En 2014, me encontraba caminando por la popular calle de Piccadilly Circus (Londres). El ambiente era como casi siempre en esa zona de la ciudad, es decir, llena de turistas, con sus cámaras haciendo fotos de todo lo que se movía o no se movía. Faltaba poco para irme por unos días a Treviso, Italia, tomar un tren y por fin conocer la Venecia de Thomas Mann, Vivaldi y Marco Polo. Esa Venecia donde la luna se ve tan grande que las almas menos sensibles pueden sentir que la tocan. Para el viaje quería comprar una novela, así que me fui directo a la insuperable y favorita librería de segunda mano Any Amount of Books. Y justo, al cruzar la puerta, vi cómo uno de los empleados de la librería ponía un libro en un estante frente a mí, con el título: Moon Palace (El palacio de la luna) de Paul Auster.

Tomé el libro; desconocía al autor y, antes de dejarlo nuevamente reposando en su lugar, leí su primera página: It was the summer that men first walked on the moon. I was very young back then, but I did not believe there would ever be a future (Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna. Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro). Aquellas simples líneas me agarraron de mi solapa, levantándome para no soltarme dos semanas después, terminando el libro a las 11:00 de la noche en Venecia, con una luna tan grande como había leído y me habían dicho. Desde ese momento comencé el camino de los azares y casualidades de Paul Auster. A los pocos días ya sabía de todo lo que había escrito y cuál sería mi siguiente compra.

El 23 de abril de este año tenía que viajar a Barcelona, España, para participar en la feria del libro Sant Jordi con mi tercera novela: “Confesiones de días muertos”. Pensé en llevar una lectura para mi viaje; pero me parecía ilógico comprar algo en Londres cuando iba a participar y estar en una feria del libro; así que decidí esperar para poder caminar y escudriñar nuevos títulos. El ambiente de la feria Sant Jordi era toda una fiesta: montañas de libros por todos lados, escritores, lectores, flores, familias enteras, le daban una atmósfera increíble a Barcelona. Luego de mis actividades correspondientes, me mezclé en el mar de gente que ansiosamente buscaba un libro o a su autor preferido. La tarea de caminar en ciertos lugares era casi una proeza; sin embargo, yo estaba mentalizado en cumplir mi objetivo, es decir, buscar una novela. Vi algunos títulos que me llamaron la atención, pero no tuvieron el poder suficiente para que decidiera comprar. Y nuevamente, como diez años atrás, me topé en todo el frente de mí a Paul Auster, con su novela Baumgartner. Sin pensarlo, tomé el libro y lo compré para irme a buscar un restaurante o bar, comer algo y leer un poco de lo nuevo de Paul Auster. Como era de esperar, las páginas del libro fueron pasando con placer y ritmo, al igual que cualquier sonata perfecta de algún compositor célebre del siglo XVIII. Culminé la lectura de la novela el 29 de abril a las 7:30 de la noche.

No obstante, terminé el libro con algunas preguntas sobre la historia y hasta me imaginé que, si la suerte y el azar me acompañaban en algunos de mis viajes, podría encontrarme con Paul Auster y aclarar esas dudas. Dejé el libro en mi mesa de noche, puse mi iPhone en modo silencio y me dormí, sin que me diera tiempo de pensar: ¡Me duermo! La mañana siguiente, luego de hacer mis rituales correspondientes, como todos los días, tomo mi teléfono y me meto en la red social hoy llamada X, antiguamente Twitter, y me consigo con la noticia de que ha muerto Paul Auster en su casa del barrio de Brooklyn, rodeado de su familia, incluida su esposa Siri Hustvedt y su hija, la cantante Sophie Auster.

Enseguida lamenté su muerte y esa idea de conocerlo en unos de los azares y casualidades de la vida se esfumó de inmediato, pensando que no fui tocado por esa suerte, como sí la había tenido el señor Donald Myerston, sociólogo, cineasta y venezolano por sus cuatro costados, quien en unos de sus viajes a New York fue a una barbería y en el medio de la faena comienza a hablar con el barbero sobre una novela de Paul Auster. Luego de varios minutos el barbero le dice que el autor de esa novela de la que habla lo tenía a su lado y se lo presenta. Donald Myerston es testigo de que ese mundo del azar de Paul Auster existe. Yo por mi lado, ya que no conocí a ese hombre que me acompañó en muchas horas de vuelo, lo único que puedo decir es: Adiós, Paul Auster, buen viaje.


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