Dos tercios de la población china dice, a esta hora, que tratará de ahorrar más en el futuro, que intentará ganar más dinero y que se esforzará por gastar menos. Las cifras aparecen en un estudio social conducido por la Revista Statista hace pocos días y ello es indicativo del estado de ánimo que el covid-19 está dejando como efecto residual a los ciudadanos de la segunda potencia mundial.

Este lapidario posicionamiento del hombre de la calle no deriva solo de la inseguridad que es el principal legado de la pandemia. Ya en octubre del año pasado las informaciones del Banco Central daban cuenta del alto nivel de endeudamiento privado del hombre de la calle. En pocas cifras, 60% del patrimonio de las familias está invertido en el inmueble en el que habita. Solo 20% de sus haberes son activos monetarios. La mitad de los hogares tienen elevadísimas deudas, hipotecarias y otras. La deuda promedio por unidad familiar de 3 personas es de 72.000 dólares… suficiente para no dormir tranquilos.

Con una rémora de ese porte, los estímulos del gobierno para la reactivación económica pospandemia deben ser bien sopesados. En este momento todo lo que el gobierno ha anunciado como soporte gubernamental monta a 4% del PIB, lo que resulta ser el doble de los estímulos prestados hace 3 años, pero bastante menos de la mitad de lo que Pekín puso a rodar luego de la crisis financiera mundial del año 2008. Pensar que con esas medidas de auxilio será posible rescatar una dinámica económica que sufrió un descalabro de 6,8% en el primer trimestre de este año equivale a creer en cuentos de pajaritos preñados

La variable más importante a calibrar en adelante por parte del gobierno será la del consumo por la gravitación que este tiene en el desempeño económico. Tengamos en consideración que el gasto de los consumidores chino contaba por 60% del Producto en el periodo anterior al virus.

Así, pues, para aportar holgura en el gasto a los ciudadanos las medidas puestas en ejecución no se diferencian demasiado de las de otros países: reducción de impuestos, devolución de los aportes a la seguridad social o recortes de las tasas de interés. A nivel de las empresas igualmente se están implementado ayudas pero teniendo máximo cuidado del efecto que el exceso de liquidez puede tener en cualquier economía cojeante.

En China también la racionalidad del consumo está surgiendo como fenómeno. Lo que esperan los expertos es que luego de un descalabro de 12,5% en el gasto per cápita -que es lo determinado por China’s Southwestern University of Finance and Economics para los primeros 3 meses del 2020- haya un retorno mucho más lento hacia los niveles prepandemia.

El temor a un nuevo brote del virus mantendrá al colectivo en una situación de prudencia en el gasto y al gobierno atrapado entre posiciones antagónicas: poner al alcance del público más estímulos corriendo los riesgos que ello implica o esperar hasta fin de este año haciendo todos los esfuerzos posibles para evitar una nueva oleada de contagios. Un desempleo moderado que ronda apenas 6% de la masa laboral aporta un respiro a Pekín y lo que sí han conseguido es controlar los despidos masivos. Sin embargo, el gobierno tiene otros conejos en el asador en el escenario interno. Uno de ellos es el drama de los migrantes que alcanzan a 300 millones de chinos y que son vitales para sectores como la industria y la construcción.

Escoger entre la prudencia y el arrojo en este momento es una de las cuestas más empinadas para el gobierno de Xi.


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