Mientras el resto del mundo lidia desesperadamente contra el efecto destructivo sobre la salud y sobre la economía de la pandemia del coronavirus que se extiende aún con fuerza por todo el planeta, en China, donde el mal tuvo su origen, las prioridades son irónicamente otras. Ni un minuto le han quitado el ojo a las consecuencias que el fortalecimiento de este podría traer a su economía y han puesto en marcha todo lo que está a su alcance para ahorrarle al ciudadano el golpe de una recesión.

Pero la estrategia va bastante más lejos que ello. Han considerado esta crítica coyuntura como el momento apropiado para convertir a la gran potencia en el motor de la economía mundial y afianzar su fortaleza sobre la debilidad ajena. Decíamos en esta columna hace unas semanas que “la sola dimensión de su mercado puede mantener al país relativamente aislado de la debilidad provocada en la demanda global”. Solo que Xi Jinping tiene su mirada puesta más allá de sus fronteras y solo se contentará en el momento en que haya colocado a su favor las variables internacionales que tienen que ver con los intercambios, la inversión, la fortaleza financiera y el crecimiento tecnológico. Su bonanza no debe servir para generar solo bienestar interno sino poder frente a terceros. Como lo proclama un reciente trabajo del Financial Times: “China desea emerger como el motor del crecimiento global”.

Ya es un hecho conocido que para el cierre de 2020 China será el único país capaz de exhibir una tendencia expansiva. Su profunda y larga integración con la economía global y una conducta estratégica bien orquestada harán que esta expansión impacte a los demás países. Para este momento, ya ha sido posible medir con cifras la manera en que el comercio externo chino afectará a la primera economía mundial y a Europa. Es así como los niveles de importaciones chinas desde Estados Unidos –los cubiertos por el histórico acuerdo comercial de enero pasado que puso fin a sus tensiones– han caído a niveles 16% más bajos que sus importaciones del año 2017 cuando la guerra comercial se iniciaba. Mientras tanto, los mismos bienes agrícolas adquiridos de Europa se ubicaron 20% por encima de ese nivel. Esto nos revela claramente quién es el que está llevando la voz cantante en este particular terreno de los intercambios entre los tres más grandes poderes del orbe y pone de manifiesto la capacidad china de causar estragos en el comportamiento comercial del gigante americano.

Otro dato de significación es que en los primeros 9 meses de este año, el tema políticamente sensible del desfase comercial con China mostró una cara muy desfavorable para Estados Unidos. El gap comercial a favor de China fue de 422 billones de dólares, lo que resultó ser 5,7% superior al desfase del año 2019.

Esta es pues –con hechos, no con declaraciones– la respuesta de Pekín a la altisonante política cacareada por Donald Trump en torno a China y al mundo que el presidente norteamericano denominó, en su momento, “America First”. Lo anterior lo que hace es poner de relieve que China logra con estrategias y acciones bien diseñadas lo que otros no consiguen con discursos y posiciones atrabiliarias.

Este año China expandirá su economía en 1,9%, según el FMI. En 2021 puede llegar a 8,2%. Con algún nivel de certeza es posible asegurar que el año entrante será el primero de una transformación importante en el equilibrio de poderes del mundo: el inicio de la consolidación del “China First”.


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