Nayib Bukele
GETTY IMAGES

Tipificamos de fenómeno, la aparición en la política de la república Centroamericana de El Salvador, de la carismática figura de Nayib Bukele, quien  ingresó formalmente a la política de su país,al ganar en el año 2012 la pequeña municipalidad de Nuevo Cuscatlán para el FMLN. Como alcalde, realizó obras sociales notables gracias a sus buenas relaciones con ciertos empresarios y, al parecer, al financiamiento de ALBA Petróleos, la asociación de varias alcaldías del FMLN con Pdvsa, la empresa estatal de Petróleos de Venezuela.

De esta manera, Bukele se estrenó en la política como el joven empresario con perfil de centroizquierda, comprometido  a mejorar las condiciones de vida de la población más vulnerable, a través de clínicas, becas y la construcción de espacios culturales y recreativos. En realidad, su relación con la política era anterior. pues desde 2004, cuando gracias a los contactos de su padre, consiguió para su recién fundada empresa publicitaria, la cuenta de la candidatura presidencial de Schafick Handal.

Bukele es hijo de un acaudalado empresario de origen palestino, Armando Bukele, amigo personal de Handal y considerado, hasta su fallecimiento en 2018, un empresario cercano al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

Esta sorprendente intimidad entre una familia acaudalada de origen palestino y el líder histórico del Partido Comunista Salvadoreño, también de esa procedencia étnica, se explica por el virulento racismo de la oligarquía salvadoreña, una alianza entre familias criollas, con reclamos de abolengo, e inmigrantes europeos y norteamericanos. Son las célebres 14 familias, que en realidad nunca fueron 14 sino entre 40 y 50. Esta élite nunca aceptó en su seno a los inmigrantes árabes, por muy ricos y poderosos que fueran. Esta condición periférica de Bukele y su círculo familiar con respecto a la élite oligárquica permite comprender su tensa relación con los grupos tradicionales de poder y parte de su atractivo popular, pese a su proveniencia de clase alta.

A ello se debe agregar la hábil labor de difusión de su gestión de políticas sociales en Nuevo Cuscatlán, por lo qué no le costó a Bukele dar un paso trascendental, en su avance dentro del partido de izquierdas, presentandose en 2015 como candidato a la alcaldía de San Salvador, un reconocido trampolín para la carrera presidencial. Por otra parte, su imagen de rebelde e iconoclasta, servía a la dirigencia del FMLN, pues parecía desmentir las crecientes quejas entre sus bases, por una falta de apertura en su partido y un anquilosamiento de una camarilla envejecida de comandantes guerrilleros.

Bukele ganó por estrecho margen la Alcaldía de San Salvador, pero una vez sentado en la silla edilicia llevó a cabo una de serie de ambiciosos y atractivos proyectos de rescate y mejora de los espacios públicos, así como de iniciativas de inclusión social en las zonas más depauperadas. En este esfuerzo, la habilidad negociadora del equipo de Bukele, supo abordar el espinoso problema de los vendedores informales sin enfrentar ninguna rebelión de un gremio singularmente aguerrido. También fu un acierto haber presentado sus obras en los espacios públicos, como un empoderamiento de los ciudadanos que recorren la ciudad utilizando el transporte público. El centro de San Salvador venía sufriendo un descuido y deterioro palpables, y las obras de Bukele revalorizaron esta zona como espacio de reencuentro entre grupos sociales y generaciones. Por otra parte, a través de un sofisticado aparato de comunicación que aprovechó el potencial inédito de resonancia de las redes sociales, facilitó publicitar su gestión y sortear así un poder mediático cada vez más hostil.

A las ambiciones de Bukele de ingresar en la fórmula presidencial de su partido en 2019, le esperaba un obstáculo que era más bien previsible: la resistencia de la cúpula de FMLN a considerarlo siquiera para la vicepresidencia. La experiencia del partido con Funes, un candidato que no era de la militancia histórica, había sido ambigua. Es cierto que le había permitido ganar, pero sólo para descubrir a continuación que el marcado presidencialismo salvadoreño, limitaba considerablemente el poder del partido en el gobierno. A ello habría que añadir que Funes había terminado minando el prestigio del partido, a causa de varios escándalos de corrupción, que terminaron en una vergonzosa fuga a Nicaragua, país en el que recibió asilo político. Para la dirección del partido, era más seguro seleccionar un antiguo comandante guerrillero, el poco carismático líder histórico del FMNL, Salvador Sánchez Cerén, quien había revalidado el control de la silla presidencial en 2014.

Ante este revés, Bukele demostró su gran su capacidad para sortear las adversidades. La ley electoral salvadoreña estrenaba por entonces mecanismos para impedir el “transfuguismo”, que esperaba así disuadir la extendida práctica de venta de funcionarios electos al mejor postor, y de traición a sus electores. Renunciar al partido no era una opción, tenía que ser expulsado. Súbitamente, Bukele inició una serie de ataques arteros contra dirigentes de su partido, entre ellos el mismo presidente Sánchez Cerén. Sus enemigos mordieron el anzuelo y valiéndose de un absurdo incidente en que el alcalde habría lanzado una manzana a la síndica durante una sesión del Concejo Municipal, le iniciaron un proceso disciplinario. Una amonestación lo habría dejado inhabilitado para competir durante varios años; pero, en una mezcla incomprensible de ingenuidad, rigidez y torpeza, la comisión de ética del FMLN resolvió expulsarlo. Ello, le permitió presentarse como la víctima de una purga estalinista y allanarle el camino a la candidatura presidencial. Luego de una serie de dificultades interpuestas por las autoridades electorales y de saltar de más de dos partidos para garantizar su candidatura, Bukele logró finalmente inscribirse para los comicios presidenciales de 2019.

La odisea de la postulación de la candidatura presidencial, fue a la vez una cruzada contra el FMLN. Valiéndose del terreno preparado los escándalos de corrupción de Funes, se las ingenió para plantear una ecuación entre los dos partidos principales, como parte de una clase política corrompida e inescrupulosa, responsable de la postración que vivía el país. Los mismos de siempre fue el mantra de esta construcción del adversario. De esta manera, su primera construcción política del pueblo, fue hacer la equivalencia de sus contrarios. Repitiendo la estrategia clásica del populismo, el pueblo se constituyó frente a este poder de una clase política burocratizada y corrupta, y encontró su voz en un líder joven, irreverente y sin compromisos con el pasado. La fórmula que empleó para descalificar al FMLN, “el FMLN fue el partido ARENA 2.0”, pues mostró su habilidad tanto para identificar al adversario, como para idear un lenguaje adecuado para un electorado nuevo, con un mayor peso de la población juvenil, activa en el uso de redes sociales y familiarizada con la jerga informática.

Desacreditado y despojado de una parte considerable de su base electoral, el FMLN, Bukele enfiló sus ataques contra ARENA. Su candidato presidencial, Carlos Calleja, hijo del magnate dueño de Selectos, la mayor cadena de supermercados del país, tenía a su disposición el apoyo del poder mediático y el financiamiento de los patrocinantes del gran partido de derechas del régimen de la posguerra, que acariciaban el inminente retorno a la silla presidencial de uno de los suyos. Pese a todo eso, Calleja era un candidato bastante débil. Se había educado en Estados Unidos, tenía poca experiencia del mundo político de El Salvador y, para colmo de males, hablaba español con un ligero pero inconfundible acento estadounidense, por lo que fue blanco de las sátiras inmisericordes del aparato mediático de Bukele, quien no sólo inundaba las redes sociales con sus mensajes y su agenda de noticias alternativas, sino que desplegable un considerable ejército de blogueros, youtubers y trolles.

Este uso de las nuevas tecnologías y de las redes sociales para posicionar su figura y su mensaje, le permitió a Bukele sortear el sabotaje férreo del poder mediático, así como justificar más adelante su poco interés en el diálogo político y en someter al escrutinio público sus propuestas electorales. Armó una estrategia, que le permitió ganar en primera vuelta una contienda que enfrentaba a los dos partidos emblemáticos del régimen de la posguerra, con más experiencia, recursos y, aparentemente, arraigo territorial.

Muchos analistas anticiparon que el supuestamente débil arraigo territorial de Bukele sería el talón de Aquiles que detendría su ímpetu triunfalista. Se equivocaron rotundamente. No entendieron que la presencia territorial no consiste en hacer giras por las localidades del interior del país con rituales trillados y con públicos acarreados, sino con la presencia efectiva del mensaje, entre los votantes de las comunidades más alejadas. Y ello lo logró Bukele al entender la influencia decisiva que para ese fin, tendrían una red de organizaciones de la diáspora en los electores.

La indiferencia del sistema político salvadoreño, ante las demandas de participación política de la diáspora, se tradujo en enormes obstáculos para que los electores arraigados en el extranjero pudiesen ejercer su sufragio, y ello no iba a cambiar en los comicios de 2019. Sin embargo, la campaña de Bukele entendió la enorme influencia, que tenían los migrantes sobre el comportamiento electoral de sus familiares, si lograba aglutinarlos, con una estrategia de movilización manejada desde las redes sociales y medios de comunicación alternativos. Este esfuerzo desplegado en el ciberespacio, rindió resultados espectacularmente favorables a lo largo y ancho del territorio.

Una vez alcanzado su objetivo, la presidencia de la República, Bukele tras el pacto con GANA, ala disidente de ARENA, que no sólo le hizo posible competir en las elecciones, luego de los distintos obstáculos que encontró para inscribir su candidatura, obtuvo una inflexión en sus objetivos de gobierno. Esta alianza le abrió la puerta hacia nuevos apoyos, especialmente entre los sectores conservadores y el ejército, a cambio de asumir una agenda de seguridad agresiva, en su nuevo plan de gobierno.

A lo largo de 4 años de ejercicio en el poder, Bukele ha logrado posicionar nacional e internacionalmente su figura presidencial, ejecutando obras y un plan de seguridad que el pueblo salvadoreño reconoce, como la bandera del éxito de su gestion, que muchos países de Latinoamérica instan a sus gobiernos a copiar el llamado modelo Bukele, no así los gobiernos socialistas comunistas que ven en su figura, el enemigo que  exhibe con hechos, lo que solo en democracia se logra alcanzar: paz, gobernabilidad, justicia, libertad de opinión, seguridad social y bienestar de un pueblo.

[email protected]

Instagram: aguilera4246


El periodismo independiente necesita del apoyo de sus lectores para continuar y garantizar que las noticias incómodas que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. ¡Hoy, con tu apoyo, seguiremos trabajando arduamente por un periodismo libre de censuras!