Hay sociedades constituidas por ciudadanos que al obtener ese título agudizan su discernimiento y hacen de la memoria un arma para repeler a cualquier intruso.

En el reciente caso chileno tenemos un ejemplo que debería concientizar a los ciudadanos de cualquier territorio amenazado por fuerzas cuyas perversidades las preceden, como pueden ser organizaciones extremas, con vocación totalitaria, sin ética para abordar la lucha por las ideas, representadas en nuestro caso por los colectivos del régimen que nos mantiene en estado de humillación, al parecer perpetua, de organizaciones como las FARC, el ELN y todas las semejantes que operan en la Nicaragua de Ortega, en el Ecuador que fue de Correa, en la Colombia de la que quiso apoderarse la guerrilla criminal que desde hace décadas la acosa, la Bolivia de Evo Morales, en el Chile de la unidad popular y los exabruptos de Altamirano, las que están permanentemente en la retaguardia  y listas para la acción;  en todos los países desde México hasta la Patagonia, incluidas las islas que están en sus mares, cuyo propósito es destruir todo aquello que recuerde la tradición democrática, impedir los avances de una democracia que,  aun cuando está todavía lejos de su perfección, siembra porvenir, genera movilidad social, mejora las condiciones de vida de sus habitantes sacándolo poco a poco de la pobreza y  que, además, tiene el coraje de escuchar y sentarse a dialogar hasta con los enemigos más feroces y rectificar lo que haya de ser rectificado.

Acabamos de ver cómo el llamado  Foro de Sao Paulo reunido en Caracas armó sus pandillas, se lanzó a la aventura de la desestabilización y la siembra del caos con víctimas y  daños que son solo de su criminal irresponsabilidad, puso en zozobra la seguridad de la población,  sin que nadie le augure dividendos en esa forma de lucha por llegar al poder.

Sí, hicieron daño, mucho daño, lograron desconcertar por momentos, no solo a la sociedad chilena, sino  al mundo entero; quemaron, mataron, insultaron, amenazaron, gritaron sus consignas de muerte que es lo único que saben hacer, pero ese arranque de furia diabólica viene en caída, porque el pueblo chileno, el verdadero, el que reclama justicia e igualdad, pero reconoce el crecimiento de lo que el retorno a la democracia ha hecho, salió a la calle, pacíficamente, a defender la institucionalidad, a decir a esa extrema izquierda criminal, que la democracia tiene los espacios necesarios para hacer los reclamos a los que hubiere lugar, pero que desaprueban y repudian la violencia como método.

En ese 1,3 millones de chilenos que salieron democrática y pacíficamente a plantear sus urgencias,  creo que ha debido estar presente la memoria del país en dos de los capítulos más  trágicos de su historia, como fueron el gobierno de Allende dominado y destruido por  los continuos desafueros  de la Unidad Popular; los exabruptos  de Altamirano, jerarca  del Partido Comunista; la injerencia de un Fidel Castro llevada a su máxima expresión, todo lo cual produjo la dictadura de Augusto Pinochet.

Las memorias de esos dos hechos fundamentales hicieron acto de presencia en la conciencia de la ciudadanía chilena,  que lleva el ADN de la democracia en su alma, los que aprendieron de nuestro Andrés Bello que la Constitución es un contrato social que se respeta,  los 1,3 millones de chilenos que salieron  en marcha pacífica le están diciendo al mundo de manera rotunda e inequívoca No al vandalaje  de la tiranía de la izquierda irracional y No al regreso de una dictadura.

Esa gozosa afirmación de Maduro, Cabello y los más fanáticos defensores  de semejante incivilidad,  según  la cual “la agenda del Foro de Sao Paulo se está cumpliendo a la perfección”, los dejó ante el mundo como lo que son: fuerzas execrables que deliberadamente dañan a una entera sociedad, sin ninguna razón distinta al resentimiento y  al logro del poder con la bandera mugrienta de la mentira,  o preservarlo de la misma forma  y desde allí, siempre con la mentira como estandarte,  y las armas en su poder, profundizar sus métodos de destrucción económica, política, moral que sin ninguna consideración le infligen a los  pueblo.

Los colectivos exportados, sumados a los insensatos extremistas chilenos que los hay y han hecho de la violencia y destrucción un dogma,  seguirán en su intento de incendiar todo gobierno que les huela a democrático,  sobre eso nadie puede tener dudas, porque eso está en su naturaleza criminal, pero nunca podrán destruir la conciencia democrática de una población que sabe, como el pueblo chileno,  reclamar sus derechos y que además es consciente de ser habitantes y ciudadanos de un país que se ha colocado a la vanguardia del desarrollo y la prosperidad en Latinoamérica, cuestión que las mafias comunistas con exceso de envidia y de rabia, se niegan a aceptar.

Claro que hay todavía muchas, muchísimas  cosas por arreglar para satisfacer las demandas de un pueblo que quiere seguir en la ruta de la prosperidad. Esto ha sido reconocido por Sebastián Piñera, de allí su respuesta, pero que aborrece la violencia y la mentira para llegar al poder. La memoria de los desmanes en  los tiempos de la unidad popular durante el gobierno de Allende, sumados a la destrucción que el castrocomunismo ha llevado sin piedad en los países del continente, comenzando por Cuba y Venezuela, es un estigma punzante y doloroso para las izquierdas de buena fe.

Es cierto que nadie aprende en cabeza ajena, pero este capítulo de la historia chilena en el que 1,3 millones de chilenos salieron a la calle a reclamar pacíficamente  sus derechos debería ser un ejemplo más para un país como el nuestro, azotado por un régimen que tiene 20 años ininterrumpidos ejerciendo la violencia física, moral y mental para doblegar la conciencia democrática de todo un pueblo, imponer formas de vida absolutamente intolerables, con métodos absolutamente condenables.

Con esto quiero puntualizar, por enésima vez, que solo con la unidad de todos los factores de oposición puesta su mira en la recomposición de nuestro tejido social, el restablecimiento de la independencia de los tres poderes tal como lo ordena la Constitución, y remando todas juntas para reinventar el país,  será posible aumentar su potencia opositora, instrumentar y dirigir la lucha para impedir los desmanes y arbitrariedades de un régimen despótico y totalitario, imponerle condiciones al régimen hasta obligarlo a una rectificación profunda o a dimitir, y eso será posible cuando 90% de los venezolanos que añoramos el cambio le demostremos al régimen que somos una fuerza real  que se dirige,  de manera inequívoca e irrevocable, a sentar las bases de una nueva gobernabilidad bajo la premisa de regresar sus instituciones, incluidos los partidos políticos,  al sitio que les señala la Constitución, al ciudadano las suyas y al gobierno sus limitaciones.

Es hora de que todos los factores de oposición entiendan que juntos somos más, que mientras más unidos permanezcamos somos muchos más, que solo actuando todos juntos y en una misma dirección podremos despertar la fe de un pueblo que cada día luce más maltrecha. Solo unidos podremos salir del hueco fatal en el que nos encontramos.

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