I

A finales de los años ochenta yo me estaba estrenando como reportera, pero ya estaba en la fuente política. Sin embargo, no por eso sabía los cuentos de las campañas electorales de antes, sino porque siempre me interesó como ciencia. Quizás porque siempre estuvo presente en mi casa, desde la militancia adeca de mi papá o la comunista de mi tío, pasando por la lectura obligada de un periódico como El Nacional.

Lo cierto es que para la segunda campaña de Carlos Andrés Pérez ya me tocó a mí cubrir alguna que otra cosa. La que más recuerdo es la romería blanca del año electoral. Todavía me rondaba aquello de “Ese hombre sí camina, va de frente y da la cara” de su primera candidatura, porque antes la propaganda la transmitían por radio y televisión, y así como de niña me aprendía los jingles comerciales, ese también me lo grabé.

II

Esperamos que llegara aquella fiesta de aniversario adeco tradicional. Puestos de lado y lado, venta de comida, de souvenirs, música, cerveza. Cuando apareció el candidato fue como si activaran la cámara rápida de las películas silentes. Entró como una tromba, vestido con la chaqueta deportiva que se hizo parte de su imagen para aquellos años, y comenzó a “caminar”.

Nunca he sido muy atlética, pero en aquella época hacía dos horas de gimnasio diario. El grupo de colegas se pegó a caminar con él y yo, optimista, pensé que podía hacer lo mismo. Rápidamente perdí terreno, pero insistía estirando el brazo a todo lo que daba con aquel grabador inmenso a ver si no me perdía las declaraciones. Creo que no pasaron ni cinco segundos cuando decidí darle el aparato al que tenía más cerca y desistí, que lo grabaran por mí.

El jingle de la campaña anterior era una mentira, o al menos una manera muy simplista de describirlo. Carlos Andrés no caminaba, daba zancadas. Claro, era muy alto. ¿Se acuerdan de la foto de él saltando un charco? Para los más jóvenes, aquí se las reproduzco.

Era la época de visitar barrios como Caucagüita o cualquiera de Petare. De repartir bastante material de promoción, del pito de Piñerúa, de abrazar a viejitas, de cargar niñitos. De eso se aprovechó Chávez y no dejó de hacerlo nunca. Ahora no creo que se dejen abrazar por Maduro.

III

Más allá de si apoyo estas elecciones regionales del 21 de noviembre, lo que más me asquea es que tirios y troyanos anden haciendo la misma campaña de mediados del siglo pasado. ¿Será que creen que viven en el mismo país? Y lo peor del caso es que ahora tienen prácticamente a su disposición muchos más “canales” de difusión que poco les cuestan.

Lo siento, pero estoy harta de entrar a Twitter y ver a este o aquel “en una exitosa jornada en el barrio La Línea”, en la misma tontería de darle la mano a un ciudadano famélico que ni siquiera espera ir a votar porque las fuerzas no le dan.

Siguen con la misma tontería pensando que eso les va a dar votos en este último mes, o que con eso van a convencerlos de no votar por el chavista de turno. Y hablo de los de la oposición, que son los que más me desesperan, porque tienen 20 años sin darse cuenta de que el país lo que tiene es hambre y que con visitas esporádicas no van a convencerlos de que sus males están asociados a los rojitos. Han perdido demasiado tiempo porque nunca pensaron en el trabajo desinteresado.

Es triste, pero es la verdad. En una cosa sí siguen siendo como los del siglo pasado, en pensar que el trabajo de un político es solo subir cerro antes de cada elección.

Yo votaría por el candidato que hubiera entendido que la manera de hacer campaña en Venezuela debió reinventarse, que debieron declararse en campaña permanente y trabajar con las uñas por los más necesitados. Y sin necesidad de tomarse fotos. Eso de visitar barrios no se puede aplicar en un país que se muere de hambre.

@anammatute


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