades, esto es, el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio, la celestial”. Como el orgullo funda la primera y la humildad la segunda, ambas ciudades se confunden y mezclan en esta vida. No se trata solo de que nuestro propio corazón está en una búsqueda permanente de un amor más alto y profundo, por lo que los dos amores se encuentran en nosotros mismos en constante lucha. Se trata, sobre todo, de una distinción parecida a la de la parábola del trigo y la cizaña: buenos y malvados, humildes y orgullosos están mezclados en esta tierra. Los primeros no necesariamente son cristianos y los segundos no necesariamente son paganos, como explica Agustín, pues quienes deberían ser humildes muchas veces no lo son y esos de quienes pensamos mal, muchas veces guardan en su interior sentimientos más nobles de los que creemos.

Esta idea ayuda a comprender que la ciudad de Dios no ha de entenderse literalmente como el reino que nos espera al morir, pues al fundarla la humildad y el amor, esa ciudad ya está aquí, en esta tierra, en el buen corazón. La ciudad terrenal está también aquí, en esta vida, en el corazón soberbio. Por eso podríamos decir que al morir, ese estado interior de felicidad o amargura que dominó con fuerza nuestro corazón continuará haciéndolo después. Se tratará de una continuación, de una extensión, si bien perdurable y estable, en virtud de una gran purificación (en el caso del cielo), de lo ya saboreado en esta vida. El estado de frustración y vacío, por otra parte, no tendría por qué ser satisfecho con la plenitud si la vía que conduce a ella fue formalmente bloqueada. El amor en el que posemos nuestro corazón cambiará solo si así lo queremos. La muerte, en principio, no lo hará solo por constituir una realidad que no podremos eludir. No es el cambio de ubicación lo que nos cambiará por dentro. Precisamente por ser interior, esa conversión está condicionada a nuestro libre querer. La felicidad o la amargura constituyen un estado que arraiga desde ahora mismo en cada corazón.

En la serie The good place, un personaje descubre que la engañaron al decirle que estaba en el cielo porque su conciencia le decía que no había sido buena. Además, su estado interior de inconformidad, de sentimientos de enemistad y disgusto, parecido al del resto de los personajes que estaban con ella en esa misma situación, la llevó a deducir que debía estar en el infierno, pues ese estado de conflicto interno no debía ser el propio del cielo.

Agustín plantea que todo se incuba en el corazón, según sea el amor que funde nuestra “ciudad” interior. La soledad, el vacío existencial, la tristeza, la amargura y la más profunda frustración son ya un “infierno” en esta vida. La bondad, la paciencia, la alegría de una conciencia en paz pueden coexistir junto a los sufrimientos que no podremos evitar. Parece tal vez más probable experimentar el infierno que el cielo en esta tierra, pero el amor marca la diferencia y eleva las circunstancias a otro nivel. Hay también bondad en muchos corazones.

La experiencia del mal; de la vileza en una simple mirada; de situaciones que consideramos “infernales”, prolifera en esa ciudad “terrena” agustiniana en la que la soberbia reina. Aunque estos sean los sentimientos que parecen dominar a muchos, es también cierto que desde el vacío de la frustración existencial y de las múltiples injusticias de las que somos testigos, todo hombre puede reconocer que su corazón aspira lo contrario: un amor y plenitud que ciertamente no es posible satisfacer en esta vida.

Como los procesos son interiores, ambas ciudades se confunden mientras recorremos nuestros caminos. Por eso erramos en muchos de nuestros juicios sobre los demás.

En fin, estas series llamaron mi atención porque evidencian, aunque sea en forma de comedia, esa inquietud humana de trascender, tanto como lo que señala Agustín: que todo proceso es interior.