Los diferentes acontecimientos políticos que están afectando a varios países suramericanos ocupan en este momento la atención de muchos especialistas alrededor del mundo. Aunque Venezuela, con papel de protagonista principal, mantiene su posición nada envidiable en la pared del ojo del huracán, países vecinos como Chile, Ecuador, Bolivia y Argentina parecieran estar coqueteando con su incorporación al terrible lugar de donde nosotros queremos salir.

Quienes por razones profesionales o de especial interés se han adentrado en el estudio de la historia desde los tiempos más remotos saben que, para bien o para mal, la humanidad ha estado permanentemente sujeta a constantes procesos de cambios. No por ello los expertos y los simples conocedores se liberan de las preocupaciones que derivan de ese devenir en los momentos en que les toca vivirlos de cerca.

Lo ocurrido en el pasado mes de octubre es demostración de eso. Ecuador experimentó tumultuosas manifestaciones como consecuencia de la política de ajuste económico que puso en práctica el presidente Lenín Moreno, la cual se manifestó en la eliminación del subsidio al transporte público. Bolivia, por su lado, padeció importantes alteraciones en sus calles por la forma irregular como se manejó el escrutinio de los votos en su reciente elección presidencial. Chile, con un desempeño económico envidiable, está viviendo crudas expresiones nihilistas de un sector importante y variopinto de su población que, en opinión de algunos, son producto de las significativas desigualdades existentes entre pobres y ricos. Y Argentina, que ha decidido regresar por más de lo mismo, inicia una experiencia cuyo final genera profundas preocupaciones e incertidumbres.

Digerir todo lo anterior no es cosa fácil, menos aun cuando sabemos que los retornos en U en tres de esos países pueden incidir negativamente en la deseada salida de Nicolás Maduro y su revolución marchita. Eso nos lleva inevitablemente a hurgar en las experiencias y acontecimientos del pasado para hallar algún estímulo o alguna vía para sortear el fatum: esa fuerza desconocida que obra sobre los dioses, los hombres y los sucesos. Para tal propósito puede ser de ayuda una específica narrativa que trata de hechos y personajes imaginarios que, sin duda, es la expresión literaria de lo que ya ha sucedido y que puede volver a ocurrir con obvias variantes en algún otro momento futuro. Me estoy refiriendo a una obra maestra de la literatura universal, la más importante que escribió el conde siciliano Giuseppe Tomasi di Lampedusa: El gatopardo.

Es imposible adentrarnos en el tema sin resaltar que esa novela colocó al autor al lado de escritores tan relevantes como León Tolstói y Stendhal. La obra fue elaborada en pocos meses -hacia finales de 1955 y comienzos de 1956-, aunque el escritor estuvo meditando sobre ella por más de 25 años. Luego de concluirla, Lampedusa cayó enfermo y murió poco después.

Curiosamente, la novela había sido previamente rechazada por grandes casas editoriales en virtud de la opinión negativa de un árbitro de mucho peso (Elio Vittorini, un neorrealista con gran ascendencia en el medio cultural, cercano al Partido Comunista italiano), que consideraba absurdo que un descendiente de una clase social ya decadente pudiera tener algo importante que decir a finales de la quinta década del siglo XX.

El gatopardo es una novela ambientada en la época del desembarco de Garibaldi y sus “camisas rojas” en Marsala, el 11 de mayo de 1860. En ella se registra el proceso de ruina de la aristocracia siciliana y el surgimiento de una nueva clase social que va a estar encabezada por burócratas y burgueses. Una escena fundamental de la obra se desarrolla en el momento en que el joven Tancredi Falconeri visita a su tío Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, y le expresa que se va a las montañas, donde se preparan grandes cosas. El tío entonces le reprocha que se vaya a mezclar con los revolucionarios revoltosos, que son unos hampones y unos tramposos. La respuesta del sobrino se manifiesta impregnada de vil oportunismo: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”. En menos palabras: hay que cambiar para que todo siga igual.

No soy fatalista. Por tanto, no soy de los que piensa que los acontecimientos humanos se repiten de forma parecida. Puede que ello ocurra con algunas semejanzas pero nunca igual.

Volviendo entonces a los países hermanos de Suramérica arriba mencionados, una cosa podemos decirles: cualquiera sea la política que lleven a cabo con respecto a Venezuela, los impactos se reflejarán a lo interno de cada uno de ustedes. Por eso, si nos apoyan decididamente a salir del drama que vivimos, se les revertirá el serio problema que les representa la inmigración venezolana y se podrá reiniciar un fructífero intercambio comercial entre ambas partes. Al contrario, si respaldan la permanencia indefinida de la dictadura roja que nos acoquina, tendrán que atenerse a las consecuencias que se derivarán de los mayores flujos migratorios que partan de esta Tierra de Gracia mientras que las relaciones comerciales continuarán como una quimera.

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