El día que logremos superar la actual crisis política que nos envuelve como país, los venezolanos nos encontraremos más pobres que nunca, empujados –cada cual desde su nivel– masiva e inexorablemente hacia la base de la pirámide social. Las clases medias trabajadoras desaparecieron al no poder sostener sus acostumbrados niveles de consumo, se vieron forzadas a rebajar expectativas y aspiraciones, a llevar una vida de privaciones que no habían conocido en tiempos de la democracia. Los más pudientes perdieron negocios en marcha y activos patrimoniales, cedieron cotas alcanzadas con grandes esfuerzos en tiempos de mayor o menor prosperidad económica, en tanto que los menos favorecidos finalmente alcanzaron el fondo de la miseria terrenal. Nadie ha salido incólume de la debacle política, económica, social y cultural de una nación que fue modelo de desarrollo material y de civilidad entre los países de la región hispanoamericana. Naturalmente, hay excepciones entre quienes se han visto favorecidos por el régimen, aquellos afanados de la riqueza fácil que exhiben con tanto descaro y opulencia; si bien todo para ellos ha significado cuantiosas ganancias, les llegará el momento de rendir y de pagar cuentas por sus complicidades –ha sido tan imperdonable como exorbitante el dolor infligido a la sociedad venezolana en su conjunto–.

Tan pronto sea posible abordar la reconstrucción del país en toda la extensión de la palabra, esto es, en lo político, en lo económico, en lo social, en lo cultural y ante todo en lo institucional, será preciso asumir un nuevo enfoque de nuestras realidades, necesidades y oportunidades en el contexto de un mundo que también ha cambiado de manera perceptible. La inclusión de los desposeídos será sin duda el primer gran reto de la acción social. También el restablecimiento de las libertades en materia económica, aunadas con la simplificación de los procesos burocráticos que asfixian todo emprendimiento, serán imprescindibles para el rescate de la producción nacional. El Estado petrolero y benefactor ha desaparecido como posibilidad tanto para el ciudadano común, como para el empresario que se había acostumbrado a obtener privilegios y subvenciones; una certeza que desde ahora conmina el proceder de los actores políticos aspirantes a ejercer cargos de elección popular. Toda la gradación social y económica deberá trabajar al unísono, con verdadero espíritu de sacrificio, con sentido práctico, con arreglo a sus propias capacidades y en favor de actividades y negocios viables, en los cuales la innovación y la eficiencia deberán prevalecer sobre la improvisación; no hay recursos para el derroche acostumbrado en las últimas décadas. Solo con esfuerzo, conocimiento y habilidad podrá crearse verdadera riqueza para los agentes económicos y sus cercanos colaboradores –para los trabajadores en primer término–, también para los consumidores de bienes y servicios y para el país como un todo.

El anterior recuento nos lleva al pensamiento de Carlos Rangel –de tan grata memoria–, cuando abogaba por desmantelar el capitalismo de Estado, por desplazar el razonamiento de izquierdas sustentado en mitos inaceptables –entre ellos el de América Latina como víctima de las potencias occidentales–. Ni Estados Unidos ni las naciones europeas son causa de los males hispanoamericanos, antes bien, son los países de la región los únicos responsables de sus aciertos y errores, de su propio destino. Tampoco el capitalismo es el origen de todos los males de la sociedad contemporánea en nuestro hemisferio. La primacía de la responsabilidad individual y de los valores occidentales sigue siendo lo único que podría sustraernos del tercermundismo que nos agobia como región. Y en el caso venezolano, es una falacia afirmar que haya fracasado la economía de mercado; nunca ha existido como tal un mercado, siempre hemos tenido controles y sobre todo ha prevalecido la visión de un gobierno intervencionista, llamado a tener un papel fundamental en materia económica –también como bisagra de privilegios, clientelismo político y corrupción–. Allí están las empresas del Estado que, al igual que en otros regímenes comunistas, exhiben pésimos resultados en sus operaciones y una productividad paupérrima, convirtiéndose en cooperantes esenciales al deterioro del nivel de vida de la población y la consecuente huida de la gente, creando con ello problemas severos a los países vecinos –el creciente y doloroso número de refugiados venezolanos que hemos registrado en tiempos recientes–. Es la aniquilación de los mitos de que hablaba Plinio Apuleyo Mendoza: creemos en los mitos y la realidad los destruye. Venezuela es hoy el mejor ejemplo de tan lapidario aserto, tristemente igualado al fracaso del socialismo real que presenciamos a finales de los años ochenta del pasado siglo.

Rangel sostiene la idea de que la democracia política no es un lujo para países ricos, sino una condición del desarrollo económico. Un planteamiento más vigente que nunca y que debe servir al debate de actualidad, a la confrontación de ideas –los ideólogos del socialismo igual tienen derecho a exponer su doctrina–, para la construcción de un modelo distinto de sociedad –uno que funcione conforme las máximas aspiraciones de la ciudadanía–. Nuestro espejo está en las democracias liberales del mundo actual, donde existen instituciones, separación de poderes, partidos políticos, control ciudadano y ante todo libertad de elegir; no tenemos nada que buscar en el Medio Oriente, en la Cuba castrista o en regímenes de tendencia totalitaria. Si logramos adelanto político, no hay duda de que avanzaremos hacia el progreso social y económico.

Tenemos pues que limpiar el camino intelectual y demoler falsedades acuñadas en la demagogia de los políticos extremistas de izquierdas –también de los moderados devenidos en vendedores de milagros irrealizables–. A partir de allí, potenciar la revolución capitalista sugerida por Carlos Rangel –la que intentó poner en marcha el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez y que luego reimpulsó Teodoro Petkoff como ministro de Planificación del presidente Rafael Caldera–, la única capaz de liberar la energía vital y creadora de los seres humanos, porque Venezuela todavía puede ser protagonista de un proceso de transformación económica y social, de una gran democracia en la región hispanoamericana.


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